¡Buenos días, corrupción!; ¡malos tiempos, democracia…!
Puedo escribir las reflexiones más tristes esta mañana, como Neruda aquella noche que le brotaron sus célebres versos mas tristes: pensar que no la tengo; sentir que la he perdido. Puedo compartir con hipotéticos lectores esta sensación de ocaso de mi idilio íntimo y personal con la democracia que, en 1978 cruzó los Pirineos, se extendió por la Españas y envolvió a Caínes y Abeles, a vencedores y vencidos, de esa pócima mágica que redujo los fratricidas sentimientos trágicos de la vida de los unos y los otros, de los otros y los unos y, por unos años, tal vez unas décadas, nos permitió contemplar el espejismo de dos mitades de España reconvertidas por fin en una sola, una de todas y todos, con libertad y sin ira y con la esperanza colectiva de que durase por los siglos de las siglas.
Y, sin embargo, despierto esta mañana con un sucedáneo del verso de Neruda de okupa en mi cabeza: pensar que no la tenemos; sentir que la estamos perdiendo, ¡oh, la democracia, en una cama de hospital, con respiración asistida y el permanente parte médico de pronóstico reservado! Ahora comprendo porqué Adolfo Suárez, el Neil Armstrong español que volvió a pisar por primera vez (tras tantos años) la inaccesible superficie lunar de la democracia, intentó sin éxito evitar quedarse enjaulado en el Palacio de La Moncloa: ¡qué error, qué inmenso error volver a tropezar con la misma piedra del síndrome del siniestro Palacio de El Pardo, de aquella lucecita de las madrugadas que daba a luz, y nunca mejor dicho, sentencias de pena de muerte y decretos de pena de vida. Suárez salió de allí a tiempo; Calvo Sotelo estuvo de paso; a Felipe le mantuvo inmune la vacuna de Suresnes y las terapias de Olof Palme y Willy Brandt; pero, chico, fue llegar Aznar, tomar el relevo Zapatero, pasarle a continuación el testigo a Rajoy y dejar entrar después a Sánchez al palacio por la puerta de servicio aritmética y, francamente, señoras y señores, la transformación de sucesivos presidentes electos en caudillos convenientemente maquillados, solo tiene parangón con el cuento de Robert Louis Stevenson de El extraño caso del Dr Jekyll y Mister Hyde.
Como nos parece imposible que la democracia pueda estar en peligro, las hinchadas siguen acudiendo a las urnas con la camisetas de sus respectivos equipos, acusando de lawfare a los árbitros que amonestan a los suyos y exigiendo que piten penaltis en las áreas contrarias y no se les ocurra aplicar la máxima pena en las propias. Como los medios de comunicación sobre el papel, a través de los micrófonos o sentados en las mesas de tertulias, cojean de pies distintos y distantes, contemplan la corrosiva corrupción que va por barrios, por siglas, por partidos de gobierno o de oposición, como los médicos el colesterol: LDL del malo cuando aparece en los análisis clínicos de sus rivales y HDL, o sea del bueno, claro, cuando aparece en los análisis de los del otro lado del muro, cada día estoy más pesimista que el día anterior y menos que el día siguiente.
Por eso puedo escribir la reflexión más triste esta mañana, director. Porque las metástasis de la corrupción a ambos lados del muro, el ¡y tú más! de la opinión publicada, extensible y extendida a la opinión pública, y el camino de rosas que les están allanando progresistas y conservadores a la ultraderecha, adicta al cara al sol y las camisas nuevas, va camino de un diagnóstico sobre el estado de salud de la democracia que puede llegar a helarnos el corazón: cáncer terminal. O sea, pensar que no la tenemos; sentir que la hemos perdido. @mundiario


