No ves lo que no miras
“Todo lo que se hace hermoso y bello está hecho para los ojos del que ve”, escribió Rumi.
Vamos a un museo y nos esforzamos por apreciar las piezas expuestas en las paredes o en las vitrinas, aunque no entendamos las obras del todo o no nos gusten particularmente. Al fin y al cabo, estamos en una galería de arte. Pero, ¿qué sucede si nos encontramos una de esas piezas en el bazar de la esquina, entre los vasos de plástico y el cotillón de cumpleaños? ¿Se verá igual?
En enero de 2007, el periódico The Washington Post hizo un experimento para comprobar si las personas eran capaces de apreciar la belleza de algo si ese algo estaba fuera de contexto. Llevaron a uno de los mejores violinistas del mundo, el afamado Joshua Bell, a tocar en una de las tres estaciones principales del metro de Washington en el horario pico de las 8 AM. Tres días antes, Bell había dado un espectáculo en el Symphony Hall de Boston, a más de 100 dólares la entrada.
Como un músico callejero, Bell se colocó en la entrada del metro, contra la pared, con el estuche de su violín Stradivarius de 3 millones de euros abierto en el suelo y empezó a tocar. En total tocó seis piezas clásicas durante 43 minutos.
Cientos de personas entraron y salieron de la estación. De las 1.070 que pasaron por allí, solo siete se detuvieron por alrededor de un minuto, 27 le dieron en total 32 dólares, y la mayoría pasó sin girar la cabeza ni mirar atrás. ¿Crees que tú habrías hecho algo diferente? Conocieras o no a Bell, ¿habrías sido capaz de apreciar el Ave María de Schubert o una gavota de Bach tocada por un gran músico mientras corrías a tu próxima cita?
Tal vez esa no sea la pregunta correcta. Una pregunta mejor podría ser: ¿nos damos tiempo para admirar la belleza que ya está ahí? ¿Un rayo de sol que se cuela furtivo por entre las cortinas, la suavidad de una tela sobre la piel, el calor de la taza de té entre las manos? ¿Nos permitimos hacer una pausa de transición entre tareas o dejar reverberar una pregunta durante algunos segundos antes de responder?
COSECHA LO BUENO
Así como tendemos a llenar los espacios físicos con cosas, lo hacemos con las horas del día y con cada minuto de silencio. Siempre hay algo por lo que correr o de qué preocuparnos. Y cuando estamos en este modo no somos capaces de apreciar, simplemente porque no vemos. Y lo que no vemos no existe. El Dr. Tal Ben-Shahar, académico y psicólogo, suele decir, “Cuando apreciamos lo bueno, lo bueno cobra valor”. Lo bueno empieza a existir.
Para apreciar debemos tomar control de nuestra mente de manera consciente, y eso se hace estableciendo la intención y fijando recordatorios. Por ejemplo, agendándonos una alarma que nos recuerde hacer una pausa cada dos horas, salir al sol por unos minutos, caminar mirando el paisaje, respirar, escuchar una canción con atención plena o hacer una tarea sencilla con total concentración, sin multitasking.
Si mantenemos la práctica y creamos el hábito, esos minutos de conciencia se derramarán hacia el resto de nuestro día. El ejercicio de parar intencionalmente fortalece el músculo de la apreciación. Y, quién sabe, quizá descubras a un Joshua Bell a la vuelta de tu casa. @mundiario