Rabia, celos y culpa: las emociones que arrastramos desde la Prehistoria

Seguimos enfadándonos como cavernícolas, pero ya no vivimos en cuevas. ¿Por qué no logramos superar nuestras emociones fósiles?
Una mujer celosa. / RR. SS.
Una mujer celosa. / RR. SS.

Imagine por un momento esta escena: acaba de proponer una idea brillante en el trabajo y minutos después, en plena reunión, alguien más—quizá su jefe o ese compañero que siempre sabe moverse entre los focos—la repite como propia. Recibe aplausos, elogios, incluso una palmada en la espalda. Mientras tanto, usted siente cómo la rabia le sube por el pecho como un incendio silencioso. Durante horas se quedará dándole vueltas, atrapado en un bucle de frustración e impotencia. ¿Le resulta familiar? Lo más probable es que sí. Y también es probable que, como millones de personas, no se haya detenido a preguntarse por qué ese enfado, tan primitivo como automático, sigue teniendo tanta fuerza en su vida moderna. La respuesta puede que le incomode: esa rabia ya no le sirve para nada.

Vivimos en un mundo con satélites, inteligencia artificial, leyes de protección laboral y anticonceptivos. Sin embargo, nuestras emociones siguen operando como si estuviésemos rodeados de depredadores, rivales sexuales y amenazas tribales. La rabia, los celos y la culpa no son solo sentimientos incómodos; son vestigios evolutivos, respuestas automáticas que en otro tiempo protegieron nuestra supervivencia pero que hoy, según algunos expertos, solo estorban.

El psicólogo y profesor Pedro Jara ha bautizado este fenómeno como su libro, Emociones fósiles (editorial Aguilar), donde plantea que algunas emociones, lejos de ayudarnos a adaptarnos a la vida moderna, nos arrastran hacia conflictos innecesarios y decisiones erróneas.

“La rabia y la culpa son fósiles vivientes, atavismos emocionales que han perdido su valor adaptativo”, escribe Jara, con más de tres décadas de experiencia clínica.

Repetición de patrones

La rabia, por ejemplo, tuvo su utilidad cuando necesitábamos defendernos con violencia o imponer respeto dentro de una jerarquía primitiva. Hoy, en entornos laborales o familiares, esa reacción instintiva suele volverse en contra de quien la experimenta. Nos hace perder credibilidad, relaciones o incluso la salud. Y no, descargarla no suele mejorar la situación, por mucho que el discurso de la “catarsis emocional” nos lo haya hecho creer.

Con los celos ocurre algo parecido. En tiempos en los que no existían métodos anticonceptivos ni pruebas de paternidad, tanto hombres como mujeres desarrollaron mecanismos de control y vigilancia como estrategia de supervivencia genética. Hoy, seguimos repitiendo esos patrones en relaciones que, en teoría, deberían basarse en la libertad y la confianza. ¿Por qué? Porque, como advierte el psicólogo Aleix Comas, “hemos evolucionado culturalmente más rápido de lo que nuestra mente puede procesar”.

La culpa, por su parte, representa quizá el arma más poderosa del control social. Aunque en pequeñas dosis puede favorecer la reflexión, en la mayoría de los casos nos ancla al pasado, impide la acción y alimenta la autoexigencia neurótica. “No existe la culpa saludable”, sostiene Jara. “Necesitamos abandonar esa falsa dicotomía entre reprimirla o justificarla, y avanzar hacia un verdadero cambio de conciencia”.

Autoconocimiento y educación

Ahora bien, ese cambio no es sencillo. Requiere autoconocimiento, educación emocional y una voluntad deliberada de desinstalar viejos patrones. “Cuanto más nos duele algo, más atención comprensiva deberíamos prestarle”, dice Jara. Y aquí está el giro interesante: no se trata de dejar de sentir, sino de comprender lo que sentimos y desmontar sus raíces evolutivas. Solo así podemos liberarnos, no desde la represión, sino desde la lucidez.

Pero no todos los expertos son igual de optimistas. Comas alerta de que cambiar nuestras emociones no es tan sencillo como aprender una técnica. “Ni siquiera los psicofármacos logran modificar completamente lo que sentimos; apenas lo embotan. Las emociones nos informan de nuestras necesidades. Si las eliminamos, perdemos el rumbo”.

La propuesta de Jara es ambiciosa, quizá utópica, pero también urgente. Si no queremos seguir reaccionando como primates en un mundo que exige pensamiento complejo, necesitamos una actualización interna. Porque no basta con inventar nuevas tecnologías: hay que evolucionar emocionalmente para usarlas bien. De lo contrario, seguiremos atrapados en los mismos conflictos de siempre, solo que con smartphones en la mano y un nudo en el estómago. @mundiario

Comentarios