Doctores Televisión, cuando una bata blanca firma contratos de publicidad

Bienvenido al mundo de la medicina espectáculo, donde el trombón publicitario supera al estetoscopio y la insensatez se viste de bata.

Niño viendo la televisión. / RR SS.
Niño viendo la televisión. / RR SS.

“No todos los que llevan bata son médicos. Ni todos los médicos deberían tener micrófono.”

Imagínese un paciente con dolor torácico buscando consuelo en un programa de corazón rosa, donde un médico de familia —que se autodenomina cardiólogo— proclama en tono categórico que él no se pondría determinada vacuna y lanza consejos de salud de ocho segundos como si fueran certezas inmutables. Ahora cambie “vacuna” por ““píldora milagrosa” para adelgazar diez kilos al día” y “ocho segundos” por “un blíster con promesa de abdominales de serie”.

Pues, bienvenido al mundo de la medicina espectáculo, donde el trombón publicitario supera al estetoscopio y la insensatez se viste de bata.

EL RELATIVAMENTE NUEVO SHOW DE LA INFORMACIÓN SANITARIA

La televisión ha colonizado la consulta médica. Lo que antes era un espacio privado —historias clínicas, consentimiento informado, análisis serios— hoy es un plató con focos y cámaras. En este circo mediático, ver doctores reales o o falsos ya no resulta anecdótico: importa más la presencia en cualquier programa de postureo-marujeo exponiendo sus propias elucubraciones y circunloquios que los años de residencia, especialización, y escala jerárquica obtenida. (estudios muy plausibles, llegan a la conclusión de que «solo 2 médicos de cada 10 están en posesión de un doctorado en medicina, es decir, un 20%, y de este 20% solo un 1% tienen calificación de «summa cum laude») Así, el público consume titulares sanitarios al mismo nivel que noticias de corazón, sin distinguir entre rigor científico y espectáculo numerero.

EL CASO CARBALLO: OMNISCIENCIA AMATEUR CON PATROCINIO SABROSO

En el centro de este fenómeno destaca el licenciado César Carballo, cuya biografía oficial debería leerse así: “Médico especialista en Medicina familiar y comunitaria” que se convierte en ‘experto’ de todo lo imaginable… siempre que haya cámaras y contrato publicitario de por medio”. Carballo ha saltado a la fama televisiva defendiendo medidas sanitarias de manera vociferante - cuando no insultantes sobre la actuación de los portavoces gubernamentales; especialmente Fernando Simón, que es una persona sabia y envidiable (lo sé de buena tinta, porque es buen amigo y excepcional epidemiólogo) muy a menudo con consejos basados en conjeturas, elucubraciones personales y calificándose como “excelente médico para todo” máxime del COVID 19 sin haber completado esa especialidad de virología o epidemiología.

Lo mismo discute variantes de un virus que recomienda suplementos adelgazantes de su invención: Virólogo de domingo: Durante la pandemia, se le vio pontificar sobre Ómicron con la soberbia de un investigador del CDC, sin haber publicado un solo artículo sobre virología. Nutricionista fugaz: Ahora anuncia una cápsula supuestamente capaz de eliminar grasa corporal a cámara lenta, mientras la comunidad científica suelta carcajadas tras la pantalla; pero solo se limita a eso, a reír sin más acciones. ¡Deprimente! (a los que escribe y hablan como yo de él, nos llama “hater” así...textualmente. Cuando lo más que hacemos con él y sus circunstancias es , sencillamente, ignorarlo pero impidiendo que dañe, por supuesto...« primum, non nocere» dijo Hipócrates.

La incoherencia no es un fallo de guion: es la esencia del producto. El licenciado Carballo no busca informar, sino encantar a la audiencia y convencer al consumidor de que compre la última “revolución” farmacéutica. Es tan inocua como ineficaz.

YO SOY CARDIÓLOGO Y NO ME LO PONDRÍA…

La joya del repertorio es esa frase hecha para el meme:

«Soy cardiólogo y este es el único fruto seco que evito comer todos los días para proteger la salud del corazón”»,

Basándose en criterios peregrinos y sin fundamento; cuando no produciendo “risa tonta” a todo aquél que domine el tema. ¡Pero lo cuela! (Leído en “El Economista”)

Breve, directo, sonoro. El problema: él posiblemente no es cardiólogo. Ni virólogo, ni intensivista, ni nutricionista. Es médico de familia. O quizá tampoco.

No cabe reprochar su formación, siempre que hable de lo que conoce. Pero cuando confunde su especialidad, crea un atajo peligroso: la opinión personal se convierte en mandato. En España, es muy frecuente llamar “Doctor” a cualquier médico, aunque solo sea un ”licenciado” que ha logrado la licenciatura en menos de 10 años o más, y por lástima y aburrimiento de los catedráticos.

En América Latina, ocurre lo mismo pero con los abogados. No me pregunté porqué porque lo desconozco en absoluto. El “yo no me lo haría” suena entonces a “tú tampoco deberías“, aunque asesores avalados por la EMA (Asociación Europea del Medicamento,, la FDA ( Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos , que es la madre de todas las madres, y la celebérima OMS aconsejen lo todo lo contrario.

DEL CONSULTORIO AL PLATÓ: ÉTICA VS. VALORACIÓN

En una consulta de verdad, la relación médico–paciente se sustenta en la confianza, la confidencialidad y la responsabilidad. En televisión, esa relación se vende al mejor postor: quien firma el mejor contrato publicitario entra en el “carrusel de expertos”. El criterio deja de ser la evidencia científica y pasa a ser la «disparatada y estúpida elucubración que se me ha ocurrido en un momentico.»

Cada vez que alguien renuncia a actualizarse en The Lancet (revista que tuvo un cierto prestigio y en la que ahora, ningún científico medio de verdad le gustaría publicar en ella. Yo me quedo con NEJM) y prefiere un “información” de dos minutos para preparar una tertulia, la medicina pierde un muchísimo de prestigio.

La salud pública no es un programa diario. Es investigación, ensayo, consenso y debate riguroso. Un acabar par volver a empezar si hay el mínimo error o sesgo. No cabe frivolidad cuando hablamos de vidas.

CONSECUENCIAS DE LA MEDIATIZACIÓN SIN CONTROL

Desinformación masiva: Mensajes contradictorios sembrados con portadas sensacionalistas. Desconfianza en instituciones sanitarias: ¿Por qué creer en un comité de expertos cuando el médico de la tele grita más fuerte? Y además, les maquillan mucho mejor, dónde va a parar. Riesgo para la salud pública: Pacientes que retrasan tratamientos avalados, guiados por opiniones no fundamentadas. Banalización de la profesión: La figura del médico se asocia más a influencer de Instagram que a profesional serio.

Mientras tanto, los verdaderos héroes de bata blanca —los que hacen guardias, estudian protocolos y sedes de congresos— trabajan sin cámara, salvando vidas con humildad.

Y lo está escribiendo alguien (yo mismo, a modo de ejemplo) que fue durante más de 20 años asesor médico de varios medios; desde las radios de Nueva Inglaterra, hasta RNE y la SER en su querida España. La seriedad y el rigor no están reñidas con la exposición comprensiva de un tema.

UNA PROPUESTA DE VACUNA MORAL

Resulta urgente una vacuna contra la “medicinitis mediática”. No existirá en píldora ni en jarabe, pero sí en un cóctel de medidas:

Mayor escrutinio mediático: Identificar y dejar claro al público las verdaderas áreas de especialización de quien da el consejo.

Regulación de patrocinios: Limitar la publicidad encubierta en el ámbito sanitario.

Ética profesional reforzada: Códigos de “deontología 2.0” que contemplen las redes y la televisión.

Campañas de alfabetización sanitaria: Enseñar al público a distinguir entre evidencia científica y opinión con microfonía.

EL CONTRASTE CON LA MEDICINA REAL

En hospitales y centros de salud, la mayoría de los profesionales dedica su tiempo a: Atender emergencias sin esperar reconocimiento mediático.

Leer publicaciones científicas para aplicar tratamientos basados en evidencia.

Educar a pacientes con dedicación, sin cortina de humo comercial. Trabajar en equipos multidisciplinares, no en solitario ante un teleprompter.

Esta es la medicina que cura de verdad, lejos de luces y focos.

Cuando apagan las cámaras y se cierra el plató, la salud no es un reality show ni un salseo rosa. Es un bien común que requiere responsabilidad y honestidad (¿a alguien le suena ese término?).

Si algún día aparece un eslogan que diga: “No todos los que llevan bata son médicos. Y no todos los médicos deberían hablar en televisión”, habremos dado un gran paso. Hasta entonces, conviene recordar que una pastilla milagrosa no sustituye la prudencia y que el prestigio no se anuncia con un buen contrato de publicidad televisiva.

A este humilde servidor, le entran los siete males y queda para los santos óleos cuando veo supuestos compañeros de esa guisa. D. Pedro Piqueras es amigo y compañero de instituto: En ningún momento solicité su enchufe en Telecinco y era el mayor jefe. ¡Qué horror!

Eso sin parar de vomitar y vomitar y...¡vomitar! Sin un mal antiemético que me alivie. Porque la aparición de los "médicos espectáculo" me pillan a traición.

Claro que, también se me escapa un poco de pis de tanta risa tonta e imparable que me da. ¡Maldita maniobra de Vasalva! @mundiario

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