Rito iniciático en el poemario de Brocal y voraz, de Mª Carmen Ruiz Guerrero

Brocal y voraz, de Mª Carmen Ruiz Guerrero./ Diario de Almería
Brocal y voraz, de Mª Carmen Ruiz Guerrero./ Diario de Almería
"Llegan las tardes de tinta, de café y viento. con ojos, con manos, con huellas dactilares solo para la poesía. Está llegando el tiempo".
Rito iniciático en el poemario de Brocal y voraz, de Mª Carmen Ruiz Guerrero

Una cita de Miriam Reyes, entre otras, abre este poemario publicado por La Garúa: "Rezo a las larvas que coman tus entrañas/ para traerte de nuevo a la tierra./ Sueño tu cuerpo como hierba/ acariciando mi cuerpo en la espesura". Conocí a Mari Carmen Ruiz Guerrero en la Universidad de Murcia, durante el tercer curso de Filología. Tenaz, meticulosa, inteligente y una trabajadora incansable, formó parte de una generación de filólogos que teníamos más aspiraciones literarias que docentes. Involucrados entonces en las corrientes post-estructuralistas, nuestras tesinas y trabajos de carrera siempre tuvieron ese componente semiótico con los que tratábamos de vincular los estudios literarios a Greimas, Derrida y Eco. Ahora me parece una temeridad lo que hicimos. Luego vinieron las oposiciones, las primeras clases, las bodas, los hijos, un camino parejo que nos distanció, sin embargo, durante unos años, pese haber llevado a cabo proyectos artísticos y literarios comunes, como su participación en mi montaje teatral sobre García Lorca, "Esquirlas de luna", o la colaboración conjunta en un número especial de la revista literaria Empireuma dedicado a la literatura fantástica en español, que dirigió su actual pareja Pedro Fernández, profesor e investigador sobre la retórica en los discursos políticos.

Ahora leo su segundo poemario con una dedicatoria que reza: "Para Manolo, desde la amistad y la palabra compartida". Como incide el poeta José Luis Zerón en su reseña del libro, publicada en el blog de Las nueve musas, Ruiz Guerrero elige el símbolo del pozo como una metáfora de la necesidad de profundizar en su propia identidad, la esencia de la búsqueda, sin la que es posible plantearse siquiera el fenómeno poético. Como más de una vez me ha manifestado Luisa Pastor, escritora y colega, no puede existir un poemario que no opere en la introspección. En algún momento, es necesario afrontar ese rito iniciático; ubicarse, darse a conocer, mostrar y mostrar-se a sí mismo. Afrontar la gnosis o apurar los límites del discernere (discernir en latín): discernir es comprender lo diferente.

La primera parte del poemario, "Lo hondo", no escatima en aprehender los recuerdos como una manera de formular una poética en la que el pozo es que no se puede escapar a la incertidumbre, que no se puede desvincular lo humano del temor a lo desconocido, a la frivolidad con la que el destino acomete. Todo pasado evidencia que no hay nada escrito de antemano, que la disidencia ante las certidumbres debe ser una ortodoxia para el poeta: " Nadie conoce la fidelidad del dolor/ ajeno,/ ni siquiera el suelo cuando es el único capaz de recibirnos en su regazo" (pág. 15). Una clase de anagnórisis o de reconocimiento de que nada de lo que transcurre en el presente puede apropiarse de esas idealizaciones con las que construimos pasajes de nuestra vida que experimentamos como dichosos, aunque sea un mero fingimiento de nuestra memoria tal acción: " Ya nada recuperará su pulso,/ cada grieta en lo que debió haber sido/ te resquebraja" (pág. 14) o "Las sillas nos recibían como/ soldados en guardia, rojas y en silencio/ a ambos lados del pasillo./ La guardia real,/ vestida de gala./ Sillas de ajuar donde no sentarse,/ donde no reír, donde no conversar./ Sillas donde no envejecer ni mecer/ a los nietos" (pág. 17).

Reconozco un alto grado de madurez de estilo en su poemario que tiende a ser equilibrado a lo largo de las partes: un manejo eficiente del hipérbaton y una selección aguda de referentes simbólicos asociados a espacios reconocibles para el lector: las verjas, las sábanas, termitas, lodo, libretas, el fuego. Y, en ese rito iniciático, la poetisa descubre la amplitud semántica del propio hecho de buscar su voz, o las voces que la involucran en la propia creación como un ser ajeno a la realidad misma: "Me metí en lo oscuro de la boca de un silencio./ Allí espero" (pág. 30). La segunda parte, "Nivel del espejo del agua", es un mirar al fondo al mismo tiempo que un mirar-se, debatir sobre el otro, enfrentarse a varias vertientes de sí misma: "Dos pájaros vuelan con nombre/ de piedra y de cielo./ Otro ni siquiera dejó que el plumaje/ cubriera su cuerpo" (pág. 35). Si las voces de Lorca o del propio Colinas residen en la textura de cada poema, el modernismo cala hondo en las composiciones, equilibrando esa fusión tan difícil en ocasiones de preciosismo y nostalgia. Demasiadas veces se cae en el sentimentalismo cuando se trata de trabajar con esta clase de estética, pero Mª Carmen Ruiz no lo hace, pues es consciente del daño que se aloja en la propia recuperación de los espacios y los ausentes: "Estoy en la orilla y susurro,/ parece que rezo, pero no tengo Dios./ El balanceo de mi cuerpo/ recuerda otro nombre" (pág. 36).

Habituarse a lo quebrado es lo que revela ese reflejo del agua quieta. Acostumbrarse a que no hay nada gozoso en el hecho de que la palabra pueda recuperar a quienes ya no están. Una osadía que se mantiene con la convicción de que la poesía es inútil en ese intento de encontrar un sentido a lo que ya no puede revivirse ni encontrarse: "Compartir la sombra contigo cuando/ la luz se revela del otro lado./ Mirar hacia el lugar al que la sombra/ nos obliga, oscura y sin forma, juntos;/ con el rostro sin rostro de la sombra/ amarrado a la planta de los pies." (pág. 43). En "La boca", tercera parte que cierra el poemario, Ruiz Guerrero indaga en la profundidad que se aloja en el fondo del pozo, las sentencias resuenan con mucha más fuerza en el habitáculo. No hay ponderación. Lo lunar, la sangre, el útero, la falta de aire, por ejemplo, relacionan la erosión de la carnalidad, lo efímero de cada cosa y cada cuerpo, con el propio acto de creación. Y aquí es donde la voz poética supera el rito: reconoce que la escritura es extenuación, un proceso arduo que aparentemente es fecundo, pero que, sin embargo, deja muescas, cicatrices, estigmas, rasgos, demasiados rasgos del tiempo que cruza: "Las palabras alojas en la matriz. Útero/ madre, útero sementera. Dar a luz/ la primera y su fruto". (pág. 51).

Brocal y voraz se asienta en un intento de descifrar los rastros que deja el pasado, cuya turbiedad intenta sublimar la palabra, pero a veces es imposible y, en esa constancia de librarse del dolor de lo que fue y ya no será, suceden la maternidad, la luz que alcanza el fondo del pozo, los atisbos de una claridad que permanece en ese tiempo que la poesía asume como un mal menor frente a la conclusión de todo: "Las palabras que dejo/ suspendidas en el aire/ aún tardan en caer. Es la/ escena sagrada, la santa/ posibilidad. Extiende la mano/ para que sean como plumas./ Una detrás de otra encuentran/ el cuenco. Déjalas mecerse/ hasta el fondo". (pág. 61).

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