Consejero de Reyes, reseña de un libro que cumple 30 años
La novela puede ser un mejor vehículo para la filosofía que el mismo ensayo o el tratado. Sus vectores no son tan directos, pero tal vez transportan mensajes más profundos, ya que el arte, más que la ciencia, aunque con ciertos rodeos y ambages, suele decir verdades más potentes y tal vez más persuasivas. Hay mucho de esto en Consejeros de reyes (1993), un novela que hace ya tres décadas publicó nuestro filósofo contemporáneo HFC Mansilla.
Escrita en forma de monólogos o, más bien, de soliloquios, esta novela es probablemente una de las confesiones más íntimas y completas que haya escrito Mansilla en toda su carrera de escritor acerca de su comprensión del mundo y de sí mismo. Novela filosófica e histórica, pues los personajes, el contexto y los parlamentos están estrictamente ceñidos a diferentes episodios o capítulos de la realidad histórica universal: los siglos XXV y XVIII a.C. y los siglos V, XVI y XVII de nuestra era. Los protagonistas son cinco: el escriba mayor del rey sumerio Ennatum, el primer ministro del rey babilónico Hammurabi, el filósofo romano Anicio Severino Boecio, el escritor y diplomático español Diego de Saavedra Fajardo y, por último, el amanuense de este último, carente ya de la ilustración de los otros cuatro, como para hacer un contrapeso en la trama general de la obra.
La escritura de la novela abarca sobre todo los soliloquios, las reflexiones o meditaciones de los personajes; existen muy pocos diálogos. Es por eso que no hay una relación de hechos presentes o próximos en el pasado, como en una novela convencional, sino más bien la evocación de hechos históricos de un pasado para nosotros ya muy lejano. Poco se puede analizar de una riqueza técnica o estructural en cuanto al elemento estrictamente literario, como también muy poco se puede decir de la fantasía imaginativa de la obra, pues el estilo es cronístico, quizás meramente histórico. En resumen, el texto es una evocación del pasado filosófico y cultural de Europa realizada por varios personajes.
En cambio, mucho se puede decir de las disquisiciones que sobre los grandes hechos políticos y religiosos europeos expone el autor en este libro. Los soliloquios de los personajes son una evocación nostálgica de la gloria del ayer, de lo aristocrático que ya no es más, de lo hermoso que dejó de ser quizás para siempre. Al comienzo el narrador reflexiona sobre la decadencia de los imperios y la posible destrucción del acervo cultural por los pueblos bárbaros. Anicio, quien está en un calabozo esperando su hora final, envuelto en un mar de melancolía, conversa con Casiodoro; juntos recuerdan cómo la política se fue haciendo un campo de intrigas y oportunismo, cómo lo que importa al soberano es el panegírico, el banquete y el chisme, en vez de la reflexión y el pensamiento. Las cortes ya no se fundan en la sabiduría, sino en la astucia.
Pronto el eje de las meditaciones se enfoca en la historia de la Iglesia católica como institución humana; la crónica de Mansilla vira hacia la crítica en torno al cristianismo, en su degeneración vertiginosa con el paso del tiempo. Se evoca el recuerdo de papas buenos y malos (bienhechores y viles, inteligentes y necios) que marcaron el rumbo de la Iglesia en un mundo caótico y una sociedad propensa a las verdades dogmáticas. Se exhuma del baúl del olvido a ciertos escritores e historiadores eclesiásticos y se pone en tela de juicio la crónica oficial, la verdad establecida por el catolicismo…
En algunos momentos, para quien abre el libro sabiendo que es una novela, la lectura no fluye, no destila y hasta se hace un poco tediosa debido a la cantidad de datos históricos que hay en ella: nombres de reyes, de lugares, de acontecimientos históricos, de acciones individuales, años, etcétera, abruman el relato empobreciendo lo que podría haber sido un vuelo imaginativo más audaz. En una palabra, la novela se queda corta frente al ensayo y la historia vence a la imaginación del novelista. Pero es por esto mismo que, aunque deja en vilo la veta fantasiosa, la obra gana en reflexión, en enjuiciamiento directo, en consideraciones ácidas sobre la mediocridad creciente, en mirada crítica (no podía ser de otra forma tratándose de la pluma de Mansilla) de la sociedad y el mundo.
En muchos de los soliloquios se lee no la voz del narrador, sino la del autor mismo, quien no se resiste a asomarse con un juicio desnudo, escéptico, irónico y desencantado respecto a la realidad del mundo, tal como lo conocemos hoy en sus conferencias, artículos y libros ensayísticos. El autor, filósofo de cepa, vence al narrador; el literato se subyuga a la mirada realista de un filósofo desencantado que no da paso a la ficción, sino que somete a la irracionalidad con la claridad de un verbo ensayístico que demuele los entuertos de la sociedad y los vicios de la cultura del presente.
«El poder desprovisto del derecho se transforma en tiranía; el derecho desligado del poder degenera en utopía», se lee en una de las páginas, como para llamar al lector al justo medio, y luego el Mansilla más íntimo, como hallando una válvula de escape, habla por la boca de uno de los consejeros: «A las puertas de lo inevitable me doy cuenta de que mi aversión más profunda es contra el mal gusto. Desde mi más tierna infancia he vivido dentro de un ambiente dedicado a preservar los tesoros del arte, de la filosofía y la literatura que surgieron en tierras del Imperio Romano. Este es el sagrado deber legado por mis antepasados y la gran pasión de mi vida».
También hay interesantes reflexiones no ya sobre la Iglesia como institución humana, sino sobre Dios y la religión. Quien soliloquia va meditando sobre las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, llegando a concluir que aunque Dios lo ve y sabe todo, son en último término del individuo, y de nadie más, la libertad y la responsabilidad de su accionar: «El saber de la Providencia se refiere a un plano totalmente diferente del saber de los mortales y no hay, por consiguiente, contradicciones entre la sapiencia divina, que todo lo abarca, y nuestra toma consciente de decisiones, que ocurre sin que el saber divino las prefigure». Según estos razonamientos, Dios podría quedar limitado al gobierno del cosmos, del universo, sin intervenir directamente en las acciones sociales y políticas del hombre en la tierra. Lo ha dejado a su suerte.
Pero no es sino en el final donde el autor se asoma con más intimidad, con más necesidad de confesarse a su lector, con más claridad. Allí ya no habla el narrador literario, sino el propio Mansilla, sincero y fiel a su más pura consciencia. Es en las últimas líneas donde el lector encuentra la verdadera razón de la novela del filósofo, su motivo genuino: «El solazarme durante los crepúsculos ha sido la causa de estos ejercicios que tú, lector, tienes entre manos, pero también la altiva pretensión de probar que mi razón no claudicó a la vista del verdugo».
Probablemente la esencia de este libro pueda resumirse en cuatro palabras potentes y, al menos para nuestro tiempo, provocadoras —a las que yo personalmente me suscribo—: nostalgia por el pasado. Por lo grandioso y bello que ya no es más y que ojalá vuelva a ser mañana. @mundiario


