Zelenski fija la línea roja: cualquier acuerdo con Rusia deberá pasar por un referéndum en Ucrania
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha dejado claro que un eventual pacto de paz con Rusia no será solo una decisión diplomática, sino también ciudadana. Cualquier acuerdo para poner fin a la guerra deberá ser ratificado en referéndum, una exigencia que introduce una dimensión política interna clave en unas negociaciones ya marcadas por las presiones territoriales, la mediación de Donald Trump y la incertidumbre sobre la voluntad real del Kremlin de cerrar el conflicto.
La advertencia de Zelenski no es un matiz menor. Al subrayar que un acuerdo con Rusia deberá ser aprobado por los ucranianos en las urnas, el presidente fija una condición que supedita todo el proceso negociador. El referéndum, que requeriría al menos 60 días de preparación y un alto el fuego previo por parte del ejército ruso, actúa como un anclaje democrático en un escenario dominado por cálculos geoestratégicos y equilibrios de poder.
Desde Kiev, Zelenski ha reiterado que el documento de paz que se negocia con Moscú bajo mediación de la Casa Blanca —un texto de 20 puntos— contiene elementos difíciles de asumir para Ucrania. El más delicado es el futuro del Donbás, en particular el 25 % de la provincia de Donetsk que aún controlan las fuerzas ucranianas. Rusia exige la retirada total de Kiev de esa zona, una posición que cuenta con el respaldo de Washington, mientras Ucrania se resiste a aceptar una pérdida territorial que, además, tendría que explicar y defender ante su propia población.
La propuesta estadounidense plantea una zona desmilitarizada en ese 25 % de Donetsk, definida como una “zona económica libre”. Zelenski ha abierto la puerta a estudiar esa fórmula, pero solo bajo un principio de reciprocidad: que Rusia retire también sus tropas de una parte equivalente del territorio que ocupa. Sin ese equilibrio, el planteamiento resulta políticamente tóxico para Kiev y difícilmente defendible en un referéndum nacional.
Concesiones, garantías y límites
Algo similar ocurre con la central nuclear de Zaporiyia, la mayor de Europa y bajo control ruso desde 2022. Washington propone una gestión a tres bandas, con reparto de la producción eléctrica entre Rusia y Ucrania. Zelenski acepta que Moscú reciba parte de esa energía, pero rechaza que participe en la gestión. Para Ucrania, ceder el control operativo de una infraestructura estratégica a la potencia invasora supone una línea roja que vuelve a conectar con la necesidad de legitimación interna.
El resto del plan de paz mantiene elementos ya conocidos: Ucrania aceptaría no ingresar en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), limitar sus fuerzas armadas a 800.000 efectivos y renunciar a ataques contra territorio ruso. A cambio, Moscú retiraría tropas de zonas ocupadas en Járkov, Sumi y Dnipropetrovsk, permitiría el tráfico marítimo ucraniano en el mar Negro y se comprometería a un frente congelado en Jersón y Zaporiyia.
Sin embargo, Zelenski insiste en que incluso este paquete solo sería asumible si va acompañado de garantías de seguridad firmes por parte de EE UU y los aliados europeos, equiparables a las que tendría Ucrania como miembro de la Alianza Atlántica. A ello suma otra exigencia política de calado: un compromiso claro para la adhesión de Ucrania a la Unión Europea en 2027 o 2028.
Una paz aún lejana
La inclusión del referéndum cumple varias funciones. Hacia dentro, traslada a la ciudadanía la responsabilidad última de aceptar concesiones territoriales o compromisos estratégicos. Hacia fuera, refuerza la posición negociadora de Kiev: cualquier acuerdo que no sea percibido como equilibrado corre el riesgo de ser rechazado en las urnas, lo que limita el margen de presión de Washington y de Moscú.
La cifra de 680.000 millones de euros para la reconstrucción de Ucrania, incluida por primera vez en el borrador, añade otra capa económica a las conversaciones. Ese coste, que debería ser a través de inversión privada y créditos internacionales, subraya que la paz no será solo una cuestión de fronteras, sino también de viabilidad económica a largo plazo.
Mientras se negocia, la guerra continúa. Las retiradas ucranianas en puntos clave de Donetsk y los avances rusos en Sumi evidencian que el campo de batalla sigue influyendo en la mesa diplomática. Desde Kiev y Bruselas se interpreta la falta de una respuesta clara de Vladímir Putin como una estrategia para ganar tiempo, mientras Moscú insiste en el reconocimiento de su soberanía sobre Donbás y Crimea.
En este contexto, el mensaje de Zelenski es que no habrá paz impuesta ni acuerdos cerrados a espaldas de la sociedad ucraniana. El referéndum se convierte así en la última barrera entre la diplomacia y la legitimidad, y en un recordatorio de que, incluso en guerra, Ucrania busca decidir su futuro en las urnas. @mundiario