Zelenski abre la puerta al Donbás desmilitarizado mientras Rusia lleva a la UE a los tribunales
El presidente de Ucrania abre la puerta a negociar una zona de amortiguamiento en las provincias de la línea del frente si es recíproca, al tiempo que Moscú maniobra para frenar el uso de sus activos congelados para ayudar a Kiev.
Las declaraciones de Volodímir Zelenski de esta semana marcan un punto de inflexión político en la guerra. No porque revelen exigencias desconocidas —las presiones de Washington y Moscú eran públicas—, sino porque el presidente ucraniano las verbaliza y, por primera vez, admite un margen de negociación sobre uno de los territorios más sensibles del conflicto: el Donbás. En paralelo, Rusia traslada el pulso al terreno judicial al demandar a la UE por intentar utilizar sus activos soberanos congelados para sostener económica y militarmente a Ucrania. El mensaje es claro: si la guerra se discute en las mesas de negociación, también se dirime en los tribunales.
Zelenski ha confirmado que Washington y Moscú comparten exigencias clave para poner fin al conflicto, entre ellas la retirada de tropas ucranias del 25 % de la provincia de Donetsk que Kiev aún controla. El Kremlin propone convertir ese espacio en una zona desmilitarizada; la Casa Blanca utiliza una formulación alternativa —“zona económica libre”—, pero la sustancia es similar. El presidente ucranio ha subrayado que no puede aceptar la retirada en los términos actuales, aunque por primera vez se abre a discutirla si el repliegue es simétrico y verificable. La idea de una desmilitarización “kilómetro a kilómetro”, con mecanismos de monitorización, introduce un lenguaje clásico de resolución de conflictos que hasta ahora el Gobierno ucraniano había evitado.
Este giro no implica una renuncia explícita a la soberanía. Según filtraciones de la última versión del plan estadounidense, reportadas por ZN, Ucrania no tendría que reconocer a Rusia la soberanía sobre Donbás ni Crimea; su estatus se decidiría por la vía diplomática. Es un matiz relevante que explica por qué Zelenski puede hablar de diálogo sin cruzar líneas rojas internas. Aun así, el coste político es evidente: aceptar de facto que parte del territorio quede bajo ocupación rusa, aunque sea temporalmente, supone un cambio de marco tras casi cuatro años de guerra.
Las concesiones no son unidireccionales. El borrador en discusión elimina la exigencia de blindar constitucionalmente la renuncia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), descarta una amnistía por crímenes de guerra y abre la puerta a una adhesión exprés de Ucrania a la UE en 2027. Este último punto, de fuerte carga política, refleja que Bruselas concibe la ampliación no solo como un proceso técnico, sino como una inversión estratégica de credibilidad. Congelar el frente en Jersón y Zaporiyia y forzar retiradas rusas de enclaves menores completa un paquete que busca vender equilibrio donde hay asimetría.
Rusia demanda a Euroclear
Mientras Kiev explora ese terreno resbaladizo, Moscú despliega otra palanca de presión: la judicial. El Banco Central de Rusia ha demandado a Euroclear por la inmovilización de activos soberanos —unos 185.000 millones de euros— y amenaza con una cascada de litigios si la UE avanza en su plan de utilizarlos para financiar a Ucrania mediante un “préstamo de reconstrucción” a interés cero. La advertencia de “casus belli” se traduce, de momento, en demandas y represalias legales potenciales contra Estados y empresas europeas.
La UE, consciente del riesgo, ha activado un mecanismo de emergencia para mantener los fondos congelados de forma indefinida y evitar vetos internos. El debate no es menor: usar activos rusos aliviaría las arcas europeas en un contexto de presupuestos ajustados, pero abre un precedente jurídico delicado. Bélgica, sede de Euroclear y donde se encuentra la mayor parte de los activos confiscados, reclama mutualizar riesgos ante posibles litigios futuros de Moscú. Bruselas sostiene que las salvaguardas legales limitan la exposición, pero el choque con Rusia promete ser largo.
Ambos movimientos —la apertura de Zelenski a una zona desmilitarizada y la ofensiva legal del Kremlin— están conectados por una misma lógica: aumentar la capacidad de negociación propia elevando los costes del adversario. Kiev intenta ganar tiempo y apoyo sin aceptar una rendición, al tiempo que Moscú busca encarecer cualquier solución que implique financiar a Ucrania con dinero ruso. Donald Trump, con un plan de paz que condiciona tregua, elecciones y control de infraestructuras críticas como Zaporiyia, actúa como árbitro interesado.
El resultado es un conflicto que se desplaza del campo de batalla a un tablero híbrido de diplomacia, economía y derecho internacional. Que Zelenski hable de desmilitarización no significa paz inminente; que Rusia demande a la UE no implica que vaya a ganar. Pero ambos gestos indican que la guerra ha entrado en una fase donde ceder, resistir y litigar son partes de la misma estrategia. En ese equilibrio inestable se juega no solo el futuro de Ucrania, sino la arquitectura de seguridad y legalidad europea de la próxima década. @mundiario





