Trump declara la guerra al voto por correo bajo acusaciones de “fraude”, pero la ley lo limita
El presidente Donald Trump ha vuelto a colocar el voto por correo en el centro de la polémica política estadounidense. En un mensaje difundido en su red Truth Social, el republicano aseguró que “las elecciones nunca pueden ser imparciales con el voto/papeletas por correo y todo el mundo, en particular los demócratas, lo saben”. Con este argumento, anunció que encabezará un movimiento para prohibir esta práctica en Estados Unidos, junto con la eliminación de las máquinas de votación.
La ofensiva de Trump no es nueva. Desde 2020, cuestiona sin pruebas la validez del voto por correo, al que responsabiliza de su derrota frente a Joe Biden. Durante la pandemia, los demócratas lo utilizaron de forma masiva, mientras que muchos republicanos se abstuvieron de hacerlo tras las advertencias de su líder, quien se había adelantado a los resultados y justificó en campaña electoral que esa modalidad podría ser susceptible a fraudes, por lo que exigió que sus votantes asistieran de forma presencial. Esa decisión estratégica, según algunos analistas, pudo contribuir al desenlace de aquellas elecciones.
Ahora, a poco más de un año para las elecciones de medio término en noviembre de 2026, Trump endurece su discurso y sostiene que este mecanismo “no existe en el resto del mundo” y que ha sido abandonado “debido al MASIVO FRAUDE ELECTORAL que se encontró”. La afirmación, sin embargo, es incorrecta: países como Alemania, Suiza o el Reino Unido utilizan de forma habitual esta modalidad, en ocasiones desde hace décadas.
El presidente anunció que firmará una orden ejecutiva para suprimir el voto por correo y las máquinas de votación, que considera “altamente inexactas, muy costosas y seriamente controvertidas”. Como alternativa, propone un sistema basado en papeletas de papel con marca de agua, que califica de “preciso y sofisticado, más rápido y que no deja ninguna duda, al final de la jornada, sobre quién GANÓ y quién PERDIÓ la elección”. El recuerdo de las elecciones del año 2000, marcadas por semanas de disputas en Florida por papeletas de papel mal perforadas, pone en cuestión esa visión simplificada.
En su mensaje, Trump cargó también contra el Partido Demócrata, al que acusa de depender del voto por correo para mantenerse competitivo: “Con sus HORRIBLES políticas de la extrema izquierda […] los demócratas son prácticamente inelegibles sin usar ESTA ESTAFA DE VOTACIÓN POR CORREO, completamente desacreditada”. Y advirtió: “sin elecciones justas y honestas, y sin fronteras fuertes y poderosas, ni siquiera existe una sombra de país”, escribió, todo con sus habituales mayúsculas.
Más allá de las frases de impacto, sus propuestas chocan con la arquitectura constitucional de Estados Unidos. A diferencia de lo que Trump sostiene, los estados no son “simples agentes” del gobierno federal en la organización de los comicios. La Constitución otorga a cada estado la potestad de decidir el “tiempo, lugar y manera” de las elecciones, y son las legislaturas estatales, no el presidente, las encargadas de regularlas. En la práctica, existen alrededor de 10.000 jurisdicciones locales —condados, ciudades, municipios— que gestionan el proceso, desde el registro hasta el conteo de votos.
El papel del gobierno federal en este ámbito es limitado. El Congreso puede establecer ciertas normas para elecciones presidenciales y legislativas, pero la Casa Blanca no tiene competencias directas en el diseño ni en la administración del voto. Por ello, la promesa de Trump de “firmar una orden ejecutiva” para prohibir el voto por correo realmente carece de efectos prácticos inmediatos y debería tener, como mucho, valor político y simbólico.
Su discurso se inscribe en una estrategia más amplia para condicionar el escenario electoral. Trump ya había emitido una orden ejecutiva este año exigiendo pruebas de ciudadanía para registrarse como votante, una medida que generó controversia legal. Además, ha instado a redibujar los distritos electorales y a investigar las plataformas de financiación demócratas, con el objetivo de reforzar la posición republicana de cara a 2026, unos comicios en los que, históricamente, los partidos gobernantes suelen perder la mayoría en el Congreso.
Pese a su insistencia en el fraude, los datos muestran que el voto por correo en EE UU es seguro y ampliamente utilizado. Un tercio del electorado lo emplea de manera habitual, y los estados han establecido sus propios mecanismos de verificación de identidad y auditorías. De hecho, para las elecciones de 2024, el Partido Republicano promovió campañas de distribución de información entre sus partidarios para ayudarles a votar por correo, a pesar de que Trump criticaba esta modalidad casi al mismo tiempo.
El contraste entre sus declaraciones y la realidad institucional revela un punto clave: en Estados Unidos, las elecciones no dependen de la voluntad del presidente. Son los estados y sus autoridades locales quienes establecen las reglas, supervisan el proceso y certifican los resultados. En esa tensión entre discurso político y límites constitucionales se juega gran parte del debate actual sobre el futuro de la democracia estadounidense.@mundiario

