Trump proclama el fin de la guerra, pero la historia de Gaza aún no ha terminado
El regreso triunfal de Donald Trump al escenario de Oriente Próximo, recibido con vítores en el Parlamento israelí tras la liberación de los rehenes, parece más una escenificación mediática que un avance real hacia la estabilidad regional.
La escena ha sido cuidadosamente diseñada para el impacto visual y político: Donald Trump, ovacionado en la Knesset, proclamando el fin de una guerra “larga y difícil” y prometiendo una “era dorada para Israel y Oriente Próximo”. Pero tras el brillo de las cámaras y las declaraciones grandilocuentes, lo que se adivina es un acto más de autopromoción del líder republicano, un intento de reafirmar su influencia global en un momento clave para su carrera política y para el tablero geopolítico internacional.
El discurso de Trump en Jerusalén no ha sido solo un mensaje de esperanza para los israelíes, sino también una pieza de retórica cuidadosamente construida para alimentar su imagen de negociador infatigable. Sin embargo, el verdadero alcance del acuerdo anunciado es incierto: la liberación de los rehenes y el canje de 2.000 prisioneros palestinos, aunque celebrados, no garantizan la estabilidad duradera en Gaza ni abordan las causas profundas del conflicto. Las alusiones del presidente estadounidense a la “derrota total de las fuerzas del caos” son más un recurso retórico que una descripción ajustada a la realidad.
Mientras tanto, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, rehúsa viajar a la cumbre de Sharm el Sheij, donde líderes de todo el mundo —desde Emmanuel Macron hasta Pedro Sánchez, pasando por los jefes de Estado árabes— esperan concretar el plan de paz. Su ausencia, envuelta en una explicación oficial de “celebraciones nacionales”, revela en el fondo una tensión política: la de un Netanyahu que busca capitalizar la liberación de los rehenes sin compartir protagonismo con Trump ni asumir compromisos que limiten su margen de maniobra.
El tono de las intervenciones en la Knesset ha oscilado entre la euforia y la incomodidad. La irrupción de dos diputados —uno de ellos palestino— con pancartas que denunciaban un “genocidio” recordó que la paz no puede construirse sobre la negación de la tragedia humanitaria. La reacción de Trump, elogiando la “eficiencia” de los servicios de seguridad que los expulsaron, reflejó una vez más su inclinación por la teatralidad y el control del relato. El expresidente estadounidense convirtió un acto diplomático en un mitin con tintes familiares, mencionando incluso a su hija Ivanka y a Jared Kushner, como si se tratara de una celebración doméstica y no de un momento decisivo para la región.
🇺🇸🇮🇱 | Donald Trump: "El Dios que una vez habitó entre su pueblo en esta ciudad todavía nos llama, en las palabras de las Escrituras, a apartarnos del mal y hacer el bien, a buscar la paz y perseguirla."pic.twitter.com/DFskF1vnr2
— Mundo Libre (@MundoLibreOK) October 13, 2025
El simbolismo de esta jornada va más allá de la política israelí. Representa el retorno del trumpismo a la escena internacional, con su mezcla de improvisación, marketing y desdén por los formalismos diplomáticos. Su influencia persiste en la región porque Israel, más que nunca, necesita aliados que le respalden en un contexto de desgaste interno y desconfianza global. La frase de Netanyahu —“Trump es el mejor amigo que Israel ha tenido jamás en la Casa Blanca”— resume la dependencia emocional y política que se ha tejido entre ambos líderes: un vínculo forjado más en la afinidad ideológica que en la estrategia de Estado.
📺TV en DIRECTO | Trump: "El régimen iraní ha provocado tanta muerte en Oriente Próximo, que la mano de la amistad y la cooperación está abierta. Os lo digo: quieren llegar a un acuerdo. Es todo lo que hago en la vida: llegar a acuerdos" https://t.co/nd5yMyCGga pic.twitter.com/VIetbTh0I4
— EL PAÍS (@el_pais) October 13, 2025
Pero, ¿ha terminado realmente la guerra? El propio escenario lo desmiente. Gaza sigue devastada, miles de familias palestinas viven desplazadas y la reconstrucción apenas se perfila entre promesas y fondos condicionados. El plan de paz, que se anuncia como “histórico”, se asienta sobre un equilibrio precario entre intereses contrapuestos: la seguridad israelí, la legitimidad de Hamás, la presión internacional y la voluntad —siempre esquiva— de reconciliación.
El discurso de Trump en Jerusalén no inaugura una “era dorada”, sino una nueva etapa de incertidumbre. La política del espectáculo ha vuelto a imponerse sobre la diplomacia de fondo, y el conflicto de Oriente Próximo continúa siendo un tablero donde los líderes proyectan sus ambiciones más que sus convicciones. Si la paz depende de la foto y del aplauso, no será más que un espejismo brillante sobre la arena de Gaza. @mundiario


