Trump impulsa la paz en Gaza: fin de la guerra, liberación de rehenes y un pacto frágil

El presidente de Estados Unidos anuncia el desarme de Hamás y la firma de un plan de paz en Egipto. Israel libera a casi 2.000 presos palestinos a cambio de los últimos rehenes vivos, en un acuerdo que promete más esperanza que certezas.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, muestra su mensaje escrito antes de dirigirse a los parlamentarios israelíes en la Knéset. / Mundiario
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, muestra su mensaje escrito antes de dirigirse a los parlamentarios israelíes en la Knéset. / Mundiario

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha aterrizado en Israel para anunciar lo que califica como el “fin de la guerra” en Gaza. Su mensaje, contundente y solemne, precede la ceremonia que se celebrará en la localidad egipcia de Sharm el Sheij, donde Israel y representantes palestinos, con mediación internacional, firmarán un plan de paz que pone fin a meses de devastación. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y el líder de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, no se darán la mano ante la mirada de un mundo exhausto. No estará tampoco Hamás, pero sí su sombra: su compromiso de desarme ha sido condición sine qua non para este frágil equilibrio.

El día ha comenzado con una imagen que parecía imposible semanas atrás: los últimos 20 rehenes israelíes en manos de Hamás han sido liberados. La operación, en dos fases y supervisada por el Comité Internacional de la Cruz Roja, ha devuelto la esperanza a cientos de familias que aguardaban en las calles de Tel Aviv. También se espera la entrega de los cuerpos de los 28 cautivos fallecidos. Israel, por su parte, ha iniciado la liberación de casi 2.000 presos palestinos, un gesto que, sin dejar de ser político, busca apuntalar la tregua.

El intercambio tiene un valor simbólico incalculable. De los 1.968 palestinos liberados, 250 cumplían largas condenas y más de un centenar serán deportados. Otros regresarán a Ramala o a Gaza, donde se les recibe entre celebraciones y lágrimas. La magnitud del canje revela la magnitud del conflicto: dos pueblos atrapados en una espiral de dolor que, por fin, parece encontrar una pausa.

El acuerdo no es perfecto —ningún acuerdo de paz lo es—, pero la historia enseña que incluso los tratados más controvertidos pueden salvar vidas. Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, fue el paradigma de la paz mal entendida: un castigo disfrazado de reconciliación. Su herencia fue amarga y letal. Pero el error de 1919 no debería impedir valorar la importancia de detener las matanzas, aunque el pacto no resuelva las causas profundas del conflicto.

Fragilidad

El plan de paz de Gaza, promovido por Washington y respaldado por Egipto, Europa y varias naciones árabes, es más un punto de partida que un cierre. Nadie ignora su fragilidad ni las tensiones internas que podrían hacerle naufragar. Netanyahu afronta la presión de los sectores más duros de su coalición, mientras Abbas llega debilitado, sin autoridad sobre una Gaza que ha quedado en ruinas. Y Hamás, aun desarmado, conserva una influencia social que ninguna firma puede borrar. La oficina del primer ministro de Israel ha anunciado que Netanyahu había sido invitado por Trump a Sharm el Sheij, pero que declinaba la invitación “debido a la proximidad de las celebraciones” por la liberación de los rehenes de Israel. 

Trump, por su parte, busca un legado. Su papel como mediador puede ser interpretado como un ejercicio de diplomacia pragmática o como un intento de redimirse ante la historia. Lo cierto es que ha logrado lo que otros no pudieron: sentar a las partes, forzar concesiones y detener los bombardeos. El mérito político no debería eclipsar el drama humano ni la necesidad de que este sea solo el primer paso hacia una paz justa y duradera.

Hoy, en Sharm el Sheij, se firmará algo más que un documento: se firmará una tregua con la muerte. Puede que no resuelva la injusticia ni las raíces del odio, pero cada día sin bombas ya es un avance moral. Como en toda posguerra, la esperanza tendrá que reconstruirse ladrillo a ladrillo, entre los escombros y las cicatrices. Porque la paz, aun imperfecta, siempre será mejor que la guerra. @mundiario

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