Trump presiona a los aliados y asegura que se plantea “seriamente” la salida de EE UU de la OTAN

La Casa Blanca cuestiona el valor estratégico de la organización ante la reticencia de sus miembros a involucrarse en la guerra de Irán y a permitir el uso de sus bases. El republicano afirma que siempre supo que la Alianza era un “tigre de papel”.
Mark Rutte, Keir Starmer, Emmanuel Macron, Volodímir Zelenski, Donald Trump, Alexander Stubb, Giorgia Meloni, Friedrich Merz y Ursula von der Leyen. / Casa Blanca
Mark Rutte, Keir Starmer, Emmanuel Macron, Volodímir Zelenski, Donald Trump, Alexander Stubb, Giorgia Meloni, Friedrich Merz y Ursula von der Leyen. / Casa Blanca

La relación transatlántica atraviesa uno de sus momentos más delicados en décadas. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha afirmado que está considerando “seriamente” retirar a su país de la OTAN, en un contexto marcado por la falta de apoyo europeo a su estrategia en la guerra con Irán.

La declaración no es solo retórica: introduce una presión directa sobre la arquitectura de seguridad occidental y reabre un debate que parecía cerrado desde el final de la Guerra Fría.

La OTAN, fundada en 1949, ha sido durante décadas el pilar de la defensa colectiva en Occidente. Sin embargo, Trump la ha descrito como un “tigre de papel”, cuestionando su eficacia e incluso llegó a afirmar que el presidente ruso Vladímir Putin comparte esa percepción.

Aunque una retirada formal de Estados Unidos requeriría una compleja aprobación legislativa —incluida una supermayoría en el Senado—, el simple hecho de plantearlo ya tiene consecuencias estratégicas. La credibilidad del artículo 5, que garantiza la defensa mutua entre aliados, depende tanto de la voluntad política como de los compromisos legales.

En este sentido, la amenaza funciona como una herramienta de presión: no necesita concretarse para debilitar la cohesión interna de la Alianza.

De la crítica histórica a la presión directa

El origen inmediato de esta crisis está en la guerra en Oriente Próximo. La Administración de Donald Trump ha buscado implicar a sus aliados en operaciones contra Irán, incluyendo el uso de bases militares europeas y el apoyo logístico en zonas clave como el estrecho de Ormuz.

La respuesta ha sido, en muchos casos, negativa. Países como España, Italia o Francia han limitado el uso de su espacio aéreo o instalaciones militares, mientras que otros han rechazado desplegar recursos adicionales. Esta resistencia refleja tanto cálculos estratégicos propios como la falta de consenso interno en Europa sobre el conflicto.

Para Washington, sin embargo, estas decisiones evidencian un desequilibrio: una alianza en la que Estados Unidos asume los mayores costes sin recibir respaldo en momentos críticos.

Las críticas de Trump a la OTAN no son nuevas. Durante su primer mandato ya acusó a los aliados europeos de beneficiarse del paraguas de seguridad estadounidense sin contribuir lo suficiente en gasto militar. Pero el contexto actual añade un elemento distinto: la vinculación directa entre apoyo político y acceso a capacidades estratégicas.

El secretario de Estado, Marco Rubio, ha reforzado este mensaje al sugerir que Washington “reevaluará” su relación con la Alianza tras el conflicto con Irán. Su argumento es claro: si las bases europeas no pueden utilizarse cuando Estados Unidos lo considera necesario, el valor práctico de la OTAN queda en entredicho.

Esta lógica introduce un cambio en la naturaleza del compromiso transatlántico, desplazándolo de un marco de defensa colectiva a uno más transaccional.

Europa responde: contención y cautela

Las reacciones europeas han sido, en general, prudentes. Desde Bruselas se insiste en que la OTAN sigue siendo “clave” para la seguridad común, mientras líderes como el primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, han restado importancia a las declaraciones, calificándolas de “ruido”.

Alemania, por su parte, ha subrayado que no está preparando ningún escenario de salida estadounidense e interpreta las palabras del presidente Trump como parte de un patrón recurrente. Esta estrategia de contención busca evitar una escalada verbal que pueda agravar la crisis.

Sin embargo, la ausencia de una respuesta más contundente también refleja las limitaciones europeas: la dependencia militar de Estados Unidos sigue siendo un factor estructural.

Más allá de su viabilidad legal, la posibilidad de que Estados Unidos reduzca su implicación en la OTAN tiene implicaciones inmediatas. Una retirada parcial de tropas, una menor participación en ejercicios conjuntos o una ambigüedad deliberada sobre el compromiso de defensa podrían alterar el equilibrio estratégico en Europa.

Además, en un contexto marcado por la guerra en Ucrania y la rivalidad con Rusia, cualquier señal de debilidad en la Alianza puede tener efectos disuasorios inversos. La percepción de fractura es, en sí misma, un elemento de riesgo. @mundiario

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