Trump insinúa la salida de la guerra en Irán mientras Teherán niega atisbos de un alto el fuego

Donald Trump, presidente de EE UU. / White House

El presidente de EE UU parece preparar el repliegue de la Casa Blanca del conflicto al afirmar que el “el nuevo régimen” ha pedido un cese de las hostilidades, mientras Washington parece inclinarse por cerrar una operación que amenaza con volverse insostenible.

La evolución del conflicto entre Estados Unidos e Irán parece inclinarse a una conclusión rápida, después de enquistarse en las últimas cinco semanas. Mientras la retórica oficial mantiene un tono de confrontación, los movimientos estratégicos tras bastidores apuntan a una retirada progresiva. En el centro de esta ambigüedad se sitúa Donald Trump, quien parece decidido a poner fin a una intervención que, lejos de consolidar sus objetivos iniciales, ha multiplicado los costes políticos, económicos y militares.

El anuncio de una posible retirada en “dos o tres semanas” desde el Despacho Oval refleja un cambio de enfoque en la Casa Blanca. La guerra, que en sus inicios fue presentada como una operación rápida y quirúrgica, se ha extendido por todo Oriente Próximo, provocó el cierre de facto del estrecho de Ormuz, ha trastocado todos los mercados internacionales y en última instancia amenazaba la existencia de infraestructuras críticas y desalinizadoras de agua de los países del Golfo Pérsico.

Sin embargo, Trump evita enmarcar este repliegue como una rectificación. Al contrario, insiste en que la ofensiva ha sido un éxito militar, destacando la destrucción de objetivos estratégicos y la supuesta degradación de la capacidad iraní. Esta dualidad, de proclamar victoria mientras se prepara la retirada, implica minimizar el coste reputacional de abandonar el conflicto sin resultados concluyentes.

La Casa Blanca tiene programada una intervención de Trump a las 21.00 horas (hora de Washington) para hablar del tema, pero a lo largo del día EE UU ha afirmado que Irán habría solicitado un alto el fuego. La rápida desmentida de Teherán no solo cuestiona la veracidad de esa declaración, sino que evidencia el clima de desconfianza mutua que domina cualquier intento de negociación.

Lejos de aclarar la situación, Trump ha vuelto a condicionado cualquier tregua a la reapertura del estratégico estrecho de Ormuz, un punto crítico por donde circula el 20 % del petróleo del mundo. En un mensaje en su red social Truth, el republicano llegó a anunciar que “el presidente del nuevo régimen” en la República Islámica, “mucho menos radicalizado y mucho más inteligente que sus predecesores (…) acaba de pedir a Estados Unidos un ALTO EL FUEGO”.

El mandatario afirmó que concedería el cese de hostilidades solo “cuando el estrecho de Ormuz esté abierto, libre y despejado”. “Hasta entonces, ¡bombardearemos Irán hasta hacerlo desaparecer o, como dicen, devolverlo a la Edad de Piedra!”, amenazó Trump, cuando justo 24 horas antes había asegurado que EE UU se desentendería del tránsito marítimo y descargó esa responsabilidad en sus socios europeos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) por su renuencia a participar en el conflicto.

Factores internos: petróleo, opinión pública y elecciones

Más allá del frente militar, la decisión de acelerar la retirada está profundamente condicionada por factores internos. El encarecimiento del petróleo, impulsado por la inestabilidad en el Golfo Pérsico, ha reactivado temores inflacionarios en EE UU, afectando directamente al consumo y al clima económico.

A ello se suma una opinión pública cada vez más reticente a prolongar la guerra. Incluso dentro del electorado republicano crece el apoyo a una retirada, lo que convierte el conflicto en un riesgo político de cara a las elecciones legislativas de noviembre. En este contexto, la promesa de una salida rápida no solo responde a cálculos estratégicos, sino también a una necesidad de contención del desgaste interno.

El repliegue estadounidense también plantea interrogantes sobre el papel de sus aliados. Israel, inicialmente alineado con el ala dura de la ofensiva con la meta en derrocar al régimen iraní, ha comenzado a emitir señales de desescalada, consciente de los límites de una confrontación prolongada.

Al mismo tiempo, las críticas de Trump a la OTAN por su falta de apoyo evidencian una grieta más profunda en el bloque occidental. Estas fricciones reflejan una transformación del vínculo transatlántico la dificultad de sostener coaliciones internacionales en conflictos donde los intereses estratégicos divergen y los costes aumentan.

Irán: resistencia y apertura táctica

Por su parte, Irán mantiene una postura ambivalente. Mientras continúa con acciones militares —incluyendo ataques en la región—, algunos de sus líderes han dejado entrever una disposición a explorar vías de diálogo, siempre condicionadas a garantías de seguridad. Así lo transmitió el presidente Masoud Pezeshkian al presidente del Consejo Europeo, António Costa.

Esta estrategia mantiene la resistencia militar, pero con una apertura diplomática selectiva, buscando evitar una escalada mayor sin ceder en cuestiones clave como la imposición de un régimen de peajes del estrecho de Ormuz o su programa estratégico.

En última instancia, la desescalada no responde únicamente a la voluntad de las partes, sino a la constatación de que prolongar la guerra puede resultar más costoso que abandonarla. @mundiario