Trump acelera el final de la guerra con Irán con una retirada en “dos o tres semanas”
La guerra entre Estados Unidos e Irán podría estar entrando en su fase final, al menos según la lectura que hace la Casa Blanca. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha asegurado que la presencia militar de su país en territorio iraní tiene los días contados y que la retirada podría materializarse en un plazo de “dos o tres semanas”. Desde el Despacho Oval, el mandatario insistió en que el desenlace del conflicto está próximo y que la salida de las tropas contribuirá, además, a aliviar la presión sobre los precios internacionales del petróleo.
El líder republicano sostiene que la intervención militar ha cumplido su objetivo y que prolongarla carece de sentido estratégico. En esa línea, ha subrayado que Washington no considera imprescindible un acuerdo formal con Teherán para ejecutar la retirada, reforzando la idea de una decisión unilateral basada en los intereses estadounidenses.
En paralelo, desde Irán se han enviado señales de distensión, aunque con condiciones claras. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, ha trasladado a la Unión Europea la disposición de su país a detener las hostilidades, siempre que se garantice el fin de los ataques. Esta postura abre una ventana diplomática, aunque su viabilidad depende de compromisos concretos que, por ahora, no se han materializado.
Sin embargo, el clima sobre el terreno dista de ser conciliador. La Guardia Revolucionaria iraní ha amenazado con atacar a empresas estadounidenses presentes en Oriente Próximo, ampliando el conflicto más allá del ámbito estrictamente militar. Entre los posibles objetivos figuran grandes corporaciones tecnológicas e industriales, lo que eleva el riesgo de una escalada con implicaciones económicas globales.
La respuesta de Washington no se ha hecho esperar. La Casa Blanca ha asegurado que sus fuerzas están preparadas para neutralizar cualquier ofensiva iraní contra intereses estadounidenses, en un mensaje que busca disuadir posibles ataques y reafirmar la capacidad de reacción militar de Estados Unidos en la región.
En este contexto, el secretario de Estado, Marco Rubio, ha defendido la intervención conjunta con Israel como una medida preventiva. Según Rubio, Irán estaba a punto de consolidar un “escudo convencional” basado en misiles y drones que habría dificultado cualquier intento de frenar su programa nuclear. A su juicio, esa capacidad representaba un riesgo “inaceptable”, lo que justificaba una acción militar inmediata.
El jefe de la diplomacia estadounidense ha insistido en que el objetivo de la operación no era únicamente debilitar el potencial ofensivo iraní, sino forzar a Teherán a comprometerse de forma definitiva con la renuncia a desarrollar armas nucleares. Una meta que, según Washington, solo puede garantizarse eliminando previamente su capacidad defensiva basada en armamento convencional avanzado.
Mientras tanto, el balance humano del conflicto sigue creciendo. Las autoridades iraníes cifran en más de 2.000 los fallecidos, aunque organizaciones independientes elevan esa cifra por encima de los 3.500, con una proporción significativa de víctimas civiles, incluidos menores. Estos datos subrayan el coste de una guerra que, pese a los mensajes de inminente final, continúa dejando una profunda huella en la población.
Así, el escenario se mueve entre la expectativa de una retirada rápida de Estados Unidos, la posibilidad de un acuerdo condicionado por parte de Irán y el riesgo latente de una escalada regional. Un equilibrio inestable que mantiene en vilo tanto a los actores implicados como a la comunidad internacional. @mundiario


