Trump y Maduro escalan la tensión militar en el Caribe y América Latina contiene el aliento
La mayor movilización naval de Estados Unidos en décadas acelera un pulso incierto entre Washington y Caracas, en el que ambos líderes se juegan su futuro político y la estabilidad regional.
La crisis entre Estados Unidos y Venezuela ha entrado en una fase en la que la retórica, la presión militar y la imprevisibilidad se retroalimentan. Donald Trump asegura tener ya "más o menos" definidos sus próximos pasos en el Caribe, donde ha desplegado el mayor dispositivo naval estadounidense en la región en décadas. Nicolás Maduro interpreta cada gesto como el preludio de un golpe directo contra su régimen. Y América Latina observa, contenida la respiración, un pulso que amenaza con alterar el equilibrio de un continente ya profundamente polarizado.
La Casa Blanca insiste oficialmente en que se trata de una operación antidroga. Pero la dimensión del despliegue –incluye el portaaviones Gerald Ford, aviones F-35, misiles de largo alcance y 15.000 efectivos– parece desmentir cualquier pretensión rutinaria. Trump habla abiertamente de una fase dos con posibles objetivos en tierra. Y en Washington abundan las voces que no ocultan la verdadera ambición: debilitar –si no derrocar– al régimen de Maduro, al que EE UU acusa de sostenerse sobre los beneficios del narcotráfico.
La operación, que en dos meses y medio ha destruido una veintena de embarcaciones con un saldo de 80 muertos, ha desencadenado una oleada de críticas por su dudosa legalidad. El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, el presidente Gustavo Petro en Colombia y organizaciones de juristas coinciden en una denuncia: son ejecuciones extrajudiciales en aguas internacionales.
Pese a ello, Trump mantiene el pulso. Su desafío es doble. Por un lado, necesita una justificación legal clara para cualquier acción dentro de Venezuela. Por otro, teme un fracaso que erosionaría su narrativa de pacificador global, la misma que utiliza para reivindicarse candidato al premio Nobel de la Paz. Las encuestas, además, no le ayudan: la mayoría de estadounidenses rechaza ataques letales contra narcolanchas y una intervención directa en Venezuela.
Extraña normalidad en Caracas
Maduro, por su parte, responde elevando el tono belicista, movilizando a 200.000 militares y organizando 260.000 comités de defensa en las calles. Se prepara para una guerra que quizá nunca llegue, pero para la cual busca proyectar una imagen de fortaleza absoluta. En paralelo, despliega una estrategia de guerrilla urbana para complicar cualquier intento de ocupación extranjera. La vida cotidiana en Caracas, sin embargo, transcurre en una extraña normalidad: mercados abiertos, clases de yoga, restaurantes llenos. La eventual invasión circula en voz baja, con escepticismo y humor negro, como un escenario demasiado extraordinario para tomárselo del todo en serio.
En el tablero regional, las consecuencias ya se sienten. Colombia ha suspendido la cooperación de inteligencia con Washington tras denunciar la ilegalidad de los ataques. Reino Unido ha reducido la suya. Trump, en respuesta, endurece su retórica y augura un cambio político inminente en Bogotá. Y mientras tanto, su Administración presenta Lanza del Sur –una operación "contra los narcoterroristas"– como el primer capítulo de un repliegue geoestratégico hacia América Latina, retomando, siglo y medio después, los ecos de la doctrina Monroe.
En Caracas, el chavismo teme que el anuncio de Trump –"ya me he decidido"– sea la antesala de un salto cualitativo. La oposición, representada por una María Corina Machado en la clandestinidad y convertida en voz moral tras su Nobel, habla de "horas decisivas" y de una transición pacífica. Pero ese optimismo contrasta con la lógica de confrontación de ambos lados. Una intervención podría desencadenar una crisis humanitaria de enormes dimensiones y arrastrar a la región a una espiral migratoria y de seguridad sin precedentes.
En este duelo personal –como lo definió Elliott Abrams, antiguo enviado especial de Washington– solo hay dos opciones: o gana Trump o gana Maduro. La incógnita es quién parpadeará primero. Y cuánto está dispuesto a perder el continente antes de que eso ocurra. @mundiario



