Trump llega al Reino Unido con honores, pero la sombra de Epstein no desaparece
Donald Trump aterrizó el martes por la noche en el aeropuerto de Stansted, acompañado de la primera dama, en lo que constituye su segunda visita de Estado al Reino Unido. Se trata de un honor inusual —ningún otro presidente estadounidense ha recibido dos invitaciones de la familia real— y que el Gobierno de Keir Starmer pretendía utilizar para exhibir la solidez de la relación transatlántica en tiempos de incertidumbre global. Sin embargo, la llegada de Trump no ha estado exenta de turbulencias políticas y mediáticas.
Desde el primer momento, manifestantes se congregaron frente al Castillo de Windsor, donde el presidente será recibido por el rey Carlos III. Las protestas, en su mayoría pacíficas, fueron eclipsadas por un acto que captó la atención de la prensa internacional: la proyección, sobre uno de los torreones del castillo, de imágenes de Trump junto al difunto magnate y delincuente sexual Jeffrey Epstein.
También se proyectaron recortes de prensa y la supuesta “carta de cumpleaños” que el presidente habría escrito hace más de dos décadas, cuya autenticidad ha sido negada con vehemencia por la Casa Blanca. La policía británica detuvo a cuatro personas por el incidente, calificándolo de “comunicación maliciosa”.
La presencia simbólica de Epstein en este viaje amenaza con empañar una agenda diseñada para transmitir grandiosidad y estabilidad. Starmer busca fortalecer la cooperación en comercio, tecnología y defensa, en un momento en que la economía británica necesita inversiones y el escenario geopolítico —marcado por la guerra en Ucrania y la crisis en Oriente Próximo— exige gestos de alineamiento estratégico con Washington.
Pero la destitución, apenas días antes, del embajador británico en Washington, Peter Mandelson, por su relación con Epstein, ha añadido un componente de vulnerabilidad política que el primer ministro no puede ignorar.
Trump, por su parte, ha tratado de mantener la visita en el terreno ceremonial, destacando su “gran amistad” con el Reino Unido y su admiración por la monarquía británica. Sin embargo, la falta de precisiones sobre el escándalo Epstein y su relación con el magnate fallecido ha colocado al republicano reiteradamente en el centro de un escrutinio incómodo. En Estados Unidos, sus opositores demócratas lo critican constantemente por la opacidad en torno a los crímenes de Epstein, y ahora también lo hacen activistas que buscan visibilizar el caso en suelo británico.
Las imágenes proyectadas en Windsor, combinadas con las pancartas y cánticos en las inmediaciones, reflejan el clima polarizado que rodea a la figura de Trump, incluso fuera de Estados Unidos. Para Starmer, que enfrenta encuestas desfavorables y una serie de dimisiones en su gabinete, el episodio supone un desafío: necesita capitalizar la visita para mostrar liderazgo y capacidad de negociación, pero al mismo tiempo debe lidiar con el riesgo de que la polémica eclipse cualquier anuncio de cooperación económica o fastidie el ánimo de un mandatario volátil e impredecible.
Este delicado equilibrio se hace aún más evidente dado que el Gobierno británico pretende cerrar durante la visita nuevos acuerdos en materia tecnológica, con inversiones multimillonarias por parte de empresas estadounidenses como Microsoft y Google. El éxito de esos anuncios dependerá de si la atención mediática puede desviarse del caso Epstein y centrarse en los logros económicos.
En este contexto, la visita de Trump se convierte en un test de imagen tanto para el presidente como para Starmer. Para Trump, se trata de reafirmar su estatus internacional y proyectar la idea de que, pese a la controversia, sigue siendo un actor central en la política global. Para el primer ministro británico, el reto consiste en convertir el boato y la pompa de la recepción en resultados tangibles que mejoren su posición interna.@mundiario

