Trump lanza una guerra de sombras contra Irán para fortalecer su imagen interna

El ataque aéreo estadounidense a instalaciones nucleares iraníes marca un punto de inflexión geopolítico que combina músculo militar, propaganda y ausencia total de diplomacia.
Pete Hegseth, secretario de Defensa. / RR SS.
Pete Hegseth, secretario de Defensa. / RR SS.

En un momento de máxima tensión internacional y con una campaña electoral en ciernes, el presidente Donald Trump ha decidido jugar una carta de alto riesgo: ordenar un ataque aéreo masivo contra infraestructuras nucleares de Irán. La denominada Operación Martillo de Medianoche ha sido vendida como un éxito quirúrgico y rotundo, pero tras la frialdad de las cifras —125 aviones, 75 proyectiles y 14 bombas antibúnker de 13 toneladas— se esconde una maniobra política con implicaciones muy delicadas para el equilibrio mundial.

Nada en esta operación, más allá de la potencia de fuego desplegada, parece indicar que Estados Unidos busque una solución diplomática a la cuestión nuclear iraní. Al contrario: la acción unilateral, el secretismo con el que se preparó y la exclusión del Congreso en las fases decisivas de la planificación revelan una voluntad de afirmación imperial más que de contención racional.

Estrategia del disimulo: bombas reales, razones ficticias

La operación ha sido un ejercicio de ingeniería militar y comunicativa. Con bombarderos invisibles, maniobras de despiste y una cortina informativa diseñada para desviar la atención, la Casa Blanca no solo trató de engañar a Teherán, sino también al mundo. Mientras los expertos en geopolítica y los medios de comunicación rastreaban la ruta de unos B-2 que sobrevolaban el Pacífico, otros aviones invisibles tomaban rumbo directo hacia las instalaciones iraníes en Fordow y Natanz, enclavadas bajo montañas que solo las pesadas GBU-57 podían perforar.

Los objetivos fueron múltiples: Fordow, Natanz e Isfahán, tres nombres clave en el programa nuclear iraní, han sido golpeados en cuestión de minutos. Según el Pentágono, con éxito. Pero la propia Agencia Internacional de Energía Atómica no ha detectado, por ahora, niveles de radiación alarmantes ni pruebas de una destrucción total. El espectáculo ha sido deslumbrante, sí, pero los efectos reales todavía están por verificarse.

¿Disuasión o provocación? El eterno dilema estadounidense

El discurso posterior de la Casa Blanca ha sido tan contundente como ambiguo. “No buscamos la guerra”, dicen, mientras recalcan su “capacidad de destrucción total”. Se habla de una operación “defensiva” para frenar un supuesto avance en el programa nuclear iraní, pero sin mostrar pruebas concluyentes ni un marco de legalidad internacional que respalde el uso de la fuerza. Al mismo tiempo, se insiste en que Irán no es el enemigo, sino su programa nuclear. Una distinción retórica que difícilmente calma los ánimos en Teherán ni en el resto de Oriente Medio.

El trasfondo es evidente: con una opinión pública dividida, una política exterior desarticulada y el legado de retiradas apresuradas en otros escenarios (Afganistán, Siria, Irak), Trump ha querido demostrar que aún puede dictar las reglas del juego global. La acción militar, lejos de ser una respuesta puntual a una amenaza inminente, parece diseñada para reforzar su perfil de “líder fuerte”, dispuesto a actuar sin titubeos. Es más propaganda que política.

El peligro de convertir la guerra en mensaje

La historia de Estados Unidos está plagada de operaciones militares lanzadas en momentos críticos para sus presidentes. Desde Vietnam hasta Kosovo, pasando por Irak, Libia o Siria, la tentación de usar la fuerza como herramienta de distracción o de reafirmación interna ha sido constante. Trump no ha inventado nada nuevo. Pero su forma de hacerlo —al margen del derecho internacional, sin diálogo con los aliados y con una escenografía teatralizada hasta el extremo— introduce un grado de irresponsabilidad preocupante.

Este tipo de acciones unilaterales desestabilizan el tablero internacional. Dejan al margen a la ONU, ignoran a los socios europeos y, sobre todo, colocan a Irán en una posición en la que cualquier respuesta —militar o diplomática— le será interpretada como una escalada. Si responde, será acusado de agresión. Si no lo hace, parecerá débil. Un dilema diseñado para que gane siempre quien lanza primero la bomba.

Una operación sin aliados, sin diálogo y sin final claro

A diferencia de otras acciones militares recientes, esta vez no ha habido participación de Israel ni de otros socios habituales de Washington en la región. Es más, la propia inteligencia israelí —según diversas fuentes— prefería contener la escalada. Pero la Casa Blanca ha optado por el camino solitario, en parte porque sabía que su objetivo no era resolver el conflicto, sino ganarlo simbólicamente ante la opinión pública estadounidense.

Y es ahí donde reside el problema de fondo. La política internacional no puede reducirse a una cuestión de imagen. Las bombas antibúnker no eliminan las causas de la tensión nuclear, ni destruyen el resentimiento que una operación así genera en la sociedad iraní. Más aún: sirven de munición ideológica para los sectores más radicales, alimentan la narrativa antioccidental y refuerzan la lógica del “nosotros contra ellos”.

Ni disuasión ni paz, solo ruido

La Operación Martillo de Medianoche no ha resuelto nada. Ha demostrado que Estados Unidos puede seguir actuando como potencia militar global, sí, pero también que lo hace cada vez más solo, cada vez más lejos del multilateralismo, del consenso internacional y de cualquier vía diplomática razonable.

Lo más inquietante no es el ataque en sí, sino el precedente que establece: el de una superpotencia que actúa en solitario, de noche, en silencio, bajo el paraguas de la “defensa preventiva”, sin contar con nadie y sin asumir las consecuencias políticas de sus actos. En un mundo cada vez más interdependiente, esa lógica ya no vale.

Porque si algo ha demostrado este siglo XXI es que las guerras preventivas no previenen nada. Solo aplazan los conflictos y generan otros nuevos. Y a veces, esos fuegos no se apagan nunca. @mundiario

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