Trump impulsa el renacimiento nuclear estadounidense: ¿expansión estratégica o riesgo nacional?
El reciente anuncio del presidente Donald Trump, sobre la expansión de la energía nuclear en Estados Unidos no solo marca un cambio importante en la política energética del país, sino que también reabre un debate latente sobre el papel que debe jugar esta fuente en el futuro energético y tecnológico de la nación. Con la firma de cuatro órdenes ejecutivas centradas en la simplificación regulatoria y el fomento de la producción nuclear, el mandatario republicano busca revivir una industria que ha estado estancada por décadas.
Las órdenes ejecutivas persiguen varios objetivos estratégicos en el ámbito de la energía nuclear, entre ellos está el agilizar la investigación nuclear dentro del Departamento de Energía (DOE) y facilitar la construcción de reactores nucleares en terrenos federales, con aplicaciones tanto civiles como militares.
Además, se propone reformar la Comisión Reguladora Nuclear (NRC) para reducir los plazos de revisión y aprobación de licencias, lo que podría acelerar el desarrollo de proyectos nucleares. También se busca estimular la minería y el enriquecimiento de uranio dentro del país, fortaleciendo así la industria nuclear nacional.
Asimismo se firmó una quinta orden que se centra en restaurar lo que el presidente denominó el “estándar de oro de la ciencia”, estableciendo este principio como base para la investigación científica federal al ordenar a los científicos financiados con fondos federales a que se centren en resultados “reproducibles, transparentes y falsificables”, para implementar mejor procesos de revisión por pares y estén "libres de conflictos de intereses".
¿Por qué ahora?
La justificación principal presentada por Trump y sus funcionarios se relaciona con el auge de la inteligencia artificial (IA) y la creciente demanda de energía que esta tecnología implica. Según estimaciones de la consultora ICF International, el consumo eléctrico en EE UU podría aumentar un 25 % hacia 2030 y un 78 % para 2050, en gran parte debido a los centros de datos necesarios para operar sistemas de IA. Desde esta perspectiva, la energía nuclear —con su capacidad de generación continua y sin emisiones de carbono, aunque esto último no sea una prioridad para Trump— se perfila como una pieza clave para abastecer esta nueva era digital.
También existe un componente geopolítico. Funcionarios como el secretario de Defensa Pete Hegseth subrayaron la necesidad de asegurar la “dominación energética estadounidense” y garantizar una fuente estable para las instalaciones de defensa nacional. La energía nuclear, por su fiabilidad y densidad energética, es vista como una herramienta estratégica frente a adversarios globales, especialmente China.
Actualmente, Estados Unidos cuenta con 93 reactores comerciales distribuidos en 28 estados. No obstante, la mayoría tiene más de 40 años de antigüedad. En las últimas tres décadas, solo se han construido dos nuevos reactores en todo el país. Esta parálisis se ha atribuido, en gran parte, a procesos regulatorios complejos, costes elevados y la percepción pública de riesgo.
La decisión de Trump de reformar la NRC, incluyendo una meta de resolución de licencias en 18 meses, busca reducir estos cuellos de botella. Empresarios de la industria apoyan esta medida al considerar que la demora regulatoria ha sido el principal obstáculo para el crecimiento del sector.
Riesgos y desafíos
Si bien la energía nuclear ofrece ventajas claras —bajas emisiones, alta densidad energética, capacidad de operación continua— también conlleva desafíos significativos. La gestión de residuos radiactivos en EE UU sigue sin solución definitiva, y los riesgos de accidentes o ataques a instalaciones nucleares no son menores para esta potencia mundial. Críticos de la medida han advertido de que acelerar de forma antinatural los procesos de aprobación podría comprometer la seguridad, aunque Trump ha asegurado que se avanzará “muy rápido y muy seguro”.
Además, la reestructuración de la NRC plantea incertidumbres sobre la capacidad institucional para mantener sus funciones de supervisión y control. Después de todo, aún no se han detallado los alcances de dicha reforma ni el impacto sobre su personal técnico y regulador.
El impulso de Trump revive el sueño del “renacimiento nuclear” que varios presidentes estadounidenses han intentado, con resultados dispares. La diferencia ahora radica en el contexto: una necesidad creciente de electricidad, presión geopolítica y el empuje tecnológico de la IA.
Sin embargo, el éxito de estas órdenes dependerá no solo de su implementación eficiente, sino también de la aceptación pública, la evolución del mercado energético y la capacidad de la industria para innovar y ganar competitividad frente a fuentes renovables como la solar y la eólica, que ya han triplicado su producción en la última década.
Las órdenes ejecutivas de Trump representan un ambicioso intento por reactivar un sector estratégico. Aunque no están exentas de controversia, estas medidas abren una nueva fase en la política energética de Estados Unidos, una que, si se ejecuta con responsabilidad, tiene el potencial de redefinir el papel de la energía nuclear en el siglo XXI. @mundiario


