Trump despide a Musk en el Despacho Oval: el fin de una aventura tecnocrática en Washington

La salida del magnate sudafricano del liderazgo del Departamento de Eficiencia Gubernamental marca un abrupto cierre de experimento entre el poder político y la lógica empresarial vertical en su afán de adelgazar el Estado.

Elon Musk, exdirector del DOGE y Donald Trump, presidente de EE UU. / Casa Blanca
Elon Musk, exdirector del DOGE y Donald Trump, presidente de EE UU. / Casa Blanca

Donald Trump despidió este viernes a Elon Musk en el Despacho Oval con una ceremonia cargada de simbolismo, pero vacía de resultados tangibles. Musk, nombrado por el presidente al frente del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) con el objetivo de reducir el tamaño del Estado, abandona Washington con menos ahorro del prometido, una reputación empresarial deteriorada y una estela de tensiones en el tejido institucional estadounidense.

Durante la escenificación de su salida, Trump ensalzó a Musk como “uno de los grandes innovadores y uno de los mejores hombres de negocios que el mundo ha dado, y tuvimos la suerte de que diera un paso adelante y pusiera su gran talento al servicio de nuestra nación”, al llegar el fin del plazo de 130 días de asesor externo para recortar el monumental gasto público que desde el Partido Republicano achacan al Ejecutivo federal. Una visión de gobierno que intentó aplicar al sector público los principios de una startup sin considerar el impacto humano, institucional y geopolítico.

Bajo la batuta de Musk, el DOGE —bautizado irónicamente con las siglas de la criptomoneda meme— ejecutó una agresiva agenda de recortes que se tradujo en la eliminación de decenas de miles de puestos públicos, el cierre de agencias como USAID y una paralización parcial de la maquinaria estatal. La lógica: cortar “desperdicio y fraude”; el resultado: caos burocrático, resistencia civil y un daño estructural a programas de cooperación y desarrollo que tardarán años en recomponerse.

Aunque Musk prometió ahorrar dos billones de dólares, la cifra real apenas alcanzó los 175.000 millones, según cálculos independientes. Un resultado por debajo de las expectativas frente al coste social, político y económico de su paso por el Gobierno.

Tesla paga los platos rotos

El paso de Musk por Washington no solo tuvo consecuencias políticas. Su implicación en la agenda de Trump desencadenó una ola de animadversión contra sus empresas, particularmente la fabricante de vehículos eléctricos Tesla, que vio desplomarse sus beneficios en un 71 % en el primer trimestre. Estaciones de carga vandalizadas, boicots y un creciente rechazo ciudadano marcan ahora el horizonte del empresario, cuya figura pasó de icono innovador a símbolo de la nueva casta tecnocrática.

La cercanía a la Casa Blanca también levantó sospechas sobre posibles conflictos de interés, especialmente por el acceso privilegiado de Musk a información reservada que podría beneficiar a sus empresas contratistas, como SpaceX. Un dilema ético que ha encendido las alarmas en medios y entre legisladores.

La peligrosa alquimia de mezclar negocios con política

Musk, que ha afirmado seguir siendo “amigo y consejero del presidente”, abandona su cargo con una marca visible y un legado cuestionado tanto por republicanos pragmáticos como por demócratas escandalizados.

La despedida de Musk en el Despacho Oval no es solo un episodio más en el reality político de Trump. Es el epílogo de un experimento ideológico que quiso convertir el Estado en una empresa privada. Pero el Estado, a diferencia de una empresa, está obligado a servir al interés general, no al balance trimestral.

Lo que queda tras el paso de Musk por Washington es una advertencia: ni los magnates pueden gobernar sin límites ni el Estado puede permitirse ser gestionado como un algoritmo. Ahora, tanto Musk como Trump deberán lidiar con las consecuencias de haber confundido eficiencia con desmantelamiento. @mundiario

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