La estrategia de Trump: acusaciones de traición contra Obama para sepultar el caso Epstein
En una semana marcada por las tensiones en el Congreso y el abrupto receso estival en la Cámara de Representantes, el caso Jeffrey Epstein ha vuelto al centro del debate público. Y con él, la presión sobre la Casa Blanca y, en particular, sobre Donald Trump, cuya relación pasada con el magnate caído en desgracia sigue generando interrogantes. En un giro que ha sorprendido a pocos, el presidente ha reactivado un viejo frente: acusar a Barack Obama de traición.
La estrategia de Trump no es nueva. Cada vez que un tema potencialmente dañino amenaza con tomar fuerza —como la posible publicación de archivos pendientes del caso Epstein o las presiones internas del movimiento MAGA—, el presidente recurre a un repertorio familiar: señalamientos sin pruebas sólidas, teorías de conspiración y ataques a viejos adversarios. Esta vez, ha acusado abiertamente a Obama de haber orquestado una conspiración para vincularlo falsamente con la injerencia rusa en las elecciones de 2016.
Durante una comparecencia junto al presidente filipino Ferdinand Marcos Jr., en la que fue interrogado sobre su relación con Epstein y una posible declaración de la exasesora Ghislaine Maxwell, Trump eludió las preguntas y redirigió la conversación hacia lo que calificó como la “verdadera cacería de brujas”: un supuesto complot de la Administración Obama para sabotearlo políticamente. “Obama fue atrapado”, dijo. “Esto fue traición. Es criminal al más alto nivel”.
La respuesta del expresidente demócrata no se hizo esperar. A través de un comunicado oficial, la oficina de Barack Obama calificó las acusaciones de "ridículas" y de ser "un débil intento de distracción". La declaración subrayó que nada en los documentos recientemente difundidos por la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, a los que el republicano hace referencia, respalda las afirmaciones de Trump. De hecho, recordaron que las conclusiones de la comunidad de inteligencia —avaladas incluso por el Senado de mayoría republicana en 2020— fueron claras: Rusia sí intentó influir en las elecciones de 2016, pero no manipuló los resultados.
Gabbard, ahora en el centro del tablero tras su nombramiento por Trump como directora de Inteligencia, ha enviado referencias criminales al Departamento de Justicia contra exfuncionarios de la era Obama. Pero más allá del gesto político, las evidencias ofrecidas hasta ahora no han modificado el consenso institucional sobre los hechos.
Este nuevo episodio se da en paralelo a la creciente incomodidad republicana por el caso Epstein, cuyo eco sigue presente pese a los esfuerzos por silenciarlo. El aplazamiento de votaciones en la Cámara Baja y la tensión dentro del propio Partido Republicano reflejan una fractura difícil de ocultar. A ello se suma la insistencia de un sector MAGA que exige transparencia y la publicación de los archivos pendientes, mientras Trump y sus aliados prefieren pasar página.
El uso recurrente de Obama como chivo expiatorio permite a Trump movilizar a su base más fiel y desviar la atención de temas más delicados, como su vinculación con Epstein o los intentos por frenar investigaciones en el Congreso. Sin embargo, este tipo de estrategias, si bien eficaces en lo inmediato, no han logrado neutralizar el creciente clamor por respuestas.
En el trasfondo, permanece una tensión latente: una parte del Partido Republicano busca proteger a Trump y blindarlo de nuevas controversias, mientras otra —aunque aún minoritaria— empieza a expresar su hartazgo por el coste político de esas maniobras. La retórica beligerante contra Obama y las agencias de inteligencia puede funcionar como cortina de humo, pero no cambia el hecho de que el caso Epstein —y sus posibles implicaciones— continúa sin resolverse.@mundiario

