Starmer blinda a su círculo más cercano en plena crisis interna por el presunto “intento de golpe”
El primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, afronta una crisis de liderazgo sin precedentes que, según diversos medios británicos, fue originada desde su propio núcleo de poder en Downing Street. Informaciones publicadas por varios periódicos —especialmente The Guardian— revelaron que personas del entorno del primer ministro habrían filtrado a periodistas la existencia de un supuesto intento de golpe interno para desplazarlo del liderazgo del Ejecutivo laborista.
Las filtraciones apuntaban directamente al ministro de Sanidad, Wes Streeting, señalado como cabecilla de una presunta maniobra para posicionarse como alternativa a Starmer ante el desplome electoral del Partido Laborista. El propio Streeting calificó la filtración como “completamente contraproducente” y criticó abiertamente que proviniera de fuentes asociadas al Número 10.
Desde Downing Street, sin embargo, la versión oficial es otra: Starmer sostiene que ha sido “claramente asegurado” de que los rumores no salieron de su oficina. Aun así, la percepción pública y mediática es que la crisis tiene un origen interno y que apunta directamente a su círculo más cercano.
Frente a esta situación, Starmer ha optado por blindar a su equipo y asumir un control más directo sobre las comunicaciones de Downing Street. Reunió a su personal sénior para advertirles de que las filtraciones y escraches contra ministros eran “inaceptables”.
Su portavoz confirmó que no habrá una investigación formal sobre el origen de las filtraciones, pese a que figuras como la ministra de Economía, Rachel Reeves, sugirieron un proceso interno para depurar responsabilidades. Este rechazo a abrir una pesquisa ha sido interpretado por algunos sectores laboristas como un intento de limitar daños y evitar que la crisis se prolongue.
En paralelo, el primer ministro mantuvo su apoyo a su jefe de gabinete, Morgan McSweeney, a quien parte del Gobierno y numerosos diputados responsabilizan de la filtración. McSweeney, según fuentes citadas por la BBC, sostiene que no ha cometido “absolutamente nada malo” y que no piensa dimitir.
Esta decisión de Starmer —defender a su equipo más cercano mientras la presión política crece— constituye una maniobra clara para mantener el control interno y evitar que la crisis se traduzca en una fractura pública del Gobierno.
Wes Streeting: de señalado como conspirador a víctima de la crisis
El ministro de Sanidad, Wes Streeting, figura clave en la política laborista y favorito en las casas de apuestas para suceder a Starmer si cae, ha sido el epicentro mediático de la tormenta. Streeting denunció que miembros del número 10 promovieron la narrativa de que el primer ministro “luchaba por su cargo”. Pese a ello, el ministro optó por mostrarse conciliador: afirmó que no pediría la dimisión de McSweeney y restó importancia al escándalo al calificarlo como “noticia de ayer”.
Starmer lo llamó personalmente para disculparse, lo que revela tanto el reconocimiento del daño causado como la necesidad de preservar la cohesión del gabinete en un momento políticamente delicado.
El origen profundo de esta crisis no reside solo en las filtraciones, sino en el deterioro acelerado del liderazgo de Starmer. Las encuestas sitúan al Partido Laborista en caída libre y superado por Reform UK, el partido de Nigel Farage, que ya alcanza el 31% de intención de voto frente al 18% de los laboristas. Los conservadores continúan hundidos en el 16%.
Pero lo más preocupante para el primer ministro son los sondeos internos del propio Partido Laborista: la mitad de los votantes que apoyaron a Starmer en 2024 hoy no lo harían. Parte de ellos se inclina por alternativas de izquierda, especialmente unos Verdes revitalizados bajo el liderazgo de Zack Polanski, mientras otra capa se desplaza hacia la derecha populista de Farage.
A esto se suma la inminente irrupción del nuevo partido populista impulsado por el exdirigente laborista Jeremy Corbyn, que puede fragmentar aún más el bloque progresista. Así, la crisis de liderazgo aparece como síntoma de un problema mayor: el creciente consenso mediático de que Starmer ha perdido impulso político y capacidad de comunicación.
'I've been assured that no briefing against ministers was done from No. 10'
— Sky News (@SkyNews) November 13, 2025
Sir Keir Starmer says his advisers have told him they aren't responsible for briefing against Health Secretary Wes Streeting. https://t.co/C9ua5MrTol
📺 Sky 501 and YT pic.twitter.com/DxqKCn9lGG
La oposición conservadora explota la debilidad del Gobierno
La líder conservadora Kemi Badenoch acusó al primer ministro de haber perdido “el control de una oficina tóxica en Downing Street” y de aferrarse “desesperadamente” al poder. Badenoch aprovechó la sesión de control en los Comunes para cuestionar la autoridad del primer ministro: “¿No es cierto que ha perdido el control de su Gobierno, la confianza de su partido y la credibilidad ante los medios?”.
Estas críticas llegan en un momento en que el Ejecutivo debe presentar los Presupuestos, con la posibilidad de subidas de impuestos o recortes que podrían agravar aún más la tensión dentro del partido.
Durante una visita a Gales del Norte, Starmer se esforzó en proyectar control y determinación. “He sido asegurado de que nada provino de Downing Street, pero he sido igualmente claro en que enfrentaré cualquier caso de filtraciones”.
Cuando le preguntaron si despediría a quienes resulten responsables, respondió: “Absolutamente. Trataré con cualquiera que haya participado en briefings contra ministros”. Este endurecimiento del mensaje busca frenar la percepción de un primer ministro debilitado. Starmer intenta enviar una señal clara: sigue al mando y no permitirá que las tensiones internas dicten el rumbo del Gobierno. @mundiario


