Rusia tiende la mano al nuevo liderazgo sirio para asegurar su presencia en Oriente Próximo
Ahmed Al Shaara ha dado un paso político tan audaz como necesario para su supervivencia: estrechar la mano de Vladímir Putin, el principal aliado del régimen que derrocó hace menos de un año. La visita del nuevo presidente sirio a Moscú representa un intento de reconstruir las relaciones con el Kremlin tras la ruptura, al tiempo que plantea un complejo pulso diplomático por el destino del depuesto Bachar el Asad, actualmente asilado en Rusia.
El encuentro, celebrado en el Kremlin, simboliza una vez más la pragmática metamorfosis del líder sirio, quien pasó de comandar las milicias islamistas de Hayat Tahrir al-Sham (HTS) a presidir un Estado en plena reconstrucción. Putin, por su parte, buscó presentar la reunión como un gesto de continuidad en la influencia rusa sobre Siria, aunque sus palabras revelaron un esfuerzo por redefinir esa relación sin aludir a su antiguo aliado: “Rusia siempre ha actuado guiada por los intereses del pueblo sirio”, afirmó el mandatario ruso, evitando mencionar la histórica alianza con la familia Asad.
Uno de los temas más sensibles de la visita es el futuro de las cruciales bases militares rusas en Tartús y Jmeimim, claves en la proyección de poder de Moscú en el Mediterráneo oriental. Desde la caída del régimen anterior, su estatus legal ha sido incierto. Según fuentes diplomáticas citadas por Reuters, Al Shaara busca garantizar que el gobierno ruso no apoye ni financie a los remanentes del régimen y exige al Kremlin que entregue a todos los criminales de guerra.
La reunión contó con la participación del ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, y del titular de Defensa, Andréi Beloúsov, un indicio de que Moscú pretende asegurar la continuidad de sus intereses estratégicos. Paralelamente, el vicepresidente ruso, Alexander Novak, confirmó que ambos países explorarán nuevos proyectos de energía y reconstrucción, incluyendo la reapertura de campos petroleros sirios y el restablecimiento de la red ferroviaria nacional, devastada tras catorce años de guerra.
Sin embargo, el elemento más explosivo de la agenda fue la solicitud formal del gobierno sirio para que Rusia extradite a Bachar al Asad y a otros altos funcionarios refugiados en su territorio. Según fuentes de la agencia oficial SANA, Al Shaara insistió en que “la reconciliación solo será posible si la justicia alcanza a quienes destruyeron el país”. La respuesta del Kremlin fue más evasiva, limitándose a reconocer que el asunto “se discutirá en los canales apropiados”.
Putin enfrenta un dilema: entregar a Asad supondría renunciar a una figura que garantizó durante años su dominio militar en Siria; negarse podría tensar las negociaciones con el nuevo gobierno sirio y comprometer su acceso al Mediterráneo. La cautela rusa refleja un intento de mantener influencia sobre Damasco sin perder margen de maniobra ante el nuevo poder.
Para Al Shaara, el acercamiento a Moscú responde también a una estrategia de equilibrio internacional. En sus declaraciones a la cadena CBS, el presidente sirio afirmó que desea “fortalecer las relaciones con Rusia y China sin cerrar la puerta a Occidente”. Esta política busca romper el aislamiento diplomático que pesó sobre Siria durante la guerra y atraer inversiones que faciliten la reconstrucción del país.
La agenda de Al Shaara incluye, además, la solicitud de compensaciones por daños de guerra y el restablecimiento del suministro de trigo ruso a precios preferenciales. También pidió a Moscú su mediación ante Israel para reducir la tensión en el sur del país, donde los ataques del ejército hebreo continúan desestabilizando la frágil transición.
La visita a Moscú, la primera de Al Shaara desde que asumió el poder, es vista como un intento de sellar su legitimidad en el tablero internacional. Para Putin, representa una oportunidad de conservar su papel de actor decisivo en Oriente Próximo, incluso tras la caída del aliado que consolidó su presencia militar en la región. @mundiario