Sánchez será uno de los líderes de la democracia que no despedirá a Francisco

Mientras Roma se prepara para despedir a un pontífice singular, el mundo observa con atención tanto el duelo como los movimientos en la sombra de una Iglesia que se encamina a una elección crucial.
El Papa yace en un ataúd de madera, en la Capilla de Santa Marta, donde residía. / RR SS.
El Papa yace en un ataúd de madera, en la Capilla de Santa Marta, donde residía. / RR SS.

La muerte del Papa Francisco, ocurrida este lunes en su residencia de Santa Marta, marca el final de un papado excepcional que, desde sus inicios, desafió convenciones tanto dentro como fuera de la Iglesia. A lo largo de estos días, mientras se activan los rituales canónicos para despedir al pontífice, el Vaticano se transforma también en escenario de maniobras políticas, equilibrios diplomáticos y cálculos estratégicos con vistas al futuro inmediato: la elección de su sucesor.

Las exequias de Francisco, que tendrán lugar el sábado en la plaza de San Pedro, se anuncian como una liturgia monumental en la que el peso simbólico se mezclará con la coreografía de la diplomacia global. Asistirán líderes de gran proyección internacional como Donald Trump, Emmanuel Macron, Volodímir Zelenski y Lula da Silva. España enviará una delegación encabezada por los Reyes Felipe VI y Letizia, acompañados por la vicepresidenta primera, María Jesús Montero, en sustitución del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. La ausencia de este último ha suscitado interpretaciones diversas, desde el respeto institucional hasta la conveniencia política.

Este gesto, no obstante, refleja también una cierta distancia con el componente religioso de los grandes actos de Estado, algo que en otras ocasiones ya ha sido señalado. Que el líder del Ejecutivo no acuda al sepelio del Papa más políticamente activo de las últimas décadas –defensor de los migrantes, firme crítico del neoliberalismo, abanderado del diálogo interreligioso y ambientalista convencido– deja entrever la incomodidad con la dimensión moral de un pontificado que nunca se resignó a ser neutral.

Francisco no fue un papa ceremonial. Fue, sobre todo, un papa de combate. Su opción preferencial por los pobres, su voluntad de abrir la Iglesia a los márgenes y su constante enfrentamiento con las estructuras anquilosadas de la Curia le granjearon simpatías, pero también resistencias internas. Su funeral, por tanto, no es solo un rito de paso, sino también el epílogo de un ciclo de reformas que quedaron a medio camino. En vida, ya dejó escrita su voluntad: enterrarse en tierra desnuda, con sencillez, en una tumba modesta. Su última decisión no hace sino reafirmar el carácter pastoral que imprimió a su pontificado: cercano, sobrio y comprometido.

Las imágenes difundidas este martes del cuerpo sin vida del Papa, vestido con ornamentos sencillos y depositado en un ataúd de madera sin grandes honores, han sido un mensaje más poderoso que muchas homilías. La austeridad que eligió incluso en la muerte contrasta con la magnitud de la operación logística que se ha desplegado en torno a su funeral y al cónclave que ya se prepara. Las congregaciones generales de cardenales, que han comenzado en Roma, sirven no solo para coordinar los aspectos técnicos de la elección del nuevo pontífice, sino también para tantear posiciones, perfilar candidatos y relanzar viejos equilibrios de poder.

La presencia inesperada del cardenal Angelo Becciu en estas reuniones ha reabierto una herida que Francisco no pudo cerrar del todo: la lucha contra la corrupción interna. Condenado por un escándalo financiero mayúsculo, Becciu insiste en su derecho a participar en el cónclave pese a haber sido apartado formalmente de sus funciones. Este episodio pone de manifiesto que el futuro de la Iglesia no se dirimirá solo en el terreno espiritual, sino también en el judicial y político.

A medida que se aproximan las fechas clave, aumentan también las especulaciones sobre quién podría ocupar la cátedra de San Pedro. Con 133 cardenales electores confirmados hasta el momento, tras algunas renuncias por razones de salud, la elección del sucesor dependerá en gran medida de la capacidad de los bloques lingüísticos, geográficos y teológicos de alcanzar un consenso. La internacionalización del colegio cardenalicio –hay purpurados de 71 países– añade complejidad al proceso.

Mientras tanto, Roma asiste a una última ola de peregrinación de fieles que desean despedirse del Papa. Como en otras ocasiones, la magnitud de las filas para contemplar su cuerpo, expuesto en San Pedro, servirá como termómetro de popularidad póstuma. Pero el legado de Francisco se medirá no solo por el número de asistentes a su funeral, sino por la dirección que tome la Iglesia a partir de ahora. Si su mensaje de apertura, justicia social y descentralización queda enterrado con él, o si, por el contrario, sus ideas sobreviven y germinan en el próximo pontificado, será la verdadera medida de su éxito.

En esta tesitura, cada gesto político cuenta. La asistencia de figuras como Alberto Núñez Feijóo o Yolanda Díaz al funeral, más allá de su representación institucional, subraya la relevancia transversal del Papa fallecido. Incluso aquellos alejados ideológicamente de su discurso han reconocido su influencia moral. Francisco fue, a su manera, un actor internacional que habló alto cuando el silencio se disfrazaba de prudencia. Por eso su despedida no es solo una ceremonia religiosa: es una escena en la que se representa, una vez más, la tensión entre poder y fe, entre lo humano y lo divino. @mundiario

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