De Noriega a Maduro: dos capturas, dos épocas y una misma lógica de intervención
La imagen de un presidente en ejercicio detenido por fuerzas estadounidenses fuera de su país remite de forma casi automática a la invasión de Panamá y a la caída de Manuel Antonio Noriega. En diciembre de 1989, Estados Unidos lanzó la operación Causa Justa, una intervención militar abierta que culminó con la captura del hombre fuerte del régimen panameño y su traslado a Miami para ser juzgado por narcotráfico. Hoy, el anuncio de Donald Trump sobre la detención de Nicolás Maduro evoca aquel precedente, aunque bajo circunstancias mucho más complejas y controvertidas.
Un enemigo creado desde dentro del sistema
Noriega y Maduro comparten un rasgo clave: ambos fueron, en su momento, actores funcionales a los intereses de Washington. Noriega colaboró durante años con la CIA y fue un engranaje útil en la estrategia estadounidense en Centroamérica durante la Guerra Fría. Su caída no llegó por su autoritarismo —tolerado durante largo tiempo—, sino cuando dejó de ser controlable y se convirtió en un problema de seguridad y reputación para Estados Unidos.
Maduro, en cambio, nunca fue un aliado directo de Washington, pero heredó un sistema político nacido del colapso del bipartidismo venezolano y del liderazgo carismático de Hugo Chávez. Su enfrentamiento con Estados Unidos fue progresivo, alimentado por sanciones, aislamiento internacional y acusaciones de fraude electoral. A diferencia de Noriega, Maduro construyó su legitimidad interna —al menos en el discurso— sobre la confrontación permanente con el “imperialismo”.
La intervención: abierta frente a encubierta
La invasión de Panamá fue explícita, masiva y televisada. Más de 25.000 soldados estadounidenses entraron en el país, bombardearon barrios enteros de Ciudad de Panamá y derrocaron al régimen en cuestión de días. La captura de Noriega, refugiado finalmente en la Nunciatura Apostólica, se produjo tras una presión militar y psicológica sin precedentes.
En el caso venezolano, la operación descrita por Trump se presenta como una acción quirúrgica, combinada con bombardeos selectivos y el uso de fuerzas especiales. No hay, al menos de momento, una invasión terrestre a gran escala ni una ocupación formal del territorio. Esta diferencia no es menor: refleja los límites actuales de la acción militar estadounidense y el temor a un conflicto regional de grandes dimensiones.
Contexto internacional: Guerra Fría frente a mundo multipolar
La caída de Noriega se produjo en el ocaso de la Guerra Fría, en un momento de hegemonía casi absoluta de Estados Unidos en el hemisferio occidental. La condena internacional fue limitada y la ONU quedó prácticamente al margen. Washington impuso su narrativa sin grandes contrapesos.
El escenario venezolano es radicalmente distinto. Rusia, China, Irán y Cuba forman parte del entramado de apoyos —políticos o estratégicos— del chavismo. La captura de Maduro no es un episodio aislado, sino un movimiento con repercusiones globales. A diferencia de 1989, hoy existe un mundo multipolar que cuestiona abiertamente la legalidad y legitimidad de una acción de este tipo.
En el caso de Noriega, la justificación central fue el narcotráfico y la seguridad de los ciudadanos estadounidenses. En Venezuela, el discurso ha evolucionado: primero la lucha contra la droga, luego la defensa de la democracia y, finalmente, el control de recursos estratégicos, especialmente el petróleo. Esta mutación del argumento refuerza la percepción de que el objetivo no es solo el líder, sino el rediseño del poder en un país clave para el equilibrio energético regional.
El después: una incógnita mayor que en Panamá
Tras la captura de Noriega, Panamá inició una transición relativamente rápida, tutelada por Estados Unidos y con instituciones aún funcionales. Venezuela, en cambio, enfrenta un escenario mucho más incierto. El chavismo no es solo un líder, sino una estructura profundamente arraigada en el Estado, las Fuerzas Armadas y amplios sectores sociales.
La detención de Maduro no garantiza, por sí sola, una transición ordenada. Al contrario, abre la puerta a una pugna interna, a una posible radicalización del conflicto y a una reconfiguración regional cuyos efectos aún son imprevisibles.
Dos capturas, una misma lógica de poder
Noriega y Maduro representan dos momentos distintos de una misma doctrina: cuando un aliado o un adversario se convierte en un obstáculo estratégico, Estados Unidos no descarta la acción directa. Sin embargo, si Panamá fue el último gran acto unilateral del mundo unipolar, Venezuela puede convertirse en la prueba más arriesgada de esa lógica en un sistema internacional mucho más fragmentado.
La historia juzgará si el paralelismo es completo o si, esta vez, las consecuencias superan con creces a las del precedente panameño. @mundiario