Noboa y González se dispuntan la presidencia en Ecuador en medio de un clima de extrema división

Este domingo, Ecuador celebra unas elecciones presidenciales que van mucho más allá de escoger a un jefe de Estado: el país se enfrenta a un dilema existencial entre continuidad autoritaria y retorno ideológico.
Luisa González y Daniel Noboa. / RR SS.
Luisa González y Daniel Noboa. / RR SS.

Las elecciones en Ecuador no solo decidirán al próximo presidente; marcarán también el rumbo moral, político y estratégico de una nación atrapada entre la urgencia de restaurar el orden y la necesidad de ofrecer alternativas reales a una población asfixiada. Este 14 de abril, casi 14 millones de ecuatorianos acudirán a las urnas para escoger entre Daniel Noboa, el joven presidente que aspira a prolongar su mandato bajo la bandera del orden y la fuerza, y Luisa González, la candidata del correísmo que promete rescatar el tejido social desde una perspectiva progresista y redistributiva.

Ambos aspirantes arrastran pesadas mochilas ideológicas y emocionales. Noboa, a pesar de su juventud y su aire tecnocrático, representa la continuidad de una política de excepción permanente. Llegó al poder en 2023 en plena ola de violencia, tras un clima de terror televisado en directo, cuando un grupo armado irrumpió en un plató en plena emisión. Desde entonces, su administración ha estado marcada por decretos de emergencia, militarización de las calles y una narrativa de "conflicto interno" que ha intentado emular el estilo de Nayib Bukele en El Salvador. Pero los números no le acompañan: lejos de contener la violencia, Ecuador cerró 2024 como el país más violento de América Latina, y 2025 no ha empezado mejor.

Luisa González, por su parte, encarna el regreso del correísmo, una etapa que, para muchos, supuso estabilidad económica y expansión de derechos, pero que también dejó un reguero de escándalos, persecuciones políticas y una peligrosa concentración de poder. Apadrinada por Rafael Correa, quien vive exiliado en Bélgica tras una condena por corrupción que él tilda de persecución política, González ha intentado matizar su vínculo con el expresidente, aunque sin romperlo del todo. Su desafío es mayúsculo: debe atraer al electorado joven sin perder el apoyo de la base correísta, navegar entre el discurso social y el reclamo popular de mano dura, y convencer a un país desencantado de que el pasado puede reciclarse con éxito.

El telón de fondo es una sociedad partida y cansada. Los ecuatorianos no solo eligen entre dos candidatos; eligen entre dos formas de entender el Estado, la seguridad y el futuro. El “modelo Bukele” de Noboa promete orden inmediato, aunque sea a costa de derechos y libertades. El “modelo Correa”, que González matiza con un barniz moderno, promete recuperación social, aunque con el fantasma del autoritarismo pasado flotando sobre la papeleta.

Ambos arrastran contradicciones. Noboa, que en su momento gozó de una popularidad altísima por su respuesta contundente a la inseguridad, llega a la cita electoral con resultados cuestionables. Ha gobernado con recursos limitados, sin un partido fuerte detrás, y sus decisiones más espectaculares han perdido impacto a medida que el miedo ha dejado paso a la resignación. González, mientras tanto, ha tenido que endurecer su mensaje en campaña para captar al electorado indeciso y conservador, hasta el punto de prometer la expulsión de migrantes venezolanos con antecedentes delictivos, una postura que choca con el discurso integrador de sus orígenes políticos.

A esto se suma el factor emocional: la nostalgia por tiempos más estables y la desconfianza hacia las promesas de cambio. Mientras Noboa explota el miedo a un retorno del correísmo como sinónimo de populismo autoritario, González intenta seducir a los votantes más jóvenes que no vivieron esa etapa, pero que la perciben como una alternativa a la deriva actual. Ninguno lo tiene fácil.

El resultado será probablemente ajustado, con encuestas que pronostican un empate técnico. La clave puede estar en el voto de los indecisos, en el comportamiento de los mayores de 65 años —no obligados a votar— y en el respaldo del electorado indígena, tradicionalmente crítico con Correa. La campaña se ha librado voto a voto, discurso a discurso, con más énfasis en el miedo que en la esperanza.

Ecuador se enfrenta hoy a un dilema profundo: elegir entre la ilusión de un nuevo orden basado en la fuerza o la promesa de una restauración social teñida de pasado. En medio de este cruce de caminos, el país necesita mucho más que un vencedor en las urnas: necesita un proyecto que lo rescate del abismo y lo reconcilie con su propia historia. Y eso, de momento, parece más lejano que cualquier mayoría electoral. @mundiario

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