Ni ayatolás ni monarquías: el futuro de Irán debe decidirlo su pueblo
Las protestas sociales en Irán vuelven a situar al país en el centro del tablero geopolítico internacional. La grave crisis económica, la inflación desbocada y la corrupción estructural del régimen de los ayatolás han empujado a miles de ciudadanos a las calles, donde la respuesta del Estado ha sido, una vez más, la represión violenta. En este contexto emerge con fuerza mediática Reza Pahlevi, hijo del último shah, reclamando apoyo internacional e incluso ataques “quirúrgicos” contra la Guardia Revolucionaria. Su discurso, sin embargo, plantea más preguntas que certezas.
El riesgo de confundir al pueblo con los intereses externos
Desde una perspectiva progresista, es imprescindible separar dos debates: el derecho legítimo del pueblo iraní a rebelarse contra un régimen autoritario y la tentación de instrumentalizar ese descontento para promover cambios de poder alineados con intereses extranjeros. La historia reciente de Oriente Próximo ofrece ejemplos elocuentes. Irak, Libia o Afganistán demostraron que las intervenciones externas, aunque se presenten como liberadoras, suelen desembocar en caos, fragmentación social y nuevas formas de violencia.
Reza Pahlevi afirma contar con apoyos internos y propone una transición democrática, pero su figura está profundamente asociada a una monarquía derrocada por abusos y violaciones de derechos humanos. Para una población joven, urbana y politizada, su liderazgo resulta ajeno y, en muchos casos, irrelevante. Presentarlo como alternativa única invisibiliza a activistas, sindicatos, mujeres y movimientos sociales que llevan años resistiendo dentro del país sin focos ni conferencias en Washington.
La democracia no llega en misiles
La propuesta de “ataques quirúrgicos” contra infraestructuras del régimen encierra una peligrosa lógica: la idea de que la violencia externa puede allanar el camino hacia la libertad. La experiencia demuestra lo contrario. Cada bomba refuerza el discurso nacionalista del poder iraní, legitima la represión interna y debilita a la oposición civil, que pasa a ser acusada de colaboracionista.
Una salida progresista pasa por reforzar los mecanismos multilaterales, exigir investigaciones internacionales independientes sobre las violaciones de derechos humanos y ampliar sanciones selectivas contra las élites políticas y económicas del régimen, evitando castigar a la población. Al mismo tiempo, es clave apoyar a la sociedad civil iraní mediante redes de protección digital, asilo político para activistas perseguidos y presión diplomática sostenida, no intermitente ni oportunista.
Apoyar al pueblo sin tutelarlo
El futuro de Irán no puede decidirse ni en Teherán a golpe de porra ni en Washington a golpe de estrategia geopolítica. La comunidad internacional debe acompañar, no dirigir. Escuchar más y hablar menos. Apostar por procesos inclusivos donde sean los propios iraníes quienes definan su modelo político, sin monarquías heredadas ni teocracias impuestas.
La verdadera transición democrática no nace de líderes autoproclamados ni de alianzas militares, sino de una ciudadanía organizada, libre y protegida. Defender eso es, hoy, la posición más coherente y ética. @mundiario




