El mensaje del Vaticano frente al conflicto en Irán y la crisis del multilateralismo

El conflicto en Irán reaviva el debate sobre la guerra preventiva y el papel del derecho internacional. El Vaticano advierte que la lógica de la fuerza puede desatar una espiral sin control. Diplomacia y reglas comunes se presentan como alternativa para evitar nuevas tragedias.
Vista de la plaza de San Pedro desde la basílica. / Wikipedia
Vista de la plaza de San Pedro desde la basílica. / Wikipedia

El conflicto en Irán ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión antigua pero siempre vigente: ¿qué límites deben tener los Estados cuando se sienten amenazados? El Vaticano, a través del cardenal secretario de Estado Pietro Parolin, ha sido contundente al criticar la idea de la guerra preventiva. Su argumento es sencillo pero profundo: si cada país se arroga el derecho de atacar primero según su criterio, sin un marco jurídico común, el sistema internacional se convierte en una selva. Y en una selva, la fuerza manda y la seguridad de todos se resiente.

Este planteamiento no es solo una posición moral o religiosa. Es también una reflexión política. Tras la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional creó estructuras como la Organización de las Naciones Unidas para evitar que los conflictos derivaran en catástrofes. La idea era sustituir la ley del más fuerte por reglas compartidas. Sin embargo, el propio Parolin ha advertido de que ese proyecto se encuentra hoy en crisis. La desconfianza entre Estados, el auge de políticas más unilateralistas impulsadas en parte por la administración de Donald Trump, y la sensación de que los organismos multilaterales son ineficaces, están debilitando el sistema.

La crítica vaticana no se dirige solo a un país o a un líder concreto, sino a una tendencia. Cuando las potencias actúan sin coordinarse, buscando soluciones rápidas y a menudo militares, se corre el riesgo de agravar los problemas. La historia ofrece ejemplos. Las intervenciones que pretendían estabilizar regiones han acabado, en ocasiones, generando vacíos de poder y nuevos focos de violencia. 

La defensa del derecho internacional y del multilateralismo resulta esencial. No porque las instituciones sean perfectas, sino porque proporcionan un espacio para la negociación y la resolución pacífica de disputas. Europa, con todos sus defectos, es un ejemplo de proyecto construido sobre la idea de que la cooperación puede generar prosperidad. La Unión Europea ha permitido décadas de paz entre países que en el pasado se enfrentaron en guerras devastadoras. Eso no significa que todo funcione, pero sí demuestra que las reglas compartidas tienen valor.

Derecho internacional en crisis y consecuencias globales

El declive del derecho internacional preocupa porque las consecuencias no se limitan a una región. En un mundo interconectado, un conflicto puede tener efectos económicos y humanitarios a miles de kilómetros. El aumento de los precios de la energía, las crisis migratorias o la inestabilidad financiera son ejemplos de impactos globales. Por eso la diplomacia no es un lujo, sino una necesidad.

Parolin ha señalado que la justicia ha sido sustituida en ocasiones por la fuerza. Es una afirmación dura, pero invita a reflexionar. Cuando se recurre a la violencia antes de agotar las vías diplomáticas, se corre el riesgo de deshumanizar al adversario. Y la deshumanización es el primer paso hacia la espiral de odio que también ha denunciado el propio papa. Las guerras no terminan solo con acuerdos políticos; requieren procesos de reconciliación y reconocimiento del sufrimiento causado.

No se trata de ignorar las amenazas ni de ser ingenuos. Los Estados tienen derecho a defenderse. Pero la defensa debe enmarcarse en normas que protejan a civiles y eviten escaladas. De lo contrario, la seguridad de unos se construye sobre la inseguridad de otros. Es como levantar un muro cada vez más alto: puede dar sensación de protección, pero también aísla y dificulta la convivencia.

Europa y caminos posibles

Europa tiene una responsabilidad especial. Como proyecto nacido tras las guerras del siglo XX, la integración europea apostó por la interdependencia económica y política. Esa apuesta ha dado resultados, aunque hoy enfrente desafíos: desigualdad, populismos y debates sobre soberanía. Sin embargo, abandonar la idea de cooperación sería un error. En un mundo con potencias emergentes y conflictos complejos, la voz europea puede contribuir a equilibrar posiciones y promover soluciones.

El caso de Irán ilustra la dificultad. Las tensiones geopolíticas y las preocupaciones por la seguridad no pueden resolverse solo con sanciones o amenazas. Es necesario combinar presión con diálogo, exigir compromisos y ofrecer incentivos. La diplomacia es lenta, pero suele ser más eficaz que la guerra. No garantiza resultados inmediatos, pero evita costes humanos y materiales incalculables.

Como ciudadanos, también tenemos un papel. Informarnos, comprender la complejidad de los conflictos y rechazar discursos simplistas ayuda a crear un clima social que favorezca la paz. La política internacional es como un tablero de ajedrez, no como una partida de póker. No basta con apostar fuerte; hay que pensar movimientos, anticipar consecuencias y aceptar que a veces se debe ceder para ganar estabilidad.

El mensaje del Vaticano puede entenderse en esa línea. No se trata de imponer una visión religiosa, sino de recordar principios éticos y jurídicos que han costado siglos de construcción. El mundo no es perfecto, pero renunciar a las reglas sería retroceder. La paz no surge de la aniquilación del adversario, sino del reconocimiento de su existencia y de la búsqueda de acuerdos. @mundiario

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