Japón condena a cadena perpetua al asesino de Shinzo Abe: venganza, religión y el peso de un magnicidio

Shinzo Abe, ex primer ministro de Japón. / Wikimedia Commons
Un tribunal japonés ha sentenciado a cadena perpetua a Tetsuya Yamagami por el asesinato del ex primer ministro con un arma casera en 2022, a quien acusa de supuestamente haber apoyado a la secta religiosa que llevó a su familia a la ruina.

La justicia japonesa ha dictado cadena perpetua contra Tetsuya Yamagami, el hombre que asesinó en 2022 al ex primer ministro Shinzo Abe https://www.mundiario.com/articulo/politica/shizo-abe-estricto-control-armas-japon-muerte-ex-primer-ministro/20220709212502246183.htmldurante un mitin electoral en la ciudad de Nara. La sentencia, emitida por el Tribunal de Distrito de Nara, califica los hechos como “viles y extremadamente crueles” y subraya tanto la premeditación del crimen como su profundo impacto social.

El fallo pone fin a más de tres años de proceso judicial en torno a un magnicidio que sacudió a todo Japón y cuestionó la percepción de seguridad en un país con uno de los controles de armas más estrictos del mundo.

El asesinato de Abe, el primer ministro más longevo de la historia constitucional japonesa, ocurrió el 8 de julio de 2022, cuando el exdirigente participaba en un acto de campaña al aire libre. La imagen de un político abatido en plena calle, a plena luz del día, supuso un shock colectivo y marcó un antes y un después en la política nipona. Aunque Abe había dejado el cargo en 2020 por motivos de salud, seguía siendo una figura influyente y el líder de la facción más poderosa del gobernante Partido Liberal Democrático (PLD).

Durante el juicio, Yamagami, de 45 años y exmiembro de las Fuerzas de Autodefensa Marítimas, admitió desde el primer día su autoría y no negó los hechos. La clave del proceso no fue la culpabilidad —nunca en duda—, sino la motivación y el grado de responsabilidad penal. El acusado sostuvo que actuó “por venganza”, convencido de que Abe era un símbolo central de la relación entre el poder político y la Iglesia de la Unificación (también conocida como “Secta Moon”), una organización religiosa a la que responsabilizaba de la ruina económica de su familia.

Según su testimonio, su madre se convirtió en una devota seguidora y realizó donaciones financieras sustanciales, que se estiman en alrededor de 100 millones de yenes (unos 540.100 euros). Estas donaciones, junto con la venta de sus propiedades familiares, llevaron a la familia Yamagami a la bancarrota y a dificultades extremas. Este contexto, afirmó, desembocó en el suicidio de su hermano mayor en 2015, un episodio que marcó profundamente su vida. Para Yamagami, el resentimiento no podía manifestarse solo contra la organización religiosa, sino contra quienes, a su juicio, la legitimaban políticamente. En ese marco, el ex primer ministro se convirtió en su objetivo.

Durante el proceso judicial, el asesino admitió que su principal objetivo inicial era el líder de Secta Moon, pero que no pudo llevarlo a cabo debido a la pandemia. Decidió entonces atacar a Shinzo Abe porque estaba convencido de que el ex primer ministro y su familia (incluyendo su abuelo, Nobusuke Kishi) tenían fuertes vínculos históricos y daban apoyo a esta organización religiosa.

La Fiscalía rechazó que estas circunstancias personales justificaran una reducción de la pena. En su argumentación, subrayó la meticulosa preparación del ataque —incluida la fabricación de más de una decena de armas caseras—, la elección deliberada de un acto público y la vulnerabilidad de la víctima. Los fiscales insistieron en que Abe no había causado un daño directo a la familia del acusado y que el motivo del crimen resultaba desproporcionado e irracional frente a la gravedad del acto.

La defensa, por el contrario, solicitó una pena máxima de 20 años, alegando que Yamagami era también una víctima de “abuso relacionado con la religión” y que merecía la oportunidad de reintegrarse en la sociedad. Sus abogados describieron una infancia marcada por la inestabilidad, la desesperación y la pérdida de expectativas de futuro. El propio acusado reconoció durante los interrogatorios que sentía que “ya no merecía seguir vivo” tras el daño causado, y pidió perdón a la familia de Abe en la fase final del juicio.

El tribunal se alineó con la postura de la Fiscalía. En la lectura del veredicto, el juez destacó que el asesinato no solo privó de la vida a un ex primer ministro, sino que atentó contra los fundamentos de la democracia japonesa, al utilizar la violencia para expresar una reivindicación personal. También hizo referencia al sufrimiento prolongado de la viuda de Abe, Akie, quien en un comunicado posterior afirmó que el condenado debía afrontar sus actos “de frente”.

Más allá del ámbito penal, la sentencia se produce en un contexto político sensible. El caso reavivó la polémica relación histórica entre el PLD y la Iglesia de la Unificación. Tras el atentado, salieron a la luz múltiples vínculos entre dirigentes del partido gobernante y esta organización, que durante décadas proporcionó apoyo electoral a cambio de legitimidad política. El escrutinio público derivó en dimisiones, en una depuración interna del Gobierno y en reformas legales para limitar las prácticas abusivas de recaudación de fondos por parte de grupos religiosos.

En 2023, el Ejecutivo japonés solicitó judicialmente la disolución de la Iglesia de la Unificación, alegando el daño económico y social causado a miles de familias mediante tácticas de captación de fondos manipuladoras y reclutamiento coercitivo. Aunque este proceso sigue abierto por la vía de los recursos, el trasfondo del juicio contra Yamagami contribuyó a acelerar una respuesta institucional que va más allá del crimen individual. @mundiario