Israel elimina a Abu Obeida: un golpe simbólico en una guerra que no encuentra final
La muerte de Abu Obeida —Hudayfa Samir Abdallah al Kahlout— en un bombardeo israelí sobre un bloque de apartamentos en Ciudad de Gaza se presenta como una victoria militar para el Gobierno de Benjamín Netanyahu. Sin embargo, más allá de la espectacularidad mediática, el golpe revela sobre todo la deriva de una guerra prolongada en la que cada “éxito” táctico se diluye entre la destrucción masiva, la presión sobre la población civil y la incapacidad de ambas partes para encontrar una salida política.
El portavoz de Hamás no era un combatiente más, sino un icono propagandístico. Con su voz metálica y su retórica desafiante, encarnaba la narrativa de resistencia que la organización islamista proyectaba al mundo. Su eliminación tiene, por tanto, una carga simbólica evidente: Israel se anota la desaparición de un rostro reconocible de su enemigo. El ministro de Defensa, Israel Katz, lo celebró con un lenguaje belicista y casi teológico, hablando de “enviarlo al infierno junto a otros criminales”, en un discurso que confirma el tono de cruzada que impregna la retórica oficial.
Pero la pregunta crucial es si esta muerte altera en algo el equilibrio de fuerzas. La respuesta parece evidente: no. El aparato de Hamás está diseñado para resistir la pérdida de líderes intermedios, y su sustitución es casi inmediata. El precio de esa “victoria” israelí es la destrucción de barrios enteros y un saldo civil insoportable: decenas de muertos y cientos de heridos en apenas 24 horas, según cifras del propio Ministerio de Sanidad gazatí.
El dilema de fondo persiste. Una parte relevante de la sociedad israelí, junto con voces del propio ejército, insiste en priorizar un alto el fuego que facilite la liberación de rehenes. Sin embargo, Netanyahu y su gabinete apuestan por el endurecimiento: arrasar Ciudad de Gaza, empujar a un millón de personas hacia el sur y confiar en que el colapso logístico y humano desmantele las últimas estructuras de Hamás. Esa lógica de tierra quemada ya se ha aplicado en otros puntos de la Franja durante los casi dos años de guerra, sin que haya supuesto el fin del grupo islamista.
Mientras tanto, la comunidad internacional observa con creciente incomodidad. El lenguaje con el que Israel celebra la eliminación de enemigos, la magnitud de los desplazamientos forzados y el costo humano de la ofensiva alimentan las acusaciones de crímenes de guerra. Incluso aliados tradicionales de Tel Aviv empiezan a cuestionar la viabilidad de una estrategia que, en la práctica, multiplica el resentimiento palestino y refuerza el argumento de Hamás como movimiento de resistencia frente a la opresión.
La muerte de Abu Obeida aporta a Israel un triunfo propagandístico, pero no cambia la naturaleza del conflicto. Es un capítulo más en una guerra que se retroalimenta de símbolos y represalias, donde cada golpe militar parece reforzar, paradójicamente, el ciclo de odio que impide la paz. El verdadero reto no es eliminar voces, sino construir las condiciones políticas para que otras, menos envenenadas, puedan ser escuchadas. @mundiario


