Israel convierte la ayuda humanitaria en un frente de guerra

Una nueva masacre sacude la Franja de Gaza, donde al menos 59 personas han muerto y más de 200 han resultado heridas tras un ataque de tanques israelíes contra una multitud que esperaba ayuda humanitaria.
Barrios de Jan Yunis, Gaza, en ruinas. / OMS
Barrios de Jan Yunis, Gaza, en ruinas. / OMS

El sur de la Franja de Gaza ha sido escenario de otro episodio espeluznante que, en cualquier otra latitud, habría provocado una condena inmediata y rotunda. Esta vez, la tragedia se consumó en Jan Yunis, donde cientos de palestinos esperaban alimentos junto a un camión de ayuda cuando fueron alcanzados por disparos de tanques israelíes. El resultado: al menos 59 muertos y más de 200 heridos, muchos de ellos en estado crítico. El horror, una vez más, supera al lenguaje.

En un territorio donde la muerte se ha vuelto rutina, el hecho de que el reparto de alimentos —uno de los pocos momentos de esperanza para una población acorralada por el hambre— se transforme en una emboscada mortal, eleva el drama de Gaza a un nuevo nivel de brutalidad. Porque ya no hablamos solo de bombardeos contra objetivos militares, sino de la conversión sistemática de la ayuda humanitaria en un campo de batalla, donde los cuerpos se amontonan antes que los víveres.

El relato del ejército israelí, como de costumbre, llega envuelto en eufemismos y supuestos tecnicismos: que si había “una concentración junto a un camión atascado”, que si “se está investigando lo sucedido”, que si “hubo una aproximación a las tropas”. Nada nuevo. El lenguaje del “daño colateral” ha dejado de ser una explicación para convertirse en una excusa mecánica, repetida mientras los hospitales colapsan, los muertos se recogen con rickshaws y las madres buscan a sus hijos entre los escombros.

Los testigos lo tienen claro: fueron proyectiles de tanque disparados directamente contra la multitud. Y los vídeos que circulan en redes, con cadáveres desmembrados y sangre sobre la tierra seca, parecen confirmarlo. Lo que en otros conflictos sería inmediatamente calificado como crimen de guerra, aquí se diluye en comunicados ambiguos y en una impunidad sostenida por la pasividad internacional.

La escena adquiere un tinte aún más siniestro cuando se tiene en cuenta que no se trata de un incidente aislado. En solo tres semanas, casi 400 palestinos han muerto y 3.000 han sido heridos mientras esperaban ayuda humanitaria. La tragedia se repite en los mismos lugares: puntos de reparto marcados por una supuesta coordinación con Israel y que, sin embargo, se han convertido en lugares letales. La ONU lo ha denunciado con firmeza: la llamada Fundación Humanitaria de Gaza, respaldada por Estados Unidos e instrumentalizada por Israel, no es más que un intento de controlar políticamente la supervivencia de la población gazatí, violando de paso los principios básicos de imparcialidad y neutralidad.

Los argumentos defensivos de Tel Aviv, centrados en evitar que Hamás desvíe la ayuda, no resisten un análisis serio cuando las principales víctimas son mujeres, niños y ancianos desnutridos. Las cifras son devastadoras: más de 55.000 muertos en 20 meses, y medio millón de personas al borde de una hambruna catastrófica de aquí a septiembre, según la Clasificación Integrada de las Fases. Los hospitales, privados de recursos, racionan incluso las fórmulas terapéuticas para tratar la desnutrición. La situación es tan extrema que ya no se trata solo de una guerra: es una demolición metódica de las condiciones mínimas para la vida.

Y sin embargo, el mundo sigue reaccionando con tibieza, atado a equilibrios diplomáticos que desprecian el sufrimiento de los más vulnerables. Las instituciones internacionales repiten declaraciones huecas, mientras los gobiernos occidentales continúan suministrando armas y legitimidad a un Estado que convierte el pan en un arma más de guerra. La ayuda, en lugar de ser un canal de alivio, se ha transformado en un dispositivo de control, expuesto al fuego y subordinado a una lógica militar implacable.

Lo ocurrido en Jan Yunis no es un error, ni un incidente desafortunado, ni un fallo de comunicación. Es el síntoma de un sistema profundamente deshumanizado, en el que el hambre, lejos de ser aliviada, es utilizada como un instrumento de sometimiento. La pregunta ya no es cuánto sufrimiento puede soportar Gaza, sino cuánta complicidad puede acumular el silencio del mundo. Porque mientras se sigan disparando tanques contra quienes solo esperan un saco de arroz, la historia nos juzgará no solo por lo que ocurrió, sino por lo que dejamos que ocurriera. @mundiario

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