Las incógnitas del plan de Trump para Gaza: división de la Franja y una tregua en el alambre
El acuerdo de alto el fuego firmado el 13 de octubre en Egipto por el presidente de EE UU, Donald Trump, fue presentado por la Casa Blanca como el fin de “3.000 años de conflicto” en Oriente Próximo. Sin embargo, la realidad sobre el terreno en Gaza dista mucho de esa narrativa triunfalista. A pesar de que Hamás ha entregado a casi todos los rehenes y que Israel ha devuelto centenares de cuerpos palestinos, la situación humanitaria sigue siendo crítica y la estabilidad política, incierta.
Las hostilidades masivas han cesado, pero la Franja continúa fragmentada. Una nueva “Línea Amarilla” divide Gaza en dos zonas: al oeste, una población civil hacinada y dependiente de ayuda humanitaria; al este, más de la mitad del territorio convertido en un desierto de escombros, bajo control militar israelí y vedado para los palestinos. La tregua, lejos de ser un paso firme hacia la paz, parece un equilibrio precario sostenido por la vigilancia y la desconfianza mutua.
El núcleo del segundo tramo del plan de Trump gira en torno a la creación de una fuerza internacional de seguridad (ISF, por sus siglas en inglés) que debería garantizar el alto el fuego, supervisar el desarme de Hamás y facilitar la retirada progresiva de Israel. Pero ese despliegue enfrenta un obstáculo esencial: ningún país se ha comprometido a participar.
EE UU intenta persuadir al Consejo de Seguridad de la ONU para que apruebe una resolución que dé mandato a la ISF, pero las negociaciones siguen bloqueadas. Ningún Estado desea arriesgar la vida de sus tropas en un escenario tan volátil, y la propia Casa Blanca reconoce que el reclutamiento de voluntarios será determinante para evitar que el proceso se estanque.
Si la ISF no puede asumir ese rol, Israel mantendrá su presencia militar “temporal” en la mitad oriental de Gaza, un estatus que podría prolongarse indefinidamente bajo el argumento de seguridad nacional.
Una reconstrucción desigual que profundiza la división
El punto 16 del plan autoriza a Israel a permanecer en el enclave “hasta que Gaza no represente una amenaza”, una cláusula que ofrece amplio margen de interpretación.
La consecuencia sería una “ocupación controlada”, en la que el ejército israelí mantendría posiciones estratégicas mientras se impulsa un proceso de reconstrucción selectivo y dependiente de criterios políticos. De hecho, la administración Trump ya trabaja en un proyecto para edificar “Comunidades Alternativas Seguras” en la zona controlada por Israel, destinadas a acoger a 25.000 palestinos considerados “no vinculados” a Hamás.
Este plan urbanístico, defendido por el vicepresidente estadounidense J. D. Vance y por Jared Kushner, plantea reconstruir únicamente la parte occidental de la Franja, bajo la idea de ofrecer “trabajo, seguridad y confort” a los palestinos desplazados. Sin embargo, la ONU ha advertido de que esta política podría consolidar la fragmentación territorial y social del pueblo palestino, separando aún más a los gazatíes de sus compatriotas en Cisjordania.
La iniciativa también plantea interrogantes sobre su legalidad y viabilidad humanitaria: ¿quién decidirá quién puede vivir en esas comunidades? ¿Y bajo qué autoridad se administrarán los recursos y servicios?
Entre la retórica y la realidad
El dimitido ministro israelí de Asuntos Estratégicos, Ron Dermer, cercano a Benjamín Netanyahu y a la administración Trump, describió la actual etapa como una “posición victoriosa” para Israel que abre “una nueva era de seguridad y prosperidad”. Pero sobre el terreno, Gaza sigue sufriendo una devastación masiva, con más de 69.000 muertos desde el inicio del conflicto, según cifras locales, y más de un millón y medio de personas sin techo.
El plan de Trump se presenta como una hoja de ruta hacia la paz, pero su segunda fase encierra profundas incógnitas: una fuerza internacional sin respaldo claro, un proceso de desarme improbable y una reconstrucción condicionada que podría legitimar una división territorial permanente.
Entre las promesas de estabilidad y la realidad de una Gaza cercada, el riesgo es que la “paz de Trump” se convierta en una tregua prolongada, sin reconciliación ni soberanía, donde la geopolítica suplante a la justicia y la reconstrucción reproduzca, bajo otro nombre, los desequilibrios que perpetúan el conflicto. @mundiario





