La gran trampa fiscal de Trump: un regalo a los ricos con factura para los pobres

Con su recién aprobada reforma fiscal, bautizada con la pompa propagandística de "One Big, Beautiful Bill", Donald Trump culmina una operación política que desmantela pilares esenciales del Estado del bienestar en EE UU.
Mike Johnson, presidente de la Cámara de Representantes de EE UU. / RR SS.
Mike Johnson, presidente de la Cámara de Representantes de EE UU. / RR SS.

La madrugada del jueves, mientras la mayoría del país dormía, la Cámara de Representantes estadounidense ejecutaba un acto que marcará a fuego la política fiscal de la era Trump: la aprobación definitiva de la ley bautizada por el propio presidente como One Big, Beautiful Bill (BBB), una gigantesca reforma fiscal de 940 páginas. La fecha no era casual: había que llegar al 4 de julio, Día de la Independencia, con la firma estampada y la narrativa triunfalista lista para consumo patriótico.

Pero bajo la retórica de grandeza se esconde una realidad muy distinta: un proyecto fiscal diseñado para beneficiar abrumadoramente a las rentas altas, mientras recorta prestaciones esenciales a millones de estadounidenses vulnerables. La ley consuma un vuelco ideológico en el seno del Partido Republicano, que, antaño abanderado de la austeridad y el control del déficit, ha preferido en esta ocasión rendirse sin condiciones al mandato populista de su líder.

Una victoria construida a base de presiones y concesiones

El proceso de aprobación ha sido cualquier cosa menos transparente o ejemplar. El texto llegó a la Cámara revisado tras su paso por el Senado —donde necesitó del voto de desempate del vicepresidente J.D. Vance— y apenas dio margen a los congresistas para su lectura. En un ambiente febril, marcado por negociaciones in extremis, amenazas veladas y favores prometidos a puerta cerrada, la ley fue finalmente aprobada por 218 votos a favor frente a 214 en contra. Solo dos republicanos osaron romper la disciplina: Brian Fitzpatrick, preocupado por los efectos sobre el medioambiente, y Thomas Massie, defensor ortodoxo del equilibrio presupuestario.

La estrategia de Trump fue tan agresiva como efectiva. Desde la Casa Blanca, telefoneó a congresistas dubitativos, lanzó mensajes intimidatorios en su red Truth Social y desplegó a figuras como Mehmet Oz para reforzar la narrativa oficial: los recortes no afectan a los necesitados, sino a los “vagos” que rehúsan trabajar. Un discurso que, más allá de su crudeza, evidencia una profunda aporofobia y un desprecio al Estado social.

Robin Hood al revés: quitar a los pobres para dar a los ricos

El contenido de la ley no deja lugar a dudas sobre su orientación. Se estima que generará una rebaja fiscal de 4,5 billones de dólares, de los cuales el grueso beneficiará a las rentas más altas y a grandes corporaciones. Simultáneamente, introduce recortes drásticos en programas sociales clave: casi un billón menos para Medicaid, el sistema que proporciona cobertura sanitaria a los más desfavorecidos; hachazos al programa de cupones de alimentos (SNAP); y reducciones en las ayudas a hospitales rurales, que son el último recurso médico para millones de estadounidenses.

La contradicción con las promesas de campaña de Trump es flagrante. El mismo hombre que se presentó como paladín de la clase trabajadora ahora firma una ley que socava los servicios públicos que sustentan a buena parte de sus votantes. Su coalición, tan amplia y diversa como dice su partido, podría empezar a resquebrajarse si el impacto de esta ley se percibe —como es previsible— en los bolsillos y en la calidad de vida de quienes lo apoyaron creyendo en un proteccionismo económico que nunca llegó.

El déficit, ese problema que ya no importa

Tal vez lo más llamativo de esta operación fiscal no sea su regresividad, sino el hecho de que los republicanos, tradicionalmente fiscalmente conservadores, hayan aceptado una ley que sumará 3,3 billones de dólares al déficit nacional. Es la constatación de que el trumpismo ha desactivado cualquier atisbo de ortodoxia presupuestaria en el partido. En otras palabras: el déficit importa si gobiernan los demócratas, pero es un mal menor si se trata de cumplir los deseos del líder.

Este giro ha provocado incluso rupturas sonadas. Elon Musk, antaño entusiasta colaborador del aparato republicano, rompió con Trump tras mostrar su abierta oposición a la ley. Su rechazo público no ha sido suficiente para frenar la maquinaria, pero sí pone de relieve que hay sectores de poder que aún se resisten a bendecir este rumbo.

Un Congreso entregado, una oposición desbordada

Mientras los republicanos sellaban su lealtad a Trump, los demócratas optaron por una protesta simbólica. Hakeem Jeffries, líder de la minoría, ofreció un discurso de casi nueve horas —récord histórico— en un intento desesperado de dilatar la votación. Su mensaje fue directo: esta ley provocará sufrimiento y muerte evitables. Pero sus palabras se perdieron entre el hastío y la resignación, confirmando que la oposición parlamentaria, por sí sola, no basta para detener la maquinaria trumpista.

Ni un solo demócrata apoyó la ley. Y eso, en un sistema donde la disciplina de partido es más laxa que en Europa, habla por sí solo. No había, entre las 940 páginas del texto, nada que pudiera ser defendido ante su electorado. Ahora, su esperanza es otra: que el coste político de esta reforma fiscal sea tan elevado que dinamite las opciones republicanas en las elecciones legislativas del próximo año.

¿Edad dorada o espejismo dorado?

Mike Johnson, presidente de la Cámara y nuevo héroe del trumpismo legislativo, cerró la sesión proclamando el inicio de una “edad dorada” para Estados Unidos. Con tono mesiánico, vendió la ley como el gran logro de la agenda America First y prometió prosperidad para todos. Pero su discurso fue un compendio de lugares comunes y promesas vacías, en contraste con la cruda realidad que la ley ha alumbrado.

Estados Unidos se adentra así en una nueva etapa marcada por el ensanchamiento de la brecha social, el debilitamiento del Estado y un endeudamiento masivo. La “gran y hermosa” ley puede que sirva a Trump para alimentar su relato electoral, pero deja al país más dividido, más desigual y más vulnerable ante futuras crisis. Quizás los republicanos hayan ganado la votación. Pero el precio de esta victoria podría ser su propia legitimidad como alternativa de gobierno para una mayoría de estadounidenses. @mundiario

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