Gaza resiste, el mundo calla: la deshumanización como política de Israel
En Gaza, la noche se ha convertido en una sentencia. Mientras en otras partes del mundo el crepúsculo marca el descanso, allí anuncia el horror. Las últimas horas han dejado una nueva cifra atroz: más de 70 personas muertas por los bombardeos israelíes, según fuentes sanitarias locales. Entre las víctimas, como viene siendo habitual, abundan mujeres y niños. Y sin embargo, lo más inquietante ya no es el número, sino la familiaridad con la tragedia. Gaza muere cada noche, y el mundo ha aprendido a mirar hacia otro lado.
Desde hace más de un año y medio, Israel lleva ejecutando una ofensiva sostenida contra el enclave palestino, con un saldo superior a 53.000 muertos. En este periodo, la presión internacional ha sido tan escasa como tímida. Ahora, sin embargo, comienzan a percibirse ligeros cambios en el tono diplomático. La ONU ha advertido con crudeza que 14.000 bebés podrían morir en las próximas 48 horas si no se restablece el flujo de ayuda humanitaria. Una cifra que hiela la sangre y que, por sí sola, debería sacudir conciencias y provocar una reacción inmediata.
Francia ha alzado la voz con una contundencia inusual. Su ministro de Asuntos Exteriores ha respaldado públicamente la revisión del acuerdo de asociación entre la Unión Europea e Israel, una iniciativa que España e Irlanda propusieron en 2024 y que, hasta ahora, permanecía sepultada por la pasividad burocrática de Bruselas. Que esta propuesta se debata siquiera en el Consejo de Asuntos Exteriores de la UE supone un revés simbólico para Tel Aviv, aunque las probabilidades de que prospere son escasas ante el previsible veto de Alemania y otros aliados de Netanyahu.
El control del relato también forma parte de la contienda. Israel ha intentado maquillar su cerco implacable con una supuesta relajación del bloqueo. Apenas cinco camiones con alimentos infantiles y medicinas fueron autorizados a cruzar la frontera, una cifra ridícula frente a los 500 o 600 diarios que se necesitarían para evitar la catástrofe humanitaria. Ni siquiera se garantiza su entrada efectiva: algunos siguen atrapados en el lado israelí del paso de Kerem Shalom, mientras se juega a la propaganda con vidas humanas.
El lenguaje empleado por algunos gobiernos comienza a romper con la ambigüedad habitual. Francia, Reino Unido y Canadá han advertido de posibles “medidas concretas” si Israel no cesa su nueva operación terrestre y no levanta las restricciones al suministro humanitario. No es habitual que países tan estrechamente alineados con la política exterior estadounidense cuestionen de forma tan directa la actuación de Tel Aviv. Que lo hagan, aunque sea de forma limitada, indica que algo se está resquebrajando.
My joint statement with @EmmanuelMacron and @MarkJCarney on the situation in Gaza and the West Bank. pic.twitter.com/76vYpB42xf
— Keir Starmer (@Keir_Starmer) May 20, 2025
Pero lo cierto es que el aliado que más importa a Israel, Estados Unidos, sigue manteniendo una posición ambigua. Su respaldo económico, militar y diplomático continúa siendo el principal escudo de Netanyahu. En este contexto, cualquier gesto de crítica europea suena aún a retórica sin consecuencias. Más aún cuando la propia Comisión Europea ha mantenido durante meses en el cajón propuestas que podrían haber alterado mínimamente el equilibrio de fuerzas.
Mientras tanto, Gaza continúa siendo bombardeada. No se atacan solo supuestas posiciones de Hamás, sino escuelas, viviendas y campos de refugiados. Las últimas víctimas perecieron en lugares tan inofensivos como una casa familiar o un centro escolar repleto de desplazados. No hay refugio seguro ni alto el fuego en el horizonte. Las negociaciones en Doha, patrocinadas por Qatar, están estancadas. La propuesta de tregua, impulsada por emisarios de Estados Unidos, ha sido rechazada por Hamás, que denuncia que ni siquiera contempla discutir el final del conflicto.
Netanyahu, sostenido por una coalición con la extrema derecha, ha enterrado cualquier posibilidad de solución política. Su discurso se centra en una “victoria total” sobre Hamás, una retórica que no contempla límites éticos ni humanitarios. La lógica de la guerra total se impone incluso sobre los acuerdos previos. Fue el propio Gobierno israelí quien rompió el último alto el fuego el 18 de marzo, justo cuando debía iniciarse una fase de repliegue negociado. Desde entonces, los ataques se han intensificado y el cerco sobre Gaza se ha endurecido aún más.
La deshumanización del enemigo es una táctica tan antigua como eficaz. Presentar a Gaza como un nido de terroristas permite justificar lo injustificable. Pero lo que ocurre allí es, a todas luces, una catástrofe humanitaria de dimensiones colosales. Negarla, minimizarla o relativizarla equivale a perpetuarla. Es hora de que la comunidad internacional abandone la equidistancia y se posicione con claridad frente a las violaciones sistemáticas del derecho internacional humanitario.
No se trata de restar gravedad al terrorismo de Hamás ni de ignorar el derecho de Israel a defenderse. Se trata de reconocer que un Estado democrático no puede responder al terror con más terror. Que matar a bebés por inanición o pulverizar escuelas no es defensa, sino barbarie. Y que, en última instancia, la complicidad también se mide en silencios.
Gaza no necesita más promesas ni condolencias formales. Necesita alimentos, medicinas, tregua y dignidad. Y lo necesita ya. Porque cada día que pasa sin actuar no solo mueren personas, sino que se erosiona la credibilidad moral de quienes, con su inacción, permiten que el horror se normalice. @mundiario



