Europa del Este toma las riendas de su seguridad frente a Rusia ante la incertidumbre nuclear
La guerra en Ucrania ha trastocado los cimientos de la seguridad continental. A más de tres años del inicio de la invasión a gran escala por parte de Rusia, los países del centro y este de Europa ya no confían en los equilibrios heredados de la Guerra Fría.
La perspectiva de un segundo mandato de Donald Trump en la Casa Blanca —con sus amenazas de abandonar los compromisos de defensa colectiva de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)— ha encendido todas las alarmas. Lo que antes se consideraba impensable, hoy se plantea abiertamente: la necesidad de un escudo nuclear europeo que no dependa de Washington.
Las capitales del flanco oriental de la Unión Europea no solo han tomado nota del giro de la política estadounidense. También han empezado a actuar con decisión. Polonia, Lituania, Letonia, Estonia y Finlandia han anunciado su intención de retirarse del Tratado de Ottawa, que prohíbe el uso de minas antipersona. Lo hacen con un objetivo claro: prepararse para una defensa territorial total ante una posible agresión rusa. La idea de que la guerra puede llegar a su propio suelo ya no es un escenario hipotético, sino una previsión estratégica.
El debate sobre la disuasión nuclear ha resurgido con fuerza en Europa, especialmente entre los países que comparten frontera con Rusia. La oferta del presidente francés, Emmanuel Macron, de extender el paraguas nuclear galo a sus aliados europeos ha sido recibida con interés —aunque cautela— por líderes como Donald Tusk en Polonia, Mette Frederiksen en Dinamarca y Gitanas Nausėda en Lituania. Incluso Alemania, tradicionalmente reacia a todo lo relacionado con el átomo militar, ha comenzado a plantear una conversación estratégica al respecto.
La motivación es clara: en ausencia de garantías fiables desde Washington, los países europeos más expuestos no pueden darse el lujo de la espera. La amenaza rusa ya no es una abstracción. Moscú ha reformado su doctrina militar para permitir el uso de armas nucleares tácticas en respuesta a ataques convencionales, ha trasladado parte de su arsenal a Bielorrusia y ha elevado el nivel de alerta de sus fuerzas de disuasión.
En este contexto, la idea de depender únicamente del escudo nuclear estadounidense se vuelve cada vez más insostenible. Las naciones del este europeo saben que, de materializarse una ofensiva rusa, serán las primeras en ser atacadas. Por eso buscan garantías más cercanas, más concretas, más comprometidas con su supervivencia.
Francia, entre la ambición estratégica y las limitaciones doctrinales
La propuesta francesa, sin embargo, no está exenta de obstáculos. La doctrina nuclear de París es una de las más centralizadas del mundo: el único con poder de decisión sobre su uso es el presidente de la República. Además, la operatividad del arsenal francés se limita a plataformas de lanzamiento propias, lo que complica su integración con sistemas ajenos. Y cualquier colaboración requeriría acuerdos financieros, políticos y hasta constitucionales, como sería el caso en Lituania.
Pero lo significativo no es tanto la viabilidad inmediata de esta cooperación nuclear como el cambio de mentalidad que representa. Por primera vez en décadas, Europa —especialmente la más cercana a la amenaza rusa— está dispuesta a hablar abiertamente sobre la necesidad de una disuasión autónoma. La historia ha enseñado a estas naciones que, cuando se trata de su seguridad, depender de terceros puede salir caro.
Europa se reconfigura desde sus márgenes
La otra gran decisión que marca la ruptura con el idealismo post-Guerra Fría es el abandono del Tratado de Ottawa. La medida ha sido criticada con dureza por organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch, que recuerdan que las minas antipersona siguen matando y mutilando civiles años después de los conflictos.
Europa está viviendo un giro tectónico en su concepción de la seguridad. No es desde Bruselas, Berlín o París donde se están tomando las decisiones más audaces, sino desde Varsovia, Vilna, Tallin y Helsinki. Estos países, con memoria viva del imperialismo ruso, ya no se conforman con declaraciones de buena voluntad ni con garantías que dependen del humor de un presidente estadounidense.
Ante un mundo en el que el multilateralismo flaquea y las amenazas son cada vez más reales, Europa del Este está liderando una transición de mentalidad: de la dependencia a la autonomía estratégica, del pacifismo normativo al realismo defensivo. Puede que este camino esté plagado de dilemas políticos y obstáculos logísticos, pero lo que resulta innegable es que sus líderes están dispuestos a asumir los costes de defender su soberanía.
Y es esa determinación —a menudo ausente en las capitales más occidentales— la que está reconfigurando el futuro de la seguridad europea. @mundiario





