En Europa los ultras ya no son una excepción

Europa se enfrenta a una transformación política que ya no es coyuntural, sino estructural: el avance constante de las fuerzas conservadoras y de extrema derecha reconfigura el panorama electoral del continente.
Ilustración de una manifestación por Europa./ Mundiario
Ilustración de una manifestación por Europa./ Mundiario

La Europa del siglo XXI atraviesa un proceso de realineamiento ideológico que deja atrás el predominio del centro político, y da paso a una derecha cada vez más envalentonada, articulada y normalizada. Lo que antes se percibía como una anomalía electoral —el ascenso de fuerzas ultras— hoy se consolida como una realidad transversal, con ramificaciones en el norte, sur, este y oeste del continente. Las elecciones recientes en Portugal, Rumanía y Polonia ilustran bien esta deriva.

En Portugal, el crecimiento exponencial del partido Chega —que en apenas seis años ha pasado del 1,3% al 22,5%— representa algo más que un cambio de ciclo: simboliza la consolidación de un espacio ideológico que capitaliza el descontento, la frustración económica y el rechazo al sistema político tradicional. La caída del Partido Socialista y la dimisión de su líder evidencian que la izquierda no solo pierde apoyo, sino que carece de una narrativa renovadora capaz de contrarrestar el relato populista.

Rumanía ofrece un alivio momentáneo: la victoria del centrista Nicusor Dan frente al ultra George Simion impidió que se consumara un viraje aún más radical. Sin embargo, los casi 46% de votos obtenidos por el líder populista reflejan que la amenaza persiste, latente, y que un vuelco político podría producirse en cualquier convocatoria futura. En Polonia, el panorama no es más alentador. A pesar de la leve ventaja del liberal Trzaskowski, el bloque ultraconservador supera el 50% del respaldo popular. La pugna no es ya entre derecha e izquierda, sino entre distintas formas de derecha, cada vez más escoradas hacia posiciones extremas.

Este fenómeno se inscribe en una lógica continental. Las elecciones europeas del año pasado ya dejaron un Parlamento en el que la mayoría absoluta se reparte entre el centroderecha tradicional y la nueva derecha radical. Lo mismo sucede en países clave como Alemania, donde Alternativa para Alemania (AfD) se ha convertido en la segunda fuerza política, mientras los socialdemócratas caen a niveles históricamente bajos. Francia vivió un amago similar con la victoria parcial del Reagrupamiento Nacional en la primera vuelta de las legislativas.

Pero más allá de los resultados, preocupa el mimetismo ideológico. Los partidos conservadores tradicionales, como el Partido Popular Europeo, flirtean cada vez con mayor frecuencia con los postulados ultras. En cuestiones como inmigración o políticas medioambientales, las diferencias se diluyen. Líderes como Donald Tusk en Polonia o Friedrich Merz en Alemania adoptan discursos duros para no ceder terreno ante sus rivales a la derecha. Es una estrategia arriesgada: ganan elecciones, sí, pero al precio de legitimar un discurso que antes era marginal.

La socialdemocracia, en paralelo, naufraga. Solo España resiste con un Gobierno progresista. En buena parte del continente, los partidos de centroizquierda se muestran incapaces de conectar con una ciudadanía cada vez más desencantada. La extrema derecha ha sabido apropiarse de banderas sociales y económicas que antes eran patrimonio de la izquierda: empleo, vivienda, protección frente a la globalización. Y lo ha hecho sin necesidad de ofrecer soluciones viables, sino apelando a las emociones y al resentimiento.

Especialmente revelador es el apoyo juvenil. En Portugal, Chega fue la primera opción entre los jóvenes. En Polonia, los votantes entre 18 y 29 años se decantaron mayoritariamente por Konfederacja, una formación ultraliberal de extrema derecha. El atractivo para esta generación no radica tanto en un programa político coherente como en la capacidad de estos partidos para canalizar la rabia, el miedo al futuro y la precariedad. A esto se suma una destreza en redes sociales —particularmente en TikTok— que los partidos tradicionales aún no han aprendido a manejar.

¿Estamos ante un ciclo pasajero o ante un cambio de época? Las opiniones se dividen. Algunos expertos advierten que el atractivo de estas fuerzas podría ser efímero, sustentado en la protesta más que en la gestión. Vox, en España, ilustra esta teoría: cuando toca poder, retrocede. Pero otros casos, como el de Viktor Orbán en Hungría, muestran lo contrario: con una estrategia de ocupación institucional y una narrativa cohesionada, se puede convertir una ola en régimen.

La clave estará en la respuesta. La única experiencia reciente de éxito contra esta corriente fue la unión de las fuerzas democráticas en las legislativas polacas de 2023, que logró frenar a los ultras. Pero esa victoria parece hoy lejana, y la segunda vuelta de las presidenciales deja claro que no hay espacio para el triunfalismo.

Europa necesita más que alianzas puntuales. Requiere una nueva narrativa democrática capaz de reconectar con la ciudadanía, ofrecer respuestas a los problemas reales y combatir el discurso del odio con ideas y con hechos. La pregunta, urgente y abierta, es si sus líderes estarán a la altura del desafío. @mundiario

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