Educación, salud e igualdad: las demandas detrás de las encendidas protestas en Marruecos

Las manifestaciones han derivado en enfrentamientos violentos con las autoridades que han dejado dos muertos y cientos de detenidos, mientras que la llamada “Generación Z marroquí” multiplica su presencia en las calles y en redes sociales.
Protestas juveniles en Marruecos. / RR.SS
Protestas juveniles en Marruecos. / RR.SS

Las calles de Marruecos atraviesan una de las movilizaciones más intensas en años. Lo que comenzó como una protesta juvenil contra la precariedad en educación y salud ha escalado hasta convertirse en un fenómeno nacional que desafía la narrativa oficial. El movimiento GenZ212, nacido en redes sociales, ha llevado a miles de jóvenes, muchos de ellos adolescentes, a reclamar servicios públicos dignos frente a lo que perciben como prioridades mal gestionadas por el Estado.

Tras cinco días de protestas juveniles, la tensión se ha disparado tras los primeros incidentes graves en Laqliaa, el sur del país, donde dos personas murieron y decenas resultaron heridas durante un intento de asalto a un puesto de la Gendarmería Real.

En este contexto de manifestaciones y enfrentamientos con las fuerzas del orden, la violencia se ha extendido rápidamente a ciudades como Salé, Tánger, Marrakech y Sidi Bibi, donde se registraron saqueos, incendios de edificios públicos y enfrentamientos nocturnos con la policía y la Gendarmería. El Ministerio del Interior informó de más de 400 detenidos y cientos de agentes heridos, en un intento de mostrar el coste de la movilización.

Ante el aumento de la temperatura en las calles, el Gobierno ha reaccionado con un doble mensaje. Por un lado, insiste en que las manifestaciones son ilegales y están siendo gestionadas “con rigor” para garantizar la estabilidad. Por otro, intenta desacreditar al colectivo GenZ212, responsabilizándolo de la violencia y el vandalismo. Los medios próximos al palacio real han retratado al movimiento como un grupo sin control, pese a que sus portavoces niegan estar detrás de los disturbios y afirman que sus demandas siguen siendo pacíficas y sociales.

La magnitud de las protestas, sin embargo, desborda cualquier explicación simplista. En Discord, TikTok e Instagram, el servidor de GenZ212 pasó de unos 3.000 miembros a más de 130.000 en pocos días, lo que refleja el eco masivo del descontento juvenil. La consigna más repetida resume el contraste entre prioridades estatales: “Hay estadios, pero ¿dónde están los hospitales?”. Una alusión directa al gasto en infraestructuras para el Mundial 2030, mientras la sanidad y la educación pública acumulan déficits graves.

Los episodios recientes de muertes en hospitales, como el caso de ocho mujeres fallecidas en un centro de Agadir, han alimentado la indignación. Las carencias estructurales del sistema sanitario y la falta de inversión en escuelas se han convertido en banderas de un movimiento que denuncia corrupción y desigualdad, particularmente en las regiones periféricas. El desequilibrio entre las grandes urbes modernizadas y las provincias empobrecidas ha servido de catalizador para esta nueva ola de protesta social.

Paralelamente, las autoridades han buscado dividir la opinión pública. La narrativa oficial se centra en la violencia de ciertos grupos, mientras que políticos afines al Gobierno instan a los jóvenes a asumir “responsabilidad” y a detener las manifestaciones.

Incluso voces opositoras se han sumado a los llamamientos al orden debido a la ferocidad de los enfrentamientos. Sin embargo, el silencio del Ejecutivo sobre las demandas y la falta de propuestas concretas refuerzan la sensación de distancia entre los gobernantes y las nuevas generaciones.

En Casablanca, Oujda o Taza se han visto marchas pacíficas que contrastan con la violencia en otras localidades. Esta dualidad refleja tanto la amplitud del movimiento como sus tensiones internas: un liderazgo difuso, descentralizado y carente de jerarquías claras, pero con gran capacidad de movilización digital. Se trata de un patrón que recuerda a protestas juveniles en Nepal o Madagascar, con un alto componente de espontaneidad y resistencia frente a la represión.

Organismos internacionales como Amnistía Internacional han instado al Gobierno marroquí a atender las demandas legítimas de los jóvenes y garantizar su derecho a la protesta pacífica. Sin embargo, la estrategia oficial parece apostar por el desgaste, usando tanto la represión en las calles como el relato mediático de criminalización.

La escalada de protestas coloca a Marruecos en una encrucijada: por un lado, el país busca proyectar estabilidad de cara a eventos internacionales como la Copa Africana de Naciones y el Mundial 2030; por otro, enfrenta un movimiento juvenil que ha puesto sobre la mesa las desigualdades más profundas y las contradicciones de su modelo de desarrollo. @mundiario

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