Cristina Kirchner en arresto domiciliario: el peronismo resurge y mide fuerzas con Milei
El Partido Justicialista responde a la condena por corrupción de la expresidenta de fuerza que busca aglutinar al movimiento y hacer frente al Gobierno ante lo que considera una proscripción política.
El peronismo en Argentina ha vuelto a ocupar su escenario histórico por excelencia: la Plaza de Mayo. Lo ha hecho en defensa de su principal referente, la expresidenta, exvicepresidenta y ex primera dama Cristina Fernández de Kirchner, condenada a seis años de prisión domiciliaria e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos por corrupción en la denominada “Causa Vialidad”. La respuesta del Partido Justicialista (PJ) ha sido una demostración de fuerza que busca revivir la épica militante, aglutinar a las distintas vertientes internas y, sobre todo, denunciar lo que considera una proscripción política en medio de un escenario dominado por la ultraderecha libertaria de Javier Milei.
La manifestación, masiva aunque no histórica, refleja un peronismo que, tras la derrota electoral de 2023, aún conserva capacidad de movilización. Decenas de miles de personas llegaron desde la periferia de Buenos Aires hasta la Casa Rosada, coreando el “vamos a volver” mientras escuchaban un mensaje grabado de la exmandataria. En su intervención, Kirchner se presentó como víctima de una persecución judicial, aseguró que su condena es parte de una estrategia para impedir su regreso al poder y convocó a “defender la democracia con las mismas herramientas con la que la construimos. Lo vamos a hacer sin violencia, pero con coraje”. Las calles, al menos por un día, fueron su trinchera simbólica.
La estrategia política es clara: si bien la condena judicial es firme y la prisión domiciliaria un hecho irreversible, el objetivo inmediato del peronismo es revertir la inhabilitación perpetua a través de tribunales internacionales. Se trata de un paso clave para mantener a Cristina Kirchner como figura central de la oposición y sostener la cohesión de un movimiento que oscila entre la dispersión programática y la fidelidad a su líder. De ahí la importancia de la unidad mostrada en la marcha, que incluyó a La Cámpora, gobernadores, partidos de izquierda y movimientos sociales, aunque con una notable ausencia de la CGT, que prefirió no comprometer su estructura sindical a una causa de la que se ha mantenido históricamente distante.
El Gobierno de Milei ha optado por una postura ambivalente. Aunque el presidente no se ha pronunciado directamente sobre la condena de Kirchner —un gesto inusual en él—, su administración no ha ocultado su desdén hacia la movilización. Patricia Bullrich, ministra de Seguridad y símbolo del ala dura del oficialismo, acusó al kirchnerismo de querer volver “a la fuerza” mediante la “tiranía de la calle” y advirtió de que no permitirán una ocupación constante del espacio público. La tensión entre movilización popular y poder institucional se reaviva así en un país con una larga historia de confrontaciones entre calles y despachos.
El caso judicial que ha devuelto al peronismo a la calle no es menor. La Corte Suprema dejó en firme la condena contra Kirchner por la adjudicación irregular de obras públicas a Lázaro Báez, empresario cercano al kirchnerismo ya condenado por corrupción. El fallo fue la culminación de un proceso largo que, para los sectores más críticos, confirma el funcionamiento independiente del Poder Judicial. Para el kirchnerismo, en cambio, representa un nuevo episodio del lawfare, concepto que evoca persecuciones judiciales con fines políticos, y se miran en el espejo de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil. No es casual que el presidente brasileño haya anunciado que visitará a Kirchner en julio, en un gesto cargado de simbolismo regional.
El nuevo escenario político en Argentina
El arresto domiciliario de Kirchner en su departamento del barrio porteño de Constitución ha transformado la zona en un lugar de interés político. La justicia le ha prohibido alterar la convivencia vecinal, lo que incluye —en teoría— evitar saludos desde el balcón, gesto que ha sido parte central para mantener el vínculo con sus simpatizantes. El peronismo no solo se enfrenta a una sentencia judicial, sino a una narrativa que busca limitar el impacto simbólico de su líder incluso en el terreno emocional de la militancia.
En este contexto, la movilización no es solo una defensa de Cristina Kirchner: es también una apuesta por la supervivencia del proyecto político que encarna. El peronismo está intentando reconstituirse en un nuevo escenario en el que el macrismo ha perdido peso, la izquierda se reconfigura y el oficialismo libertario desafía las reglas tradicionales del sistema político. En esa disputa, la figura de Kirchner sigue siendo un faro, unificadora para unos, provocadora para otros.
Argentina entra así en una etapa inédita, donde una expresidenta cumple prisión domiciliaria, el peronismo desafía el orden institucional desde la calle, y un Gobierno liberal-libertario intenta mantener el control con un experimento de silencio estratégico. Las próximas semanas marcarán si la reactivación del kirchnerismo es un brote momentáneo o el inicio de un nuevo ciclo de confrontación en la política argentina. Lo que es seguro es que el peronismo no se resigna a la derrota ni al olvido. Y, una vez más, lo ha dejado claro en la plaza que lo vio nacer. @mundiario



