Costa Rica avala la “tercera república” de Rodrigo Chaves con la victoria de Laura Fernández
La victoria del Partido Pueblo Soberano (PPS) ratifica en las urnas el proyecto político impulsado por el presidente en funciones de un liderazgo de tono duro, con rasgos populistas y una apuesta clara por concentrar el poder y redefinir los contrapesos institucionales.
Costa Rica ha hablado con claridad. La victoria de Laura Fernández, exministra y candidata del oficialista Partido Pueblo Soberano (PPS), con cerca del 48,5 % de los votos y una participación que rondó el 66 %, supone un espaldarazo rotundo al rumbo marcado por el presidente en funciones, el populista de derechas Rodrigo Chaves. Más allá del relevo formal en la jefatura del Estado, el resultado electoral confirma la continuidad de un proyecto político que se presenta como “refundacional” y que plantea una relación más tensa con los equilibrios clásicos del sistema democrático costarricense.
El oficialismo no solo evitó la segunda vuelta, sino que logró una sólida mayoría absoluta en la Asamblea Legislativa con 30-31 de los 57 escaños, un escenario que otorga a Fernández un margen de maniobra inédito en los últimos años. Aunque esa cifra no alcanza para reformar la Constitución sin apoyos externos, sí permite gobernar con holgura y diluir la capacidad de bloqueo de la oposición.
Los resultados de las elecciones reflejan una ciudadanía que respalda mayoritariamente la narrativa de cambio promovida por Chaves. Pero el sistema político costarricense entra en una nueva fase, donde el Ejecutivo se ve fortalecido frente a otros poderes del Estado.
Fernández no es una figura ajena al actual Gobierno. Exministra de Planificación, de la Presidencia y jefa de gabinete, fue una de las colaboradoras más cercanas de Chaves y su apuesta personal para dar continuidad al proyecto ante la imposibilidad de reelegirse de inmediato, debido a que está prohibido por la Constitución. La imagen del presidente saliente felicitándola por teléfono en plena noche electoral, antes incluso de que ella se dirigiera a sus seguidores, cristalizó el peso decisivo de Chaves en la victoria.
El discurso de Fernández, centrado en la “continuidad del cambio” y en la promesa de fundar una “tercera república”, reproduce los ejes fundamentales del chavismo costarricense: crítica frontal a la oposición y a la prensa, apelación directa al “pueblo soberano” y una visión del Estado que prioriza la eficacia ejecutiva sobre los controles institucionales tradicionales.
Laura Fernández Delgado es la nueva presidenta electa de Costa Rica. Con más del 48% de los votos batió a sus 19 rivales más inmediatos, entre ellos Álvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional, que quedó en segundo lugar con un 32%.
— EL DEBER (@grupoeldeber) February 2, 2026
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Populismo, mano dura y concentración de poder
El proyecto que ratifican las urnas combina varios elementos característicos del populismo contemporáneo en la región. Por un lado, un tono confrontativo que identifica enemigos claros —oposición, medios de comunicación, poderes judiciales— con una agenda de mano dura frente al crimen organizado, convertida en la principal preocupación social por el aumento de la inseguridad y el desbordamiento del narcotráfico en América Latina.
La admiración explícita por el modelo de seguridad de Nayib Bukele en El Salvador, incluida la construcción de una megacárcel inspirada en la prisión de máxima seguridad Cecot y el endurecimiento de penas, refuerza esa lectura. Para sus defensores, se trata de una respuesta pragmática a una crisis real de seguridad. Para sus críticos, es una deriva que puede erosionar garantías fundamentales y normalizar estados de excepción como herramienta de gobierno.
Durante décadas, Costa Rica fue vista como una excepción democrática en Centroamérica por ser un país sin ejército, con instituciones sólidas y alternancia pacífica. El resultado electoral no invalida ese legado, pero sí evidencia una transformación profunda del mapa político. El desgaste de los partidos tradicionales, el aumento de la desigualdad y la percepción generalizada de la corrupción han alimentado un realineamiento que el chavismo ha sabido capitalizar.
Un respaldo legítimo, un desafío abierto
Analistas advierten de que el riesgo no reside únicamente en una reforma constitucional concreta —como la eventual habilitación de la reelección—, sino en la acumulación progresiva de poder político e institucional en torno al Ejecutivo. La victoria de Fernández refuerza esa tendencia, al reducir los contrapesos efectivos y debilitar a una oposición fragmentada.
El triunfo de Laura Fernández es incuestionable desde el punto de vista democrático: participación elevada, proceso electoral limpio y un mandato claro de las urnas. Pero también abre un escenario ambivalente. El Gobierno entrante contará con una legitimidad reforzada para impulsar reformas profundas, al tiempo que pone sobre la mesa los límites del poder y la preservación del Estado de derecho.
Costa Rica inicia así un nuevo ciclo político. La victoria oficialista no solo consolida el liderazgo de Fernández, sino que confirma que el proyecto personalista y confrontativo de Chaves ha logrado traducir el malestar social en hegemonía electoral. El reto ahora será comprobar si ese proyecto puede convivir con los contrapesos institucionales que han definido históricamente a la democracia costarricense o si, como temen algunos sectores, las urnas han abierto la puerta a una redefinición más profunda —y potencialmente más incierta— del sistema político del país. @mundiario


