La comunidad somalí de Minneapolis: entre el fraude real y el castigo colectivo
El fraude en programas asistenciales durante la pandemia existió y debe investigarse con rigor. Hubo imputaciones, condenas y procesos en marcha en Minnesota, como en muchos otros Estados. Lo que no encaja es el salto lógico que transforma delitos concretos en una acusación colectiva y, a partir de ahí, en una operación federal de carácter excepcional. De los cerca de 80.000 somalíes que viven en Minnesota, más del 95% son ciudadanos o residentes legales. Es decir, el ICE carece de competencia sobre la inmensa mayoría. Convertir esa realidad en una narrativa de “amenaza” no aclara el fraude, lo instrumentaliza.
La Operación Metro Surge desplegó miles de agentes armados y sin identificar en una ciudad que ya arrastra una relación tensa con la policía. El resultado ha sido el repliegue de familias enteras, el cierre parcial de negocios y una sensación de castigo preventivo. Dos muertes a manos de fuerzas migratorias y un ataque a una congresista en acto público no son daños colaterales, son señales de alarma. La seguridad no puede medirse solo por presencia armada cuando el precio es el miedo cotidiano.
De la sospecha al estigma
El relato que vincula ayudas públicas y comunidades racializadas es antiguo. Funciona porque simplifica y señala. Sin embargo, investigaciones periodísticas y datos oficiales muestran que el fraude pandémico fue un fenómeno extendido y que Minnesota ni siquiera figura entre los casos más graves. ¿Por qué entonces esta ciudad y esta comunidad? La respuesta apunta a la política, no a la contabilidad.
El giro se aceleró tras la viralización de contenidos con acusaciones no probadas y la congelación de programas asistenciales. Incluso fiscales federales dimitieron por la forma en que se estaba gestionando una investigación sensible, dejando causas en un limbo. Cuando el Estado se queda sin instructores y se llena de fusiles, algo se ha torcido. La ley exige precisión quirúrgica, no brochazos.
Ciudadanía que no se esconde
La comunidad somalí de Minneapolis no es un bloque homogéneo. Es joven, mayoritariamente musulmana y profundamente cívica. Ha construido tejido social, comercio y representación política. El Karmel Mall no es un gueto, es una plaza pública bajo techo donde se mezclan trabajo, cuidados y palabra. Allí se mide el impacto real del despliegue, con ventas a la mitad y redes vecinales que llevan comida a quienes no se atreven a salir.
También se mide la respuesta. Hay una generación que se organiza, documenta, protesta y cuida. No niega los delitos, exige proporcionalidad. Sabe que la democracia se erosiona cuando la excepción se normaliza y cuando la identidad sustituye a la prueba. Minneapolis hoy es un espejo. Si aceptamos que una comunidad entera cargue con culpas ajenas, mañana el espejo se ampliará. La solución pasa por investigar sin ruido, proteger derechos y recordar que la seguridad verdadera se construye con confianza, no con ocupaciones. @mundiario




