Tras la caída de Maduro, la amnistía pone a prueba el rumbo de Venezuela
El vuelco político provocado por la detención de Nicolás Maduro en Caracas y su traslado a Estados Unidos ha abierto un paréntesis de incertidumbre en Venezuela, pero también una rendija de oportunidad para quienes llevan años atrapados en el engranaje represivo del régimen. En las cárceles del país y en los hogares de sus familiares, una palabra vuelve a circular con fuerza: amnistía.
Desde que el antiguo presidente fue apartado del poder, la situación de los presos políticos se ha convertido en uno de los termómetros más sensibles del momento. Son casi mil personas privadas de libertad por razones políticas, según las principales organizaciones de derechos humanos, a las que se suman miles más sometidas a procesos judiciales, medidas cautelares o regímenes de presentación que condicionan su vida cotidiana. Su futuro inmediato sigue, sin embargo, en manos del mismo aparato estatal que los encarceló.
La proclamación de Delcy Rodríguez como presidenta interina ha añadido complejidad al escenario. Aunque Washington afirma tener un papel determinante en la transición, lo cierto es que las estructuras del chavismo continúan controlando los resortes clave del Estado: fuerzas de seguridad, sistema judicial y organismos de inteligencia. Esa continuidad explica tanto la prudencia de las familias como el escepticismo de las ONG, que temen que el cambio se quede en la superficie.
Aun así, las últimas horas han sido de intensa actividad política y diplomática. Dirigentes latinoamericanos y europeos, exmandatarios y actores con capacidad de influencia han iniciado contactos para situar la liberación de los presos en el centro de cualquier hoja de ruta. Las familias, por su parte, se han sumado a esa carrera contrarreloj, conscientes de que las transiciones se deciden a menudo en sus primeros compases.
Uno de los primeros en fijar posición fue Edmundo González, reconocido por observadores internacionales como vencedor de las elecciones presidenciales de 2024. Para él, no hay normalización posible sin una excarcelación total: la prisión de opositores, subrayó, ha sido una herramienta sistemática de control político y no un fenómeno aislado. Su mensaje resume un consenso creciente en la oposición democrática.
Los casos emblemáticos ilustran la profundidad del problema. Analistas, activistas, periodistas, dirigentes políticos y militares disidentes han pasado por calabozos y centros de detención en los últimos años, especialmente tras las grandes oleadas de protestas. La represión no se limitó a encarcelar: se apoyó en allanamientos violentos, detenciones arbitrarias, amenazas a familiares y procesos judiciales sin garantías. La llamada “puerta giratoria” —liberaciones selectivas seguidas de nuevas detenciones— se convirtió en una estrategia para aliviar presiones internacionales sin desmontar el sistema.
Las misiones de Naciones Unidas y la investigación abierta por la Corte Penal Internacional han documentado con detalle este patrón: torturas, tratos crueles, violencia sexual, ejecuciones extrajudiciales y persecución política sostenida en el tiempo. Por eso, tras la captura de Maduro, los organismos internacionales han insistido en que cualquier transición debe combinar dos elementos inseparables: liberación de las víctimas y rendición de cuentas de los responsables.
En este contexto, la amnistía aparece como un gesto imprescindible, pero también como una prueba de credibilidad. Para las ONG, no basta con excarcelaciones parciales ni con medidas opacas concedidas de madrugada. Reclaman libertad plena, anulación de procesos judiciales y garantías de no repetición. También advierten de que una amnistía que deje intactos los mecanismos de persecución sería solo un alivio temporal.
El dilema es evidente: si el nuevo escenario quiere diferenciarse del pasado, debe romper con una década de criminalización de la disidencia. Si no lo hace, el relevo político corre el riesgo de convertirse en una mera reconfiguración del poder. Mientras tanto, en las cárceles venezolanas y en cientos de hogares marcados por la espera, la esperanza convive con la desconfianza. El desenlace de esta cuestión dirá mucho más sobre el futuro de Venezuela que cualquier discurso o declaración solemne. @mundiario


