Irán promete represalias contra el Golfo por el ataque al mayor yacimiento de gas del mundo

La ofensiva contra las instalaciones del campo South Pars dispara la tensión en Oriente Próximo, sacude los mercados energéticos y abre el riesgo de una escalada económica que Teherán augura con graves “consecuencias incontrolables”.

Mesoud Pezeshkian, presidente de Irán. / Naciones Unidas (ONU)
Mesoud Pezeshkian, presidente de Irán. / Naciones Unidas (ONU)

La guerra en Oriente Próximo ha cruzado un umbral estratégico. El ataque contra el yacimiento de gas de South Pars, el mayor del planeta, no solo implica un salto cualitativo en el conflicto, sino que desborda la línea roja en la que las instalaciones energéticas habían sido evitadas como objetivo militar, para evitar las consecuencias más sensibles para los países del Golfo Pérsico y la economía global. La advertencia del presidente iraní, Masoud Pezeshkian, sobre posibles “consecuencias incontrolables” se acompasa con el hecho de que los mercados ya han reaccionado, los actores regionales se han alarmado y el equilibrio energético mundial entra en zona de riesgo.

Hasta ahora, el conflicto había oscilado entre bombardeos masivos, operaciones encubiertas y enfrentamientos indirectos contra el resto de los países de Oriente Próximo. Pero el ataque contra las plantas petroquímicas en South Pars cambia las reglas. Ubicado en la gigantesca Zona Económica Especial en la que Teherán explota el mayor yacimiento de gas natural del mundo, compartido con Qatar, se trata del corazón del sistema energético iraní y una pieza clave del suministro global de gas, aunque ahora el 90 % de su producción era destinada a consumo doméstico debido a las sanciones que pesan sobre el régimen de los ayatolás.

El ataque —atribuido por fuentes de medios como Axios a Israel con respaldo estadounidense, aunque sin confirmación oficial— impactó en tanques de almacenamiento y refinerías, provocando incendios y obligando a detener parcialmente la producción. Aunque las autoridades iraníes aseguraron que la situación está “bajo control”, el mensaje ya ha sido enviado. En Tel Aviv la prensa interpreta el ataque como presión contra Teherán para que no siga produciendo ni exportando hidrocarburos mientras bloquea el estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20 % del petróleo del mundo y el último as bajo la manga de los ayatolás.

Este giro implica algo más profundo que una escalada militar convencional. Supone la transición hacia una guerra económica estructural, donde el control —o la destrucción— de los recursos energéticos puede resultar tan decisivo como los avances en el terreno. Pero a las petromonarquías del Golfo no les está gustando el tono que va adquiriendo la guerra. Para Doha, la capital interpelada indirectamente por compartir los yacimientos, el ataque “pone en peligro la seguridad energética mundial”, así como “los pueblos de la región y su medio ambiente”, según ha dicho el ministro de Exteriores qatarí, Majed al Ansari.

Reacción en cadena: mercados, Golfo y amenazas cruzadas

Los efectos económicos del bombardeo ya se están sintiendo. El precio del crudo Brent se disparó más de un 5 %, mientras el gas europeo (TTF) registró subidas superiores al 6 %. Los mercados, extremadamente sensibles a cualquier alteración en el Golfo, han interpretado el ataque como una señal de riesgo prolongado sobre el suministro.

La preocupación no es infundada. La región afectada conecta directamente con el Estrecho de Ormuz, arteria por la que transita una parte crucial del petróleo mundial. Cualquier alteración sostenida en este punto puede desencadenar una crisis energética global.

A nivel regional, países como Qatar y Emiratos Árabes Unidos han reaccionado con dureza. Doha condenó que “el ataque israelí contra instalaciones vinculadas al yacimiento iraní de South Pars, una extensión del yacimiento catarí de North Pars, es un paso peligroso e irresponsable en medio de la actual escalada militar en la región”. Por su parte, Abu Dabi alertó de que atacar las instalaciones energéticas iraníes “constituye una amenaza directa para la seguridad energética mundial” y representa “una escalada peligrosa”.

Teherán eleva el tono: represalias y nuevas “líneas rojas”

La respuesta iraní ha sido tajante al afirmar que se reserva el derecho a devolver el golpe. “Tales acciones agresivas no reportarán ningún beneficio al enemigo sionista estadounidense ni a sus partidarios. Por el contrario, complicarán aún más la situación y podrían tener consecuencias incontrolables, cuyo alcance abarcaría al mundo entero”, ha escrito el presidente Masoud Pezeshkian en su cuenta de X.

Las autoridades han prometido represalias contra infraestructuras energéticas en todo el Golfo, acompañadas de órdenes de evacuación en zonas residenciales cercanas a instalaciones clave de Riad, Abu Dabi y Doha. Esos objetivos incluirían la refinería Samref y la planta petroquímica de Jubail, en Arabia Saudí; el yacimiento de gas Al Hosn, en Emiratos Árabes Unidos; así como la petroquímica de Mesaieed y la refinería de Ras Laffan, en Qatar. Esta última ya habría sido atacada, según confirmó la estatal qatarí QatarEnergy, que habla de “daños considerables” por un aluvión de misiles, aunque ningún trabajador resultó herido.

El discurso oficial ha endurecido su tono. El ataque ha sido calificado como “crimen de guerra” y “línea roja cruzada”. En términos estratégicos, Irán ha dejado claro que responderá bajo el principio de reciprocidad: si sus instalaciones energéticas son atacadas, las de sus adversarios también lo serán. En paralelo, el conflicto militar continúa intensificándose. Intercambios de misiles, bombardeos en Líbano y ataques en centros urbanos evidencian que la escalada energética podría llevar al límite a la región. @mundiario

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