Un año difícil para Starmer: liderazgo desconcertante y amenazas internas en el Reino Unido
El 4 de julio de 2024, el Partido Laborista regresó al poder con una mayoría arrolladora tras 14 años de gobiernos conservadores. La imagen de Keir Starmer como un reformista moderado prometía estabilidad y crecimiento. Sin embargo, apenas doce meses después, su popularidad se ha desplomado y el descontento se ha instalado en las filas del laborismo y entre los votantes.
Los sondeos lo reflejan con claridad. Mientras que en sus primeros días en Downing Street el 44 % de los británicos tenía una opinión favorable del primer ministro, en mayo de este año esa cifra cayó al 23 %, recuperándose tímidamente al 28 % en junio. La decepción se ha convertido en la tónica dominante, impulsada por una serie de factores tanto económicos como políticos.
Una de las principales promesas de Starmer fue relanzar la economía, fomentar el empleo y aliviar el coste de vida. Sin embargo, el crecimiento económico ha sido débil y la inflación, junto a los altos tipos de interés, continúa afectando duramente a los hogares británicos. Las medidas propuestas por la ministra de Economía, Rachel Reeves, han chocado con una realidad presupuestaria restrictiva: la negativa social a subir impuestos y la oposición a aumentar el endeudamiento limitan el margen de acción del Gobierno.
La falta de resultados ha minado la credibilidad del Ejecutivo en materia económica. Algunos analistas prevén que en el próximo presupuesto de otoño, el Gobierno se verá forzado a subir impuestos, una medida que podría resultar impopular y comprometer aún más el respaldo electoral.
Inestabilidad interna y giros políticos contradictorios
Más allá de lo económico, Starmer ha tenido que lidiar con importantes fracturas dentro de su propio partido. En particular, la propuesta de recortar ayudas a personas con discapacidad para dinamizar la economía generó una rebelión interna que obligó a Downing Street a rectificar. Esta no ha sido una excepción: a lo largo del año, varias políticas han sido modificadas o abandonadas por presión pública o parlamentaria, generando la sensación de un Gobierno errático y poco coherente.
La figura de Starmer también ha desconcertado a muchos votantes. Durante la campaña prometió una alternativa moderada y pragmática al gobierno conservador, pero una vez en el poder adoptó políticas de tinte más estricto en materia migratoria y de seguridad para no perder terreno político. Su promesa de mano dura con la inmigración —incluyendo la aplicación de legislación antiterrorista contra la llegada de botes a las costas británicas— le valió críticas por parecer alinearse con el discurso de la derecha populista de Reform UK.
En el plano internacional, Starmer ha logrado algunos avances. El tratado bilateral con la Unión Europea marcó un cambio de tono tras el Brexit, y los acuerdos comerciales con Estados Unidos y la India han sido presentados como logros diplomáticos. Sin embargo, el impacto económico de estos pactos aún no es tangible, y la relación con Washington, en pleno segundo mandato de Donald Trump, ha sido ambigua y dependiente.
Además, su firme apoyo a Israel durante gran parte del conflicto en Gaza generó un importante malestar entre votantes musulmanes y varios diputados laboristas, debilitando su imagen de liderazgo inclusivo.
La amenaza de la nueva derecha
Uno de los efectos más significativos de la impopularidad de Starmer ha sido el ascenso del partido Reform UK, liderado por Nigel Farage. En las recientes elecciones locales, la formación populista logró avances sorprendentes, arrebatando votos incluso en bastiones laboristas. Este fenómeno refleja un creciente descontento con la clase política tradicional y representa una amenaza directa al liderazgo de Starmer.
Según las encuestas de YouGov, si las elecciones se celebraran hoy, Reform UK podría obtener una representación sin precedentes, eclipsando a los laboristas en ciertos distritos clave.
La situación para Starmer es delicada. Si bien cuenta con una mayoría parlamentaria y no se prevén elecciones generales hasta dentro de cuatro años, el desgaste de su figura en solo un año ha sido profundo. El desafío para su Gobierno no es solo cumplir con sus promesas, sino también consolidar una identidad política clara que logre recuperar la confianza de los votantes.
Su liderazgo, hasta ahora, ha estado marcado por la prudencia excesiva, los giros contradictorios y una estrategia reactiva más que proactiva. La ventana de oportunidad aún existe, pero el tiempo para corregir el rumbo político y económico comienza a estrecharse. @mundiario


