Ni Galicia ni España andan muy bien de gobernantes

La conselleira Marta Fernández Currás solo se explica ante medios afines o a los que paga por publicar det
Ni Galicia ni España andan muy bien de gobernantes

La conselleira Marta Fernández Currás solo se explica ante medios afines o a los que paga por publicar determinadas informaciones de su propia gestión.

Ni Galicia ni España parecen tener mucha confianza en la salida inmediata de la crisis; máxime si por ello se entiende creación de empleo, que es lo que más necesita la gente para vivir. Sus gobiernos, tampoco.

La Xunta no acaba de proyectar una verdadera imagen de gobierno –el presidente Feijóo brilla en clave española pero pierde fuelle en casa—y el Ejecutivo de Zapatero se renueva políticamente, pero no allí donde están los problemas: en la economía. Porque no nos engañemos: Rubalcaba puede mejorar la comunicación si es que tiene algo que comunicar. Y si bien en lo suyo tiene opción a deshacerse de ETA, en la economía todo pinta aún bastante mal.

En Galicia, por no haber no hay ni transparencia, lo cual es un déficit democrático importante que nada tiene que ver con los compromisos electorales de Feijóo. La Xunta tiene una conselleira de Facenda, Marta Fernández Currás, que solo se explica ante los medios que le son afines ideológicamente, a algunos de los cuales tiene además el descaro de pagarles por las informaciones que publican de sus (malos) presupuestos. Y esto, que es algo propio de un país bananero, parece que aquí hay gente dispuesta a tragárselo.

Lejos de asumir sus obligaciones políticas, en función de las competencias que tiene el gobierno al que pertenece, Currás reduce su trabajo a echar balones fuera, sin asumir su responsabilidad en la lucha contra el desempleo, y ajusta las cuentas públicas con claros perjuicios para las grandes ciudades de Galicia, donde gobierna la izquierda. Su actitud, entre otras cosas, es impropia de una persona con principios democráticos y un mínimo respeto a la libertad de prensa.

Tampoco en el conjunto de España están las cosas para muchas fiestas. Si bien parece evidente que Zapatero se ha anotado dos buenos tantos al asegurar la mayoría parlamentaria en esta legislatura y al fortalecer su equipo de ministros, donde emerge Rubalcaba como hombre fuerte del área política, apenas ha habido cambios en el área económica, cuando es en ésta donde están los verdaderos problemas del país. En consecuencia, el tanto que le queda por ganar a ZP es que España crezca y baje el paro, especialmente el juvenil y el de larga duración. Zapatero lo sabe. Lo que no sabe es cómo hacerlo. La prueba es su intervención en el Comité Federal del PSOE de ayer, donde los socialistas cargaron las pilas entre sonrisas y nuevos ataques al PP, que a todo esto sigue tan descafeinado como siempre, pero sin ir más allá de anunciar, que no concretar, una nueva agenda social que actúe directamente a favor de los parados de larga duración.

En España, como constató el presidente, hay problemas de formación y de conciliación familiar, lo que dificulta la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, por lo que es aconsejable reformar las políticas activas de empleo. Pero, sobre todo, lo que es necesario es crecer e incrementar la competitividad del país, ya que las esperanzas a corto plazo están en las exportaciones y en el turismo. El presidente centra mucho su discurso en el diálogo social, porque aún le queda pendiente la reforma de las pensiones, y apenas habla de la economía productiva. Tantos ajustes sin medidas de acompañamiento no tienen precedentes en España, donde las crisis anteriores se afrontaron en buena medida con devaluaciones que hoy con el euro no son posibles.

Zapatero sufre los mismos problemas que otros países y aplica las mismas recetas, obligado por los mercados financieros y la política que impone Merkel en la UE. Pero lo hace con dos diferencias: tiene más dificultades financieras y la crisis de la construcción dispara las cifras de paro, que en Europa vienen a ser la mitad que en España. Ojalá el problema se arreglase solo con diálogo social, como a veces parece insinuar el presidente.

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