El regreso a la novela de Nélida Piñón

Nélida Piñón con Alberto Barciela. / Mundiario
Nélida Piñón con Alberto Barciela. / Mundiario
Como ha demostrado en su obra, la hija de Río de Janeiro y de Borela, del cosmopolitismo y de la aldea, sabe transitar por un océano de trascenderes, condescendientes y exigentes
El regreso a la novela de Nélida Piñón

El otoño aparece pardo, como sonrosado y frío, invita a la lectura, como en un remanso de sosiego escogido. Me reencuentro con Nélida Piñón, me acerco a ella a través de su última novela, “Un día llegaré a Sagres”. Lo hago con la reverencia próxima de un admirador cautivado, seguro de encontrar el calor que ansío. No tuve oportunidad todavía de leerla en portugués, pero la traducción de Roser Vilagrasa para Alfaguara resulta sublime. La escritora es precisa y habla perfecto castellano, por lo mismo estoy persuadido de que ha revisado con meticulosidad cada palabra, la sonoridad, la cadencia, el ritmo de cada frase, para evitar cualquier tentación extravagante o extraviada. El resultado es delicioso.

Nélida sustenta la historia de una civilización en movimiento perpetuo, la de Portugal, lo hace a través de la vida de un individuo aparentemente insignificante, un campesino intrépido, pero que quizá lo sea en un momento en que lo que más falta hace esa temeridad. Como otras veces, la obra es la culminación de un esfuerzo, la literata no dudó en trasladar por años su residencia de A Lagoa, en Río de Janeiro, a Lisboa. Lo hizo para hurgar con su curiosidad innata en el pasado, para indagar en directo, para documentar hasta la última coma.

Soy testigo telefónico, casi diario, de su esfuerzo inconmensurable, intelectual y físico. El mismo que ha propiciado una construcción admirable de alguien que ya en tantas ocasiones ha mostrado maestría al narrar con deleite sus pálpitos, sus inquietudes, sus contrastadas veracidades, sus certezas e, incluso, de exponer sin trampantojos sus dudas. Se acompañó de sus asistentes y amigos, los Vasconcelos, capitaneados por la profesora Karla, pulcra y sabia, y por la amada Suzy Piñón.

Como ha demostrado en su obra, la hija de Río de Janeiro y de Borela, del cosmopolitismo y de la aldea, sabe transitar por un océano de trascenderes, condescendientes y exigentes, de olas batientes y seguras. Su saber le permite inmiscuir sutilmente en sus obras a Homero, discurrir por Virgilio, nadar en lo popular, elevarse hasta su admirado Machado de Assis, extasiarse ante los místicos, brujulear en la vanguardia, instalarse en la novedad. La autora transita de lo mítico a lo real; profundiza en lo onírico, ensaya o ironiza, del cuento se traslada a la novela, del artículo pasa a regalar florilegios propios -“O pao de cada día”, es un buen ejemplo-, y, a los privilegiados, entrega una oratoria sin parangón... Todo con aparente facilidad, aunque yo crea que también es la de quien se sabe predestinada a la alta literatura desde niña y se exige al máximo en cada momento.

Y las hojas siguen cayendo. Mientras Nélida engrandece dos estirpes al menos, la genética y la adquirida. La segunda enriquece un sistema neuronal privilegiado, adobado de matices gallegos, hispanos, lusos, brasileiros, entreverados de conocimientos africanos y orientales -hay algo muy persuasivo en esos ojos asiáticos, pequeños y coquetos, que saben encontrar las almas dondequiera que se camuflen-. Sobre el bosque manteado de hojas se acumula el saber vivo, perspicaz, de una gran dama de la cultura y de la sociedad, de una persona esponja, que ha acumulado experiencias, lecturas, indagaciones, espontaneidades, cuya intuición le ha permitido evitar meandros innecesarios y gozar de una sensibilidad especial para con los humildes o los desterrados. Es feminista inteligente, que ahora ha demostrado saber relatar de forma trasgresora, por ello adopta como narrador a la figura de un hombre. Excelente ejercicio, nada fácil.         

Un día, Nélida y yo, regresaremos, no a Sagres, sí a Ponte Borela, sobre el río Almofrei, junto a la capilla de Lourdes, en Cotobade, en Pontevedra. Pasaremos por lugares con vacas rubias, a las que saludaremos con respeto casi reverencial, buscando una de ojos azules. Si tenemos suerte, y la tendremos, se nos volverá a aparecer un caballo blanco bajo la dulce lluvia. Y, entonces, volveremos a conversar sobre el abuelo Daniel, los baúles llevados en carros desde el puerto de Vigo, la travesías trasatlánticas o el prodigio de la amistad. Le descubriré que los Barciela somos oriundos de esas tierras de montes prodigiosos. Tejeremos palabras con ilusiones. Al fondo siempre, para siempre, estará el paisaje de nuestras almas, un lugar universal con mil primaveras en donde el mundo ha dado en llamarse Galicia. @mundiario

        

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