Eva Martínez Acón y la dignidad política frente al abuso de poder
Hace casi una década, una tarde soleada en los Jardines de Méndez Núñez, una muchacha joven, embarazadísima, Eva Martínez Acón, plena de entusiasmo y convicciones, arengaba a unos militantes ilusionados. Era la campaña de las primarias para la Secretaría General del PSOE. A su lado, un Pedro Sánchez pletórico de resiliencia atravesaba el desierto que finalmente le devolvería a Ferraz.
Una imagen entrañable que llevo grabada en el recuerdo. Mujer joven, feminista, socialista, luchando por su ideología. Quizás con más inocencia que picardía para caminar por los terrenos abruptos de la política. Creyendo en ella no como mercadillo de prebendas, sino como la herramienta de los ciudadanos para ejercer como tales en una sociedad democrática.
Quien la conoce sabe de su integridad, su honradez, su compromiso y su bonhomía. Valores cívicos ahormados desde la niñez en un hogar donde era hábito ponerlos en valor. Sin aspavientos extravagantes, salidas de tono o reacciones histéricas. Mucho menos con actos de acoso a su entorno profesional o afectivo. Tras su formación universitaria ejerció como profesional autónoma, volcada en su empresa, sacada adelante con su esfuerzo y sin que nadie le regalase nada.
Como secretaria general del socialismo coruñés en momentos complejos, dejó huella positiva con notorio esfuerzo integrador. Con una ilusión inmensa accedió a la corporación municipal ansiando ser útil a la comunidad. A esa Coruña que durante muchos años mantuvo un afectuoso romance con el socialismo local, que siempre inició sus campañas electorales en un icónico colegio público del barrio de Monte Alto, donde la ciudad y el mar se abrazan en torno a la Torre de Hércules.
Algo intolerable
Desgraciadamente, tras las puertas del Palacio Municipal acechaban unos talantes anómalos que ultrajaron su libertad, su dignidad como miembro corporativo y sus iniciativas, creando un marco de convivencia y laboral tóxico y opresivo. Algo que hubo de compartir Esther Fontán, también miembro del grupo municipal socialista de la corporación.
Algo intolerable, propiciado al amparo de una posición de poder. En este caso, la primera edil y su lugarteniente. Si en sí es grave, adquiere mayor dimensión el presumible desafuero si lo hace quien ha de cuidar especialmente la imagen socialista. Pablo Iglesias, fundador del PSOE, advertía: “La violencia, por sí sola, no resolvió nunca nada, es cosa adjetiva”. Quien ejerce el poder está obligado a exquisita pulcritud, más si a la vez lo comparte con la presencia orgánica en la Ejecutiva Federal del PSOE o en su Comité Federal.
Son vergonzosas las expresiones –que ni una presunta enajenación transitoria justifica– hechas desde una posición de poder, tratando de “resentidas” y “gentuza” a compañeras con una tradición histórica en el socialismo como Esther, o de profundo compromiso como Eva. Una incontinencia pública que apunta a cómo pudo ser lo dicho o actuado en privado.
En medio siglo largo de militancia en el PSOE se me hace difícil hallar un episodio similar
Que se acuse a las víctimas de resentimiento cuando, puesto el desafuero en manos del señor Santos Cerdán, secretario de Organización a la sazón, no hubo ni respuesta, es de aurora boreal. Tachar de oportunistas a quienes, ayunas de apoyo y auxilio para investigar los hechos, reclamen la reposición de su honor puesto en entredicho, parece impropio tras haber sido mancilladas de forma cruel, con quebranto de su imagen pública y de su actividad laboral. Cercenando, al tiempo, su vocación de servicio público. En medio siglo largo de militancia se me hace difícil hallar un episodio similar.
Dicen que los amigos pululan en la prosperidad, pero solo en la adversidad se les conoce. Por ello, desde esta modesta ventana y como ya muy veterano militante de la organización, quiero expresar mi absoluta solidaridad a ambas amigas y compañeras. @mundiario


