La encrucijada de la USC: cuatro miradas para una universidad que busca consolidarse en Europa
La publicación del ránking QS europeo vuelve a situar a las universidades gallegas en una franja intermedia-alta del sistema continental. No es un mal resultado si se tiene en cuenta que el análisis abarca casi un millar de instituciones, pero tampoco permite caer en la autocomplacencia. La Universidade de Santiago de Compostela, la mejor posicionada del sistema gallego, pierde dos puestos y se sitúa en el entorno del puesto 220. Vigo mejora con claridad y A Coruña retrocede ligeramente. El balance es de estabilidad, pero también de advertencia: mantenerse ya no basta.
Ese contexto dota de un significado especial a las elecciones al Rectorado de la USC, que se celebran en un momento clave para la universidad pública española, marcada por la aplicación de la nueva ley orgánica del sistema universitario, la presión financiera, la competencia internacional por el talento y una transformación acelerada de la docencia y la investigación. Las cuatro candidatas que concurren comparten una lectura común: la USC es una institución sólida, con una historia y un prestigio incuestionables, pero necesita redefinir prioridades y modos de gobernanza para no quedar atrapada en su propio legado. MUNDIARIO ha invitado a las cuatro a publicar un artículo para expresar sus ideas como candidatas: tres de ellas ya aceptaron el reto.
Rosa María Crujeiras Casais parte precisamente de esa tensión entre tradición y futuro. Su propuesta pone el acento en reforzar la misión académica, investigadora y social de la USC desde una perspectiva de servicio público. Frente a una universidad que corre el riesgo de fragmentarse en dinámicas internas y debates identitarios estériles, Crujeiras plantea una institución cohesionada, capaz de anticiparse a los cambios y de generar conocimiento útil para la sociedad. Su discurso combina ambición investigadora, con especial atención a la interdisciplinariedad, y una clara voluntad de cuidado de las personas y de los territorios, tanto en Santiago como en Lugo. Hay en su proyecto una idea de universidad feminista, inclusiva y profundamente vinculada al país, que no renuncia a la excelencia internacional, pero que la concibe como un medio y no como un fin en sí mismo.
En una línea distinta, aunque no incompatible, se sitúa María Teresa Flores Arias –Maite Flores–, que articula su candidatura en torno a la idea de “sentido común” aplicada a la gestión universitaria. Su diagnóstico es más orgánico: la USC necesita una gobernanza más clara, menos interferencias internas y una administración eficiente que libere tiempo y energías para la docencia y la investigación. Flores insiste en la planificación estratégica, en la evaluación de objetivos y en una mayor profesionalización de la gerencia, entendida como complemento y no como contrapoder del gobierno académico. Su apuesta por la innovación, la transferencia de conocimiento y la creación de spin-offs conecta con la lógica de los ránkings internacionales, pero su discurso incorpora también una fuerte dimensión humanista: bienestar del estudiantado, salud mental, inclusión y una experiencia universitaria que vaya más allá del aula. Es una propuesta que busca modernizar sin politizar y competir sin perder identidad.
María da Alba Nogueira López –Alba Nogueira– introduce un tono más explícitamente político en el buen sentido del término: la universidad como actor central en los grandes retos contemporáneos. Su candidatura se apoya en la idea de que la USC necesita un impulso decidido para ganar peso internacional, mejorar su financiación y reforzar su compromiso con el país. Nogueira subraya la necesidad de coordinar mejor los campus, de repensar la oferta de posgrado y doctorado en un entorno global altamente competitivo y de convertir la internacionalización en una experiencia real para toda la comunidad universitaria. Su énfasis en la financiación no es retórico: sin recursos suficientes, sostiene, la USC difícilmente podrá sostener su papel como universidad histórica europea ni responder a las exigencias de la transición ecológica, la digitalización o la justicia social. Su proyecto apunta a un liderazgo fuerte, con visión estratégica y capacidad de negociación institucional.
María José López Couso, por su parte, ofrece una propuesta que pivota sobre la participación y la cohesión interna. Su trayectoria en cargos de gestión y su perfil académico internacional refuerzan un programa que busca equilibrar excelencia y democracia universitaria. La idea de un presupuesto participativo y de mecanismos estables de escucha conecta con una concepción de la gobernanza más horizontal, en la que las decisiones estratégicas ganen legitimidad desde abajo. El estudiantado ocupa un lugar central en su proyecto, no solo como destinatario de políticas de bienestar, sino como actor activo en la vida cultural, social e institucional de la universidad. Su apuesta por la transformación digital y por una incorporación responsable de la inteligencia artificial apunta a un cambio silencioso pero profundo en la forma de enseñar, investigar y gestionar.
La USC debe reforzar su posición en investigación, mejorar la transferencia de conocimiento, cuidar a su comunidad y redefinir su relación con la sociedad
Más allá de los matices, las cuatro candidaturas coinciden en varios puntos esenciales: la USC debe reforzar su posición en investigación, mejorar la transferencia de conocimiento, cuidar a su comunidad y redefinir su relación con la sociedad gallega. Las diferencias aparecen en el énfasis: gestión frente a política académica, liderazgo fuerte frente a gobernanza participativa, internacionalización como objetivo estratégico o como consecuencia natural de una universidad bien anclada en su entorno.
El ránking QS actúa aquí como telón de fondo y como recordatorio incómodo. La USC no está en crisis, pero tampoco puede permitirse la inercia. La elección de rectora no resolverá por sí sola los problemas estructurales del sistema universitario, pero sí marcará el tono de una nueva etapa. Entre la consolidación prudente y la ambición transformadora, la Universidade de Santiago se juega algo más que unos puestos en una clasificación: se juega su capacidad para seguir siendo relevante en un mundo académico cada vez más competitivo y, al mismo tiempo, más exigente en términos sociales. @mundiario