Verano caliente en la banca: Sabadell resiste, BBVA titubea
El último movimiento del Banco Sabadell en su pulso con el BBVA no solo refuerza sus defensas, sino que cambia el tono de la batalla. Lo que hasta hace unos meses parecía una opa inevitable, hoy parece una operación mal sincronizada, empujada por una confianza excesiva por parte del equipo de Carlos Torres. La junta extraordinaria del miércoles, en la que el 99,6% de los accionistas apoyó la venta de TSB y el reparto de un dividendo histórico, ha sido más que una victoria técnica: ha sido una exhibición de músculo, una coreografía perfectamente ensayada para enviar un mensaje claro al mercado, a los reguladores y a los rivales.
En una operación con tintes más políticos que corporativos, Josep Oliu y César González-Bueno no solo lograron una aprobación abrumadora, sino que construyeron un relato en torno a la independencia, el arraigo territorial y la soberanía económica de su entidad. El regreso simbólico de la sede a Cataluña, la potente campaña de Sant Jordi contra el “dragón” y la apelación constante a la identidad del banco como “el catalán” dentro del sistema financiero español no son elementos accesorios. Son el corazón de una estrategia narrativa que busca contrarrestar la lógica impersonal del capital con vínculos emocionales, casi patrióticos, con su base accionarial.
Frente a esta ofensiva simbólica, el BBVA se encuentra en una posición incómoda. Su opa, que nunca logró ilusionar a los inversores institucionales, ahora parece directamente inviable sin un giro que implique renunciar a todo lo dicho hasta ahora. Elevar la oferta sería contradictorio, arriesgado y posiblemente estéril: el Sabadell ha conseguido que vender parezca una mala decisión, incluso si el precio fuera tentador. Quedarse quieto, en cambio, puede interpretarse como un fracaso. La entidad de Torres y Genç se enfrenta, en definitiva, a un dilema sin salidas elegantes: o renuncia o se expone.
Porque si bien el BBVA aún no ha movido ficha tras esta “goleada” del Sabadell, lo cierto es que cada día que pasa sin una respuesta clara estrecha su margen de maniobra. Mantener la oferta original es poco menos que rendirse sin admitirlo; mejorarla sería dar la razón a sus detractores internos, que siempre vieron en esta opa un movimiento temerario. En cualquier caso, la falta de entusiasmo con la que Onur Genç respondió hace unos días a las preguntas sobre una posible retirada —“no hay garantías de nada”— sugiere que el entusiasmo inicial se ha evaporado.
Y mientras tanto, el Sabadell aprovecha su momento. Liberado del lastre británico que tantos dolores de cabeza le causó en el pasado, se centra ahora en una estrategia más enfocada, doméstica y ambiciosa. Sus cifras acompañan: 975 millones de beneficio en el primer semestre y un horizonte de 1.600 millones para 2027. No es solo una cuestión de resistencia frente a una opa: es también una apuesta por crecer, competir y recortar distancias con los gigantes del sector, como Santander y Caixabank. Con el dividendo extraordinario de 2.573 millones de euros, uno de los más generosos en la historia reciente de la Bolsa española, el banco ha conseguido fidelizar a sus accionistas y blindarse de tentaciones externas.
La jugada es doble: por un lado, se refuerza económicamente la posición del banco; por otro, se galvaniza un sentimiento de orgullo accionarial y territorial que trasciende lo financiero. La Generalitat observa con simpatía, el Gobierno central guarda silencio y, en la isla de Lanzarote, donde Salvador Illa y Pedro Sánchez comparten vacaciones este agosto, puede que más de uno analice con detalle las implicaciones políticas de este pulso bancario.
Al final, la opa del BBVA, presentada como una jugada maestra, está virando hacia el territorio del error estratégico. No por fallos evidentes en su diseño financiero, sino por haber subestimado la capacidad del Sabadell para construir una narrativa de resistencia con resultados concretos. Puede que no haya una retirada formal en agosto, pero incluso si la hay, será difícil presentarla como otra cosa que no sea una derrota táctica.
En esta guerra de bancos, la narrativa ha demostrado tener tanto peso como las cifras. Y, por ahora, el relato lo escribe Sabadell. @mundiario


