El transporte público avanza en España, pero la confianza viaja en vagones distintos

El transporte público superó los 5.784 millones de viajeros en 2025 y encadena cinco años de crecimiento. El dato confirma un cambio de hábitos, pero también destapa desequilibrios entre territorios, incidencias ferroviarias y una confianza ciudadana que no avanza al mismo ritmo que el uso.
Transporte público en Ourense. / ourense.gal.
Transporte público en Ourense. / ourense.gal.

España se mueve cada vez más en transporte público. Los datos del Instituto Nacional de Estadística confirman una tendencia sostenida que ya dura cinco años y que en 2025 se tradujo en más de 5.784 millones de desplazamientos. No es una cifra menor. Es la prueba de que, cuando existe oferta, precio razonable y necesidad cotidiana, la ciudadanía responde. Pero bajo este crecimiento late una pregunta incómoda ¿se está fortaleciendo el sistema o solo se está estirando hasta el límite?

Un crecimiento que no es homogéneo

El aumento del 3,7% en el uso del transporte público tiene motores claros. El transporte urbano y el interurbano siguen siendo el corazón del sistema, impulsados por autobuses y metros que sostienen la movilidad diaria de millones de personas. El caso de Valencia, con un crecimiento del metro cercano al 37%, demuestra que cuando se invierte y se amplía el servicio, el resultado es inmediato.

Sin embargo, el ferrocarril dibuja un mapa más irregular. La media distancia vive un auge llamativo, con casi el doble de pasajeros, mientras que los trenes de cercanías pierden usuarios. No es una contradicción, es una señal. La media distancia ha mejorado frecuencias y precios, mientras que las cercanías arrastran incidencias, retrasos y una sensación de abandono que empuja a muchos viajeros a buscar alternativas.

Cuando el miedo sube al andén

El transporte no es solo una cuestión de números, también es una cuestión de confianza. Y ahí los datos son menos optimistas. Uno de cada cuatro españoles se plantea dejar de usar el tren y uno de cada cinco ya ha renunciado. Los accidentes mortales de Adamuz y Gelida han actuado como un espejo incómodo que refleja emociones profundas tristeza, indignación e inseguridad.

La reacción ciudadana no es irracional. Cuando los fallos se repiten y la información es confusa, la percepción de riesgo crece. No se trata de alarmismo, sino de una respuesta lógica ante un sistema que, en algunos tramos, parece pedir paciencia infinita a cambio de certezas frágiles.

Más pasajeros exigen mejores derechos

El retroceso del transporte aéreo y marítimo refuerza el papel del transporte público terrestre como columna vertebral de la movilidad. Pero crecer no basta. Como recuerda Facua, mejorar los tiempos de espera y garantizar que los viajeros conozcan sus derechos no es un detalle administrativo, es una condición básica de justicia cotidiana.

Un sistema público fuerte no se mide solo por cuántas personas suben, sino por cómo se sienten cuando lo hacen. Informar, compensar y cumplir horarios no son concesiones, son obligaciones. El transporte público es como un puente invisible que sostiene la vida diaria. Si cruje demasiado, la gente acaba buscando otro camino, aunque sea más caro o más contaminante.

El desafío está claro consolidar el crecimiento sin normalizar el mal funcionamiento. Porque mover a un país no es solo trasladar cuerpos, es generar confianza colectiva. Y eso, a diferencia de los billetes, no se imprime de un día para otro. @mundiario

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