Tensiones comerciales: el acuerdo entre el Reino Unido y EE UU cayó mal en China
El nuevo acuerdo comercial entre el Reino Unido y Estados Unidos, anunciado la semana pasada, ha sido recibido con dureza por China, que lo interpreta como una maniobra geopolítica que, bajo criterios de seguridad, busca excluir a sus empresas de las cadenas de valor globales. A juicio de Pekín, las condiciones impuestas por Washington a Londres —especialmente aquellas vinculadas al control de propiedad extranjera y la transparencia en las cadenas de suministro— representan una “cláusula contra terceros países” y, por tanto, contravienen principios fundamentales del comercio internacional.
Desde el punto de vista chino, lo que está en juego no es solo un acuerdo bilateral, sino una señal preocupante de un patrón más amplio: el uso de cláusulas comerciales para frenar su proyección económica. Las autoridades del gigante asiático temen que este tipo de condiciones se conviertan en un estándar entre los aliados de EE UU, empujando a China hacia un aislamiento comercial progresivo, sin que medie una confrontación directa.
No es casual que China haya intensificado su estrategia de “doble circulación”, que busca reforzar el mercado interno mientras se reduce la dependencia de insumos extranjeros. El objetivo: blindarse ante posibles bloqueos o restricciones comerciales derivadas de este tipo de pactos.
El pacto ofrece al Reino Unido alivios concretos: la reducción de aranceles del 27,5 % al 10 % sobre sus exportaciones de automóviles al mercado estadounidense, limitado a un cupo de 100.000 unidades al año, y la eliminación de tarifas sobre el acero y el aluminio, siempre que las empresas británicas cumplan con las exigencias de seguridad estadounidense. Esto incluye verificar la procedencia de sus materiales y la titularidad de sus instalaciones —un criterio que indirectamente deja fuera a muchos proveedores con participación china.
A cambio, Londres ha aceptado ampliar cuotas para productos estadounidenses como carne de res y etanol, así como explorar una mayor cooperación en sectores estratégicos como farmacéutica y manufactura avanzada.
La postura del Reino Unido: pragmatismo y equilibrio
El Gobierno británico ha rechazado las críticas chinas y asegura que el acuerdo responde exclusivamente al interés nacional y a la necesidad de proteger empleos e impulsar la competitividad. Según un portavoz oficial, el Reino Unido “no ha aceptado ningún veto sobre inversiones chinas”, subrayando que la relación comercial con Pekín sigue siendo relevante y que se mantiene un enfoque pragmático: “cooperar donde sea posible, competir donde sea necesario y desafiar cuando corresponda”.
Este enfoque, sin embargo, no ha pasado desapercibido en China. El investigador Zhang Yansheng, del Centro de Investigación Macroeconómica de China, calificó el pacto como “injusto” y sus cláusulas, como “píldoras venenosas” aún peores que los aranceles. Estas declaraciones reflejan el malestar en círculos oficiales chinos, especialmente tras los intentos británicos de recomponer los lazos bilaterales, como la reciente visita de la ministra de Hacienda, Rachel Reeves, a Pekín para reactivar los diálogos económicos tras seis años de pausa.
El caso pone en evidencia la complejidad de la política exterior británica tras la guerra arancelaria entre Washington y Pekín. Por un lado, el Reino Unido busca fortalecer su relación comercial y estratégica con su histórico aliado estadounidense, especialmente tras el Brexit. Por otro, necesita mantener canales abiertos con una China que es su quinto socio comercial, con un volumen bilateral que en 2024 alcanzó los 117.600 millones de euros.
Además, aceptar las exigencias de EE UU puede implicar consecuencias a medio plazo, como la pérdida de flexibilidad para firmar acuerdos con terceros o dificultades para atraer inversiones de empresas chinas en sectores estratégicos.
En contexto: una economía global fragmentada
Este episodio se enmarca en una tendencia más amplia de fragmentación económica global, en la que los acuerdos comerciales no solo persiguen beneficios arancelarios, sino también objetivos de seguridad, control tecnológico y alineamientos geoestratégicos. El acuerdo Reino Unido–EE UU refleja esta lógica: un comercio condicionado a lealtades y criterios no puramente económicos.
Mientras tanto, las tensiones entre Washington y Pekín parecen haber dado una tregua reciente, con una reducción de aranceles mutuos tras las conversaciones del fin de semana. Aun así, el fondo del conflicto —el dominio industrial y tecnológico— sigue latente.
El Reino Unido se encuentra en una posición incómoda: al igual que la Unión Europea, debe navegar entre dos grandes potencias sin alienar a ninguna, al tiempo que protege sus propios intereses. El acuerdo con EE UU puede significar una victoria a corto plazo en términos de empleo e inversión, pero también abre interrogantes sobre el precio que podría pagar en su relación con China.
En un entorno de creciente rivalidad geoeconómica, Londres tendrá que seguir afinando su equilibrio entre pragmatismo comercial y alineamientos estratégicos, con el riesgo permanente de quedar atrapado en una lógica de bloques cada vez más rígida. @mundiario


