El superávit de la UE se mantuvo en el primer mes de guerra arancelaria

Aunque Bruselas mantuvo su ventaja comercial con EE UU en abril, los efectos de la ofensiva arancelaria de Trump ya se dejan sentir.
Vista de la terminal de contenedores del Puerto de Barcelona. / RR. SS.
Vista de la terminal de contenedores del Puerto de Barcelona. / RR. SS.

En un abril convulso para la economía mundial, la Unión Europea consiguió una proeza estadística: mantener e incluso incrementar su superávit comercial con Estados Unidos hasta los 17.700 millones de euros, un 6,6% más que en abril de 2024. Pero el titular esconde una verdad incómoda: el comercio transatlántico ya sufre una sacudida que puede ser solo el comienzo. La ofensiva arancelaria de Donald Trump, anunciada con estruendo el 2 de abril, ha empezado a resquebrajar los flujos comerciales y ha sembrado incertidumbre a ambos lados del Atlántico. Lo que parece una victoria de Bruselas es en realidad un equilibrio frágil sostenido por compras anticipadas, inercias del trimestre anterior y una amenaza latente: el nacionalismo económico de Trump no ha hecho más que despertar.

Cuando Trump anunció la imposición de un arancel universal del 10% a todas las importaciones —y del 20% específico a la UE— muchos anticiparon un terremoto inmediato. Pero la realidad ha sido más sigilosa. Las exportaciones europeas a EE UU en abril cayeron un 33% respecto a marzo, arrastradas sobre todo por el frenazo en productos químicos y farmacéuticos, uno de los sectores más potentes en el comercio bilateral. La aparente paradoja del superávit creciente mientras se reducen los envíos se explica por una lógica simple: las empresas aceleraron operaciones en el primer trimestre para esquivar los aranceles, como quien acelera el paso antes de que se cierre una puerta. Ahora que la puerta empieza a entornarse, el ritmo ya no es el mismo.

Este fenómeno deja dos reflexiones importantes. La primera, que el superávit europeo no es una señal de fortaleza estructural, sino un espejismo sostenido por decisiones tácticas de corto plazo. La segunda, más inquietante, que la estrategia de Trump no busca resultados inmediatos, sino instalar una nueva lógica: desincentivar las importaciones mediante amenazas persistentes y ajustes selectivos que fuercen una reconfiguración del comercio global. El proteccionismo como atmósfera.

Mientras tanto, la economía europea no puede permitirse mirar hacia otro lado. En abril, la UE redujo su superávit mundial en bienes hasta los 7.400 millones de euros, un 42% menos que el año anterior. Y en la zona euro, el saldo cayó un 27%. Si a esto se suma la caída de las exportaciones a China —nueve meses consecutivos de descenso— y una producción industrial que sigue a la baja, el diagnóstico es claro: el viejo continente está perdiendo fuelle en un tablero que se vuelve cada vez más hostil.

La fragilidad detrás del superávit

El crecimiento del superávit con EE UU en el primer cuatrimestre (99.234 millones de euros, un 65% más interanual) no debería generar autocomplacencia. Más bien es un reflejo del miedo anticipado: compañías que sabían que las reglas de juego podían cambiar en cualquier momento y prefirieron curarse en salud. La ralentización de abril es el primer signo de que ese colchón se agota. A partir de mayo y junio, los datos empezarán a reflejar un mundo con nuevas normas.

La paradoja es que, aunque la Administración Trump ha suspendido por ahora los recargos específicos a la UE, mantiene el arancel universal del 10% y no ha descartado intensificar su estrategia si no se llega a un acuerdo antes del 9 de julio. Todo esto en plena campaña electoral, con un presidente obsesionado por los déficits comerciales como si fueran una herida nacional. Y con Europa atrapada en una ambigüedad peligrosa: quiere seguir vendiendo, pero no quiere ceder soberanía comercial ni asumir represalias simétricas.

¿Está Europa preparada para una economía sin reglas?

La pregunta que Bruselas debería hacerse no es cuánto superávit conserva hoy, sino cuánto está dispuesta a sacrificar para sostenerlo mañana. ¿Tiene Europa una política industrial lo suficientemente sólida para resistir una guerra comercial prolongada? ¿Está lista para responder con la misma firmeza que Estados Unidos, Canadá o incluso China? ¿O sigue confiando en que la racionalidad multilateral —esa que Trump dinamita cada vez que abre la boca— volverá por sí sola?

La estrategia europea de contención, negociaciones dilatadas y diplomacia técnica tiene sus virtudes, pero también sus límites. El mercado único apenas crece (0,2% mensual en abril), el comercio intraeuropeo languidece, y la industria pierde empuje. En este contexto, el comercio exterior no puede seguir siendo un salvavidas basado en inercias pasadas. Hay que repensarlo como parte de una estrategia más amplia: diversificación de mercados, reindustrialización inteligente y una política comercial común con voz propia.

Europa no puede seguir reaccionando como si las decisiones de Trump fueran anomalías o desvaríos aislados. Son, por el contrario, coherentes con una visión de mundo que reniega del libre comercio como principio y lo sustituye por una lógica transaccional, oportunista, unilateral. Ante eso, no basta con defender cifras. Hay que defender un modelo. Uno que no solo sepa vender más, sino hacerlo sin hipotecar su soberanía ni su cohesión interna. @mundiario

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